¿CANSADOS DE LA ALERTA AMBIENTAL?

Con todo el tema de la alerta ambiental, en Medellín, cada encuentro desemboca en las infinitas maneras de solucionar el problema de la contaminación. Que el pico y placa no sirve, que hay que ser severos con las industrias que son las que más contaminan, que hay que restringir la entrada de camiones grandes, en fin, cada uno tiene su manera de teorizar una solución a la nube de smog que envuelve la ciudad.

Yo tengo una teoría frente a ello, y más que una teoría es un aporte a la comodidad. Hay que descentralizar los polos económicos, culturales y de esparcimientos sociales de las ciudades, volver a la vida de barrio, la sencilla, en la que se tiene disfrute porque no hay que perder tiempo en los desplazamientos. Cada barrio debería ser un núcleo que sustente las necesidades de sus habitantes. No hay nada más placentero que tener a pocas cuadras la verdulería, la carnicería, el banco, un lugar tranquilo y estético para tomar un café, y además, ello facilita la interacción con los vecinos, una conversada con el pequeño comerciante, con la señora del parque, nos acerca más a eso que las grandes ciudades pierden, ¡el afecto!

Los grandes gurús de la planeación urbana hace años que vienen pensando ciudades de esta manera para ser más sustentables y en estas economías tercermundistas, esta teoría abre oportunidades a emprendimientos y las ya tan mencionadas economías naranjas se fortalecen para dar paso a redistribuciones del capital que no se quedan en los mismos con las mismas y sin duda harían más cómodo y feliz el habitar ciudadano y citadino de todos.

Soy de comportamiento caminante y vagamundo, pero me encanta no tener que desplazarme una hora para encontrar un lugar donde comer y pasar bueno y si lo hago me gustaría que fuera por elección de avidez de conocimiento y no por necesidad. Caminando por mi barrio Calasanz y sus aledaños, me alegra encontrar cada vez más pequeños negocios de personajes con la misma reflexión.

Hace 2 semanas cerca de la Estación Santa Lucía del Metro en una cuadra equis barrial, me topé con una pequeña panadería pastelería que me llamó la atención por su sencillez y belleza. En estanterías de madera y vidrio se exhiben pequeños bocados pasteleros, de diferentes formas, tamaños, olores y sabores y unos panes grandes de corteza rústica muy llamativos junto a unas baguettes totalmente artesanales.

En Santa Lucía un negocio así si da plata pensé. Me presenté con quiénes estaban a cargo, son 3 chicas y un chico, los dueños. Vivieron en Buenos Aires, allá estudiaron, allá hicieron una carrera en la industria, allá se quemaron las manos, las pestañas y allá soñaron y acá pararon sin ínfulas de inventar nada, sólo de hacerlo muy bien. Me contaron que no usan margarina ni vitina, como en esas panaderías inmensas de esquina que detesto. Usan mantequilla de vaca y respetan el hojaldre.

Cada pan es elaborado con masa madre, como se debe, mejor dicho, es un negocio con una calidad excelsa que fácilmente puede competir con cualquier negocio de su mismo rubro en El Poblado y llevarse todos los aplausos, pero en Santa Lucía y por supuesto los precios acordes a su sueño y al barrio.

De manera entonces que los costos si dan, que si se puede ofrecer un producto con cariño y de buena calidad y vivir cómodamente sin esas ganas de hacerse millonario a como dé lugar, sino con la responsabilidad social de habitar un lugar y hacer lo que se ama siendo coherentes con la ética de alimentar.

La Panadería Bodou, así se llama el lugar, es un hallazgo maravilloso, y mientras conversaba con los chicos se respondió mi pregunta, porque más de 15 personas pasaron a comprar baguettes y pastelitos agradeciéndoles por enseñarles a comer algo que nunca en su vida habían comido y asegurando ser clientes fijos. Yo soy una de ellos, feliz de no tener que irme al Poblado para comerme un pan o un hojaldre como debe ser porque está a dos cuadras de mi casa, y por ahí derecho, no colaboro con la nube de smog.

DIANA OROZCO

Cocinera, creativa y "vagamunda", viajera, curiosa en el encuentro de sabores y saberes de las cocinas populares para construir una manera propia de dimensionar tradiciones culinarias.