¡PAISAS TAN VERRACOS!

Sin ser una expresión muy coloquial, en nuestro país la palabra “verraco” posee una significación de persona destacada por su fortaleza física, audacia o valentía. Contrario a lo que acontece en los países hermanos de Cuba y México donde la expresión “verraco” es sinónimo de vulgar, porfiado y necio.

En el territorio nacional contrario a los costeños, vallunos, afro-descendientes, pastusos, sabaneros o cachacos es al paisa a quien más se suele tildar con este adjetivo.

Medellín, la antigua “Tacita de Plata” se ha caracterizado por su empuje, por su liderazgo y hoy por hoy por su innovación y emprendimiento. Los ejemplos no sobran: la Ciudad Industrial de Colombia, la Ciudad de la Eterna Primavera, (que según algunos, hoy le disputa al municipio de Caldas el de ser Cielo Roto). La Ciudad de la Moda.

La “Ciudad de las Flores”, (en la sabana cundi-boyacense se ven más bonitas) cuenta con el sistema de movilidad más eficiente del país, su “Cultura Metro”, el Tranvía de Ayacucho, el Metro Cable; y el Edificio Inteligente, pináculo de la seguridad donde se gestan proyectos tan soberbios como Hidroituango que hoy tiene temblando a medio país.

Estos habitantes de Medellín, montañeros en su inmensa mayoría, pues casi todos son de pueblo, siempre se la han creído de lo mejor; enarbolan las banderas de sus bellas mujeres, pioneros en la moda, gentes audaces; con el más bajo índice de deserción escolar y universidades con alto porcentaje de matrícula: bajito, bajito diez millones el semestre.

Lo que olvida este pueblo montañero, lo que no quiere ver, es que todo lo que sucede al igual que la moneda, todo tiene dos caras. Al igual que el día tiene la noche, y el macho, tiene su hembra. Al igual que el mal tiene su bien, al igual que Dios tiene su demonio. Al igual que nutrirse tiene su mierda.

El olvido de esta dualidad, de que la vida contiene la muerte le ha hecho creer al antioqueño que la basura se puede barrer, se puede esconder bajo el gran tapete de la innovación, del progreso.

Si te montas en la primera estación del Metro en dirección Sur- Norte, la “Estación de La Estrella” siguiendo el cauce del río, puedes apreciar la deplorable concepción estética, aséptica explicitada en el nefasto color del río. Nutrida esta expresión artística por los desechos que los “desechables”, fascinados a su vez por su exigua propiedad, arrojan desde sus “covachas” instaladas en los obstruidos y viejos conductos por donde nuestros ancianos y en parte desaparecidos líderes industriales arrojaban sus escorias al río.

Parece ser que la “Cultura Metro” a pesar del esfuerzo de magistrados y entidades culturales no trasciende los vagones del mismo; una cosa es orgullecerse de los “deprimidos” y “Parques del Río” que sólo sirven para una movilidad que en la ex-“Tacita de Plata” arriesga a establecerse en los cinco km por hora. ¿Qué no se hubiera podido hacer con esos billoncitos en el viejo, olvidado y moribundo proyecto del Río? ¿Qué más recreación que poder deleitarse en la contemplación de las claras aguas de un río?

Como en pasados años a nuestros visitantes que llegaban a la ciudad desde el Aeropuerto José María Córdoba era mejor bajarlos por “Las Palmas” para que no vieran la propuesta estética de los barrios nororientales. A los turistas de hoy, profesionales, disfrazados de mochileros, reservémosle en el Metro la mirada oriental si viajan de Sur a Norte, desde la “Estación La Estrella” hasta la “Estación Industriales” o si lo hacen de Norte a Sur; la cara occidental desde la “Estación Niquía” hasta la “Estación Universidad para que no vean la deplorable cara del río pintada con nuestros propios desperdicios.

¡Ah verracos los antioqueños! para solidarizarnos con grandes mega proyectos que tienen temblando al país. ¡Ah verracos!, para hacer basuras, arrojadas desde los autos de alta gama cuando salen a pasear, a visitar sus casas de recreo, o a sus parientes montañeros.

A verracos para sin sentimientos abandonar a sus perros, de paso en sus visitas a pueblos y carreteras; mascotas que compraron tras los “berrinches” de sus hijos igual de montañeros que no fueron capaces de responsabilizarse al igual que sus padres de lo hecho. ¡Cómo busca lo semejante a lo semejante!; etimológicamente la palabra “verraco” posee familiaridad con “berrinche” y “berrear”.

No todo tiempo pasado fue mejor; cada época tiene sus encantos, sus desafíos, sus luchas, sus victorias e igual sus derrotas. Así que sigamos creyendo que somos una generación “cool”, porque vamos al gimnasio, trotamos, hacemos deporte, y estamos a la moda (informados con los reality) y cuando salimos a pasear llevamos agua y al terminarla abandonamos los envases de plástico en cualquier lugar.

¡Qué verracos los antioqueños!, los de ciudad, de pueblo; sus educadores, sus empresarios, sus dirigentes. ¡Qué verracos para innovar!, pero qué verracos también para botar comida, basura, mascotas. ¡Qué verracos para ensuciar su casa en aras del progreso!

Recuerdo la expresión de un jefe indígena de 1800 “Continuemos ensuciando nuestra casa y alguna vez terminaremos asfixiados en nuestros propios desperdicios”. Ya lo estamos haciendo, tenemos la ciudad más contaminada, en muchos aspectos, del país. ¡Qué verraquera la de los antioqueños!

Héctor Hernán Gallego

Nacido en Jericó, graduado en Filosofía y Letras y en Educación Personalizada. Educador por necesidad, poeta por temor y escultor por ignorancia.