LA CAIDA DEL MITO

El cuartico
“Y no queremos… y no nos da la gana
ser una colonia norteamericana”
(Consigna popular colombiana)

Durante más de cuarenta años me promulgué antiimperialista, despotriqué de la Cocacola, aunque en verdad nunca la dejé de tomar, planteé que el coloso del norte era algo así como el anticristo, y digo algo así por aquello de ser poco cristiano y coreé a viva voz “por qué no se van del país”, con especial dedicación a aquellos que añoraban el sueño Americano.

Treinta y un años desatendí la invitación de unos familiares, los únicos por la línea paterna, que habían emigrado al norte en busca de nuevas oportunidades y a fe que las obtuvieron y las aprovecharon y alimenté mi xenofobia a cuenta del alto número de norteamericanos que día a día vienen a esta ciudad.

A raíz de la insistencia de mi hermosa compañera quien sabiéndome como soy empezó a “echarme el cuento” de la importancia de conocer nuevas culturas para poder hablar con propiedad ciertos temas leídos en los libros y contados desde las experiencias ajenas, decidimos viajar a Nueva York. Me sentí traicionero de la causa (¿cuál? No tengo idea, pero traicionero), alargué al máximo la visita, pero se llegó el momento y tomamos vuelo.

“No te enojés si te meten al cuartico”, “cuando te empiecen a hacer preguntas acusatorias respondelas tranquilo” y, en fin, un número interminable de recomendaciones para alguien que sentía iba para el paredón, (si te dijera amor mío que temo a la madrugada) que estaba convencido que lo tratarían por lo menos como un delincuente.

Reconozco que, entre el desconocimiento y el temor, mi viaje se hizo eterno, me preguntaba cómo diablos me iba a defender si no sé decir absolutamente nada en inglés, que qué harían conmigo en el cuartico; si en un momento me tocaría decir si me dejaban ir al cuartico ¿cómo lo haría?, interminable, así fue mi viaje. Valga la pena decir que mi compañera tuvo siempre pendiente recordarme el “cuartico”.

Al fin aterrizamos, grande, no tanto como lo imaginaba, el John F. Kennedy es un aeropuerto amable, claro preparado para recibir diariamente miles de personas de todo el mundo que como yo no tienen idea del idioma universal.

Las manos me sudaban, creo que es la vez que más blanco me he podido ver, intentaba leer entre el maremágnum de avisos algo que me representara el “cuartico”, “donde iré a parar”, mi amigo del que hablaré luego me dijo, “cuando le pregunten algo diga no inglich”, lo escribo como lo pronunciaría.
Nos acercábamos a la temible migración gringa, y en mi cabeza “el cuartico” resonaba. El primer paso unas máquinas, no las conocíamos, pero rápido aprendimos a usarlas, luego la fila.

Como si fuera una mala pasada del destino, una broma pesada del país del que había despotricado que buscaba venganza (uno siempre se sobrevalora), dividieron la serpenteante fila a partir de mí, pensé “pal cuartico”, la agonía desapareció no hubo tiempo de nada, primero mi compañera, el oficial de inmigración le preguntó en un español confuso pero entendible que si tenía familiares allá, ella refirió los míos y la dejaron pasar, luego yo, la pregunta se basó en la respuesta dada por ella -“¿Tienen una tía en Estados Unidos?”, -sí señor asentí y repliqué -para donde ella vamos. Firma y pase.

No hubo cuartico, no hubo inquisiciones, no hubo ni siquiera una requisa, recogimos nuestra maleta y ya estábamos en Nueva York.

Mi amigo, Holmes, a quien le digo por cariño y porque cuando lo conocí el Ministro de Hacienda era Rudolf Hommes, Rudolf, nos recogió en el aeropuerto, luego a un Diner, desayuno americano, y a hablar y a contar historias. Lo único que atiné a decir fue -esto es muy grande…

Adolfo Ospina

Licenciado en Educación Español y Literatura de U de A, apareció hace unos 4 años a este proyecto. Especialista en pedagogía de la lengua escrita de la Universidad Santo Tomás, Ambientalista y defensor de los derechos de los animales, peor que Vallejo.