DÉJESE LLEVAR

Por: Carla Ospina

En literatura erótica me gusta lo sadiano (de Sade) y la escritura cuidada (colección Sonrisa Vertical), me gusta leerlos en libro físico y en público para que vean el título: es como salir de un sex-shop voleando una bolsa llena de juguetes.

No me leí 50 sombras de Grey, lo empecé y a los veinte “you are so hot” lo dejé. Es fácil que te conviertas en una sumisa con un millonario divino y joven, que te azoten en un helicóptero o en un taxi son cosas diferentes. El fetiche de ese libro no es lo sado sino el dinero.

El poder en el BDSM (Bondage, Disciplina, Dominación, Sumisión, Sadismo y Masoquismo) no tiene que ver con el dinero ni con la posición de autoridad que tengas en el día a día. Es más, en su mayoría, las personas eligen para la escena BDSM la versión opuesta a lo cotidiano.

Tu jefe, el que le grita a todo el mundo y crea terror puede que sea el que se excita con un tacón puntilla pisándole las tetillas; y la dueña de los tacones, vestida de malla y máscara roja puede que sea la mamá del compañero del colegio de tu hijo, la que tiene cara de yo-no-fui. Pero es.

Como dice Susana Bercovich Hartman, psicoanalista argentina especialista en el tema, los sadomasoquistas difícilmente serán violentos sociales, porque las cosas se equilibran dónde debe ser, en el sexo.

El boom del BDSM no significa que todos tengan que buscar o crear un teatro sado, si en sus fantasías nunca ha estado ser sumiso o dominante, es muy posible que no sea algo que vayan a disfrutar. Si les pica la curiosidad, no se olviden que es un proceso: si vas a estar en el rol sumiso recuerda que el placer por dolor es aprendido, entrenado. Si vas a ser el dominante, observa cada señal para leer al sumiso y entender hasta dónde van sus límites y reserva el placer de provocar dolor sólo en el stage.

Las historias tienen un comienzo y es posible que sea comprar un atuendo de cuero o látex porque es sexy, y luego conseguir una paleta para nalgadas o varios metros de cuerda, y dejarse llevar, pero antes no se les olvide establecer las reglas y la palabra clave para parar. Lo más probable, debido al éxtasis, es que nunca la pronuncien, pero cuando hay que decirla, vale gritarla.