OTRA VEZ CON LO MISMO

Tanto en el ámbito material como espiritual todos queremos, deseamos más; una noche más, un beso más, un trago más; en realidad muchos de nosotros no sabemos parar y nos “echamos” uno de más con el que nos “inundamos” y terminamos en esta época de la cibernética, del mundo digital, del mundo virtual, del coronavirus abrazando la tasa del baño.

“¡No para la tierra, vamos a parar nosotros!” exclama Jaime, el borrachito de la tienda de la esquina.

Queremos además de un trago, de una noche, un empleo donde se gane más; que gane nuestro equipo del alma. ¡Que nos ganemos el baloto! “A mayor ganancia mayor capital”, decir sencillo y apropiado que repiten aquellos que al parecer sólo aprendieron a sumar.

Al lado de “los más”, están “los menos” los que no aprendieron a sumar, pero son geniales, narrando, contando historias, diciendo mentiras. Porque a “malos” los que sólo saben sumar para redactar, para escribir; sólo aprendieron a escribir su nombre un poco ilegible para que no lo vayan a falsificar y en sus cuentas sigan apareciendo los más.

La Ruta de la Seda fue una red de rutas comerciales organizadas a partir del negocio de la seda china desde el Siglo I A. C., que se extendía por todo el continente asiático, conectando a China con Mongolia, el subcontinente Indio, Persia, Arabia, Siria, Turquía; ruta que en realidad fue construida sobre los cimientos de “la ruta del Jade” de más de 7000 años de antigüedad; a la época del paleolítico la remiten algunos.

Allí se reunieron los que “sumaban”, grandes comerciantes, como los “menos” que contaban historias, que fabulaban; se dice que la Ruta de la Seda se vigorizó debido no al interés comercial, si a la curiosidad del Emperador Chino Wu (Gob. 141-87 a. C.) de la Dinastía Han por los pueblos civilizados lejanos, que se decía que habitaban en las regiones occidentales más allá de las tribus bárbaras.

Ruta que conectó ciudades milenarias como Xiang, Susa, Samarcanda, Bujara, Taxila, Constantinopla, Antioquía, Alejandría. Pero el comercio además de acrecentar el dinero de “los más”, como acontece siempre, también trajo a los asesinos. “El viejo de la montaña” Cheick el Djebel un ismaelita llamado Alaodino quien creó para los jóvenes una réplica del paraíso de Alá en el que el vino, la miel, la leche corrían a raudales.

Marco Polo en su “Libro de las maravillas” trae la historia. Llevados allí, con la promesa de un avistamiento previo de los goces que esperan en el paraíso al creyente; ayudado de la inconsciencia que brinda la droga; -asesino procede de Aassisin o tomador de hachís-, los introducía en la réplica del paraíso donde disfrutaban de beber, del juego, de la música y de hermosas mujeres que prestas al deseo de los futuros asesinos satisfacían sus demandas.

Sacados de allí en medio de la inconsciencia y abandonados en cualquier parte, se encontraban con la nostalgia del “paraíso perdido” a los que “el viejo de la montaña”, en su cátedra, no en su catedral, prometía restituirles allí a cambio de que fuesen fieles a sus exigencias promulgadas como dogmas.

Es posible que las pretensiones del Califato Islámico de vida en el paraíso para sus asesinos provenga de las ideas paradisiacas del “viejo de la montaña” destruido alrededor de 1257 por Ulau Quinto Señor de los Tártaros del Levante.

En este mundo en el que, en el actual verano apenas estamos valorando lo que es vivir bajo los árboles. Éste querer sumar, de tener más no es asunto de avaricia, de vanidad, de soberbia; éste querer está inscrito en nuestras células, esa tendencia a un más allá la tenemos en los huesos. Tendencia, inscrita en nuestra fisiología que fue definida por la filosofía del Siglo XIX con el nombre de Dionisio y por el psicoanálisis de Tánatos.

En nuestro mundo dual, de noche y día, de salir y entrar, del macho y la hembra; mundo en que el más se considera más y el menos, menos, a todos nos concierne “lo mismo”; el uno no es sin el otro, los movimientos de nuestro corazón nos lo dicen un más y un menos pero en relación, como la diástole y la sístole, como la oscuridad y la noche.

En realidad los filósofos siempre hablan de lo mismo, las palabras de Sócrates al sofista son aclaratorias: “Y ustedes que de lo mismo dicen cosas diferentes”. Así respondió Sócrates al sofista que hacía burla de él diciendo que siempre hablaba “de lo mismo”.

Como pensador Sócrates acalló a aquel erudito, quien vivía de vender su conocimiento, y haciendo uso de la retórica embaucaba a la gente.

Un lance en el que el filósofo salió bien librado. No así de la acusación de pervertir a la juventud ateniense; denunciado por Alcibíades, quien “lo deshonró haciéndose vicioso, ateo, traidor y egoísta, la ruina de Atenas” de quien Sócrates estaba enamorado. Fue condenado a beber la cicuta planta de flores blancas y malolientes dedicada a Hécate.

Los ingleses tan dados a la “reina”, dicen que la muerte del filósofo del “conócete a ti mismo” fue venganza de la reina de los cielos por su homosexualismo intelectual, y por querer conocerse a sí mismo de manera apolínea. No entendía los mitos, no apreciaba los árboles. Le castigó además en vida con una esposa de mal genio e ignorante.

Nietzsche fue otro quien lo tenía en la mira por “pervertir una de las plantas más bellas de la antigüedad”, refiriéndose a Platón.

“Nada nuevo hay bajo el sol”. El poeta Miguel Hernández celebrado por Serrat y condenado a morir de tuberculosis en una estrecho calabozo por el régimen de Franco sabía que el humano desde antiguo venía con tres heridas: el amor, la muerte y la vida.

A todos nos toca “lo mismo” sólo que de lo mismo cada uno, hace una experiencia propia, singular, de la vida, del amor, de la muerte. Por ello los filósofos, desde los albores de la filosofía con los presocráticos hasta el día de hoy siempre piensan y hablan sobre “lo mismo”: del amor, de la muerte, de la vida.

Héctor Hernán Gallego

Nacido en Jericó, graduado en Filosofía y Letras y en Educación Personalizada. Educador por necesidad, poeta por temor y escultor por ignorancia. hectorhernangallego@gmail.com