ADICCIONES

“Ustedes no pueden impedir a los espíritus el hallarse predestinados para el envenenamiento, de cualquier clase que él sea: intoxicación de morfina, intoxicación de lectura, intoxicación de soledad, intoxicación de onanismo, intoxicación de repetidos coitos, intoxicación de arraigada flaqueza del alma, intoxicación de alcohol, intoxicación de tabaco, intoxicación de anti-sociabilidad. Hay almas incurables y perdidas para el resto de la sociedad, si ustedes les arrebatan un instrumentos de locura, ellos inventaran diez mil más. Ellos encontrarán medios más sutiles, más furiosos, absolutamente desesperados”.

Así se expresaba Antonin Artaud de forma abiertamente anti-social sobre uno de los problemas que aquejaba a Francia después de la posguerra: El consumo del Opio.

Antonin Artaud formó parte de uno de los movimientos artísticos e intelectuales más interesantes del siglo XX como lo fue el Surrealismo.

Artaud fue un visionario, un poeta, un hombre de teatro, de cine; autor de libros desquiciantes: “Para acabar con el juicio de Dios y otros Poemas”, “Van Gogh el Suicidado por la Sociedad”, “El Pesa Nervios”, “Heliogábalo”, “El Teatro y su Doble”, “Los Tarahumara”.

Considerado loco tras su experiencia en México con los Tarahumara, fue recluido en el sanatorio psiquiátrico de Rodez donde recibió constantes e reiterados “choques eléctricos” que intentaron acabar con la lucidez, la escritura, la expresión grandiosa de uno de los genios de las letras francesas considerado por la crítica como “maldito”.

Y es que el alucinado de Rodez, quien murió bellamente amarrando el cordón de su zapato, de forma cruda ventilaba en su época el asunto que hoy causa revuelo en las mentes de las autoridades, de las instituciones de salud, de los colegios, de los psicólogos y de todos aquellos que pretenden con la “represión” dar cuenta del fenómeno de la adicción en una sociedad que literaria y artísticamente vive de la apología del narcotráfico y el sicariato.

Basados en la prevención, en los años ochenta la televisión mostraba la transformación en pocos segundos de un hombre joven sano en adicto; prevención con visos de propaganda que llegó a ser suspendida por herir la sensibilidad de los televidentes; estrategia que no surtió el efecto esperado; hoy los “perdidos” que habitan las calles se han centuplicado.

Otra de las “plumas” excelsas de la literatura hispanoamericana, el poeta mexicano Octavio Paz, premio Nobel de Literatura, en su texto de ensayos titulado “Corriente Alterna” en el aparte denominado “El Banquete y El Ermitaño” de forma puntual señala que el problema de la drogadicción en el mundo contemporáneo se funda, en última instancia, en una actitud hacia la comunicación, hacia el lenguaje.

Que se les mencione a los psicólogos y psiquiatras, a los políticos, y a todos aquellos que hoy tratan de “paliar” un problema que en la historia de la humanidad siempre ha estado presente, pero que hoy se hace inmenso por el aumento de la población y por el gran dineral que hay en juego detrás de ello; que les mencionen repito, a estas instituciones vigilantes de la conciencia social que el problema de la adición descansa en una actitud hacia el lenguaje, es causal de que estos señores deseen levantar sus gordos traseros y abandonar las salas donde se ventilan esos temas. Ellos quisieran mejor pedorrear afuera.

En mi larga lista de entuertos encuentro que prefiero los vicios “secos” a los “mojados”. Aunque en ocasiones también recurro a tomarme mis “chorros”, no me agradan demasiado por aquello que me descomponen, y además se me tienden a ir las manos. Igual actitud tengo hacia la mariguana ya que prefiero lo onírico, pues la mariguana al igual que la televisión, otra no reconocida adicción, suelen acabar con los sueños.

El consumo de alcohol, ponderado por la sociedad tras las largas jornadas de trabajo, y los partidos de fútbol: “¡Parcé, metámonos unos buenos chorros!”, fomenta la comunicación, la charla, la camadería, el abrazo fraternal.

Donde los lazos de comunicación se ven rotos, unas buenas copas, unos buenos “chorros”, los restauran. En el fondo las tentativas de comunicarse a través del alcohol devienen en una comunicación frustrada. El borracho termina por no decir nada y se torna cargante, fastidioso.

Otra actitud con respecto a la comunicación es la que acontece con el que se droga; se ensimisma, en su horizonte ocasionalmente cruza la palabra, no se comunica, no habla, se aísla, el silencio es su coraza.

Si el borracho valora el lenguaje, al final, termina ahogándose en la palabra. El que se droga se hunde en el silencio, no se comunica, no habla. El drogadicto independiente de su atentado a su corporeidad atenta contra uno de los postulados en que se basa la vida en sociedad: la comunicación.

Para Octavio Paz en asuntos de drogadicción no se trata de “salud social”, poco importa si el alcohol es más nocivo que el consumo de la mariguana, como lo avalan serios estudios médicos; lo que lesiona, lo que pone en ascuas a la conciencia social es el que uno de sus postulados fundamentales como lo es el de la comunicación sea puesto en tela de juicio.

Como educador, he sido testigo reiteradamente de la queja de padres de familia; tanto de padres con hijos adictos al alcohol, como fumadores de mariguana. El hijo mariguanero entra a altas horas de la noche a su casa, callado sin pronunciar palabra con los ojos rojos, desorbitados y se encierra en su cuarto. Es posible que antes de acostarse haya dado una vuelta por la alacena.

El hijo alcohólico es pendenciero, dado al escándalo. Mientras el “mariguano” en una noche gasta en su “porro o bareto” diez mil pesos, el hijo borracho ha gastado en su noche de juerga treinta, cincuenta mil pesos.

Otro es el caso de un obrero u empleado que en una noche de alcohol se gasta el salario de la semana; deja sin sustento a su familia, queda endeudado, y ante el reclamo de sus familiares, llega a la agresión física contra los mismos. Pero el alcohol no es prohibido, la mariguana sí.

Para nadie es un secreto que durante los años cincuenta el pago que ocasionalmente se hacía a los educadores era con garrafas de alcohol, o docenas de cigarrillos. Gran parte del dinero con que se financia la educación en Antioquia y en el país proviene de las ventas de los licores departamentales.

Cierto, tanto el alcohol como la mariguana pueden constituir puertas de entrada a otras experiencias quizás más desquiciantes pero esto es asunto de educación, de carácter, de prevención, no de propaganda, si de situación económica.

En la medida en que la raza degenera es más necesitada, recurre más a estimulantes. Pero ante un problema de nunca acabar como lo es el de uso de estimulantes en el planeta es preferible acogerse a la sentencia: “Una vez al mes es mejor que una vez a la semana, y una vez al año es mejor que una vez al mes”.

Héctor Hernán Gallego

Nacido en Jericó, graduado en Filosofía y Letras y en Educación Personalizada. Educador por necesidad, poeta por temor y escultor por ignorancia.