CASANDRA

Casandra sacerdotisa de Apolo quien de forma aviesa logró del dios el don de la adivinación. Otras versiones sugieren que Casandra consiguió la habilidad de entender el idioma de los animales.

Hermana de París, raptor de Helena desterrado por el sueño de su madre, quien soñó que daba a luz a una antorcha que prendía el fuego a la ciudad hasta reducirla a cenizas.

Durante el saqueo de Troya Áyax, hijo de Oileo encontró a Casandra refugiada bajo un altar dedicado a Atenea. Aunque la princesa se agarró a la sagrada estatua de la diosa, en el frenesí del saqueo Áyax el pequeño desoyó los ruegos, y la arrastró junto con la estatua.

Según algunas fuentes la violó en ese preciso lugar. Este hecho condenó al guerrero. Casandra fue entregada como concubina al Rey Agamenón de Micenas. Ella, junto con Laocoonte, fueron los únicos que predijeron el engaño en el caballo de Troya.

Aunque Casandra previó la destrucción de Troya, la muerte de Agamenón y su propia desgracia, fue incapaz de evitar estas tragedias.

CASANDRA

En una noche
“como aquella noche del Islam
Llamada la Noche de las Noches,
En que se abren de par en par
Las secretas puertas del cielo
Y es más dulce el agua de los cántaros”
Casandra prometió al dios,
Yacer con él y despojarse de sus trenzas;
Si le ensañase los arcanos
Ocultos en las estrellas.

Bajo el cielo de la noche,
Tendidos sobre un lecho
De flores y hierbas,
Uno a uno desgranaba el dios los secretos
Cifrados en las estrellas.

Con dulce gesto la doncella señalaba
Los arcanos y los misterios.
Lo hacía como si repitiese
Una lección ante el majestuoso
Tablero del Universo.
Mientras, el dios hechizado por su belleza,
Musitaba a su oído ardorosas palabras
Con evidentes deseos de poseerla.

Aprendida la lección, al alba
Cuando un cielo de arena
Borra con su marea las estrellas.
Se negó la doncella a los requiebros amorosos
Y a desatar el nudo de su trenza.
Engañado el dios,
Antes de levantarse del blando lecho,
Escupió sobre los dulces labios de la doncella.
¡Nunca más volvió el dios a verla!

Casandra conservó su virginidad de la
Que tiempo después seria despojada.
Poseedora del don profético,
Anunciaba portentos y verdades.
Más nadie hacía caso de sus palabras;
La persuasión había escapado de sus labios.

Nadie le creyó sobre la trampa urdida
Por Epeo, constructor del caballo,
Cuyo interior llevó desolación a su tierra.
Tampoco le creyó el Rey del baño de sangre
Que deparaba para los dos la vengativa Clitemnestra.

Así cayó la hija de Príamo, sin poder salvar a Troya,
De la ira de Apolo Délfico y Poseidón domador de Caballos.
Como botín de guerra la había traído Agamenón a Micenas;
Donde herida de odio por el sacrificio de su hija Ifigenia,
Clitemnestra planeó la Muerte del atrida, y de su nueva doncella.

Héctor Hernán Gallego

Nacido en Jericó, graduado en Filosofía y Letras y en Educación Personalizada. Educador por necesidad, poeta por temor y escultor por ignorancia.