LOS MISERABLES

La vuelta a las armas de un grupo de mandos y mandos medios de la desaparecida guerrilla de las FARC era de esperarse, ni el optimista más radical podría negar la verdadera viabilidad de esta posibilidad en un escenario que el nuevo gobierno de Centro Democrático había enrarecido con una telaraña de trampas jurídicas y políticas e incumplimientos.

La realización absoluta del anhelo que los llevó al poder se cumplió: hacer trizas la paz, esto con el empujón dado gracias a la torpeza política de un minúsculo grupo de exarmados vueltos a armar que después de haber mostrado las cartas quisieron cañar.

No bien se estaba afianzando el proceso de negociación firmado entre el gobierno de Juan Manuel Santos y el Comando Central de la extinta guerrilla, empezaron las desavenencias entre las partes.

Luciano Marín, ante la llegada de Duque, al ver la cacería a la que sometieron al también negociador Santrich, y el constante señalamiento e incumplimiento de lo pactado, decidió renunciar a la palabra empeñada con su rúbrica en la Habana.

En una misiva enviada por el mismo Marín en el mes de mayo, aceptaba como autocrítica e ingenuidad que haber entregado las armas antes del completo cumplimiento de los acuerdos por parte de un Estado, en palabras suyas “tramposo”, que ya había traicionado otras negociaciones y que había alimentado fervientemente la confrontación armada por más de 50 años había sido un grave error.

Es triste ver cómo la miseria de unos gobernantes generó el nuevo alzamiento en armas de un grupúsculo de antiguos combatientes, expertos en lucha de guerrillas, capaces de cometer atrocidades en contra de civiles, y que al contrario del grupo débil que quieren reproducir por los medios de comunicación, tiene toda la posibilidad económica y logística para hacerle mucho daño al país.

Nos levantamos con la sensación de haber perdido un periodo generacional como nación, de haber retrocedido quizás 20 años en nuestra historia. Pasamos de los noticieros concentrados en la información de la inseguridad en las ciudades a, de nuevo, escuchar las atrocidades contra las poblaciones.

Muy rápido olvidamos los golpes de pecho que nos habíamos dado por acciones como la toma de las delicias o la masacre de Bojayá, muy rápido olvidamos los muertos generados a partir de un conflicto del que el grueso de los colombianos no conocemos su origen, sus causas y mucho menos las consecuencias.

Y nuestros dirigentes, unos por ser los propulsores de un nuevo escalonamiento de la violencia rural y otros por su pasmosa pasividad para enfrentarlos, son todos responsables de lo que suceda.

De nada servirá que hoy se aplauda la palabra honrada de Timochenko, al que ayer en el Congreso se le tratara como senador indecoroso, porque ha sido capaz de aceptar con mezquina resignación (diría yo), el incumplimiento del Estado y de someter a sus copartidarios, combatientes rasos, a la miserable limosna que le otorga el Gobierno, si no se generan verdaderas condiciones de reinserción para ese 95% de combatientes desmovilizados que hoy se debaten entre la vida armada con poder o la ciudadanía de tercera que los colombianos les ofrecemos.

Adolfo Ospina

Licenciado en Educación Español y Literatura de U de A, apareció hace unos 4 años a este proyecto. Especialista en pedagogía de la lengua escrita de la Universidad Santo Tomás, Ambientalista y defensor de los derechos de los animales, peor que Vallejo.