DIÁLOGO TRUNCADO

Ya lo hemos escuchado, casi lo sabemos de memoria: “Nadie se baña dos veces en el mismo río”, “Todo fluye”, “Todo cambia”. Decires reiterados de la Filosofía de Heráclito el “Oscuro” a quien también se le atribuye el decir “El ancho de la luna es de dos pies”: expresión que desata la risa entre científicos, matemáticos y calculistas.

Lo que no es común saber con respecto a Heráclito es que decía lo mismo que su “opositor” Parménides, el filósofo de “Nada cambia”, “Todo permanece”, “No hay movimiento”. Los dos filósofos podrían haberse encontrado y levantado las copas. Ya en los albores de la filosofía se nos decía que el encuentro entre “diferentes” pareceres es posible.

Los dos filósofos presocráticos se referían a lo mismo. Uno lo hacía desde la Apariencia y el otro desde la Sustancia. Por eso reían los académicos creyendo que el decir “El ancho de la luna es de dos pies” se refería a la realidad. No, él lo hacía al modo como a un bastón que se sumerge en el agua se ve quebrado. La apariencia pertenece al ser.

El diálogo entre una izquierda llena de infamias y una derecha llena de sobornos es posible, llevamos siglos viviendo desarticulados. Como es necesario el diálogo entre la cultura del “Jean y el tenis” occidental con el despotismo, las monarquías, los principados, el caudillismo de los pueblos orientales. A nivel espiritual el diálogo entre la filosofía y la ciencia, y para los poetas el diálogo entre la palabra y el silencio.

Hay algo de lo que nos hemos olvidado educadores, clérigos, científicos, políticos, padres, madres de familia: el inculcar en los adolescentes, la rara, extraña, pavorosa circunstancia de que “el conocimiento da miedo”. Que para saberlo, independiente de la diversidad de género hemos de tener “huevos”.

Sentados en un pupitre durante nuestros primeros años escolares, vemos al profesor discurrir ante el tablero sobre el saber entre la A y la Z. Aprendizaje bendecido, y airado por el barullo de las sotanas. Así adquirimos, conciencia, saber, memoria, actos repetitivos.

Mientras el Voyager I en 1990 se alejaba de la tierra a 6 millones de Kilómetros de distancia, a pedido de Carl Sagan, la Nasa, giró sobre sí misma y fotografió por última vez nuestro planeta, a la distancia de 6 millones de kilómetros la tierra semejaba una minúscula mota de polvo estelar flotando en el inmenso espacio.

Ya lo sabíamos, lo hemos visto, nos lo han enviado como mensaje nuestros contactos eruditos por WhatsApp. Lo que no es usual es detenerse a pensar en ese portento, en ese ser menos que minúsculos, en ese misterio. Es grande nuestra ignorancia y es poco nuestro saber sobre el universo. Nuestros días transcurren bajo la tranquila luz del sol, del poderoso Apolo diría un griego; y ya en la noche mientras esperamos la visita del sueño lo pasamos bajo la luz eléctrica.

Lo que en realidad le ha faltado contemporáneamente a la humanidad ha sido noche; una noche real, milenaria, una experiencia con la noche trastornante, al modo como los griegos tenían un antes y un después de Eleusis. Contamos con la técnica suficiente para hacer de la contemplación de la noche una experiencia maravillosa al modo como se contempla el misterio del mar.

Enfrentar al adolescente con la noche del no saber, de un sabernos ignorantes, y que la noche es más profunda que nuestros sueños y poseedora de un más allá de ellos. A ello no nos hemos enfrentado como tampoco lo hacemos con los elementos. Una noche de tormenta nos desasosiega y la contemplación del mar, del sublime, maravilloso y terrible mar nos deja sin palabras.

Vérnosla con los elementos exige, para su contemplación valor y de esa contemplación nace el respeto, respeto por todo, por lo creado. Le falta noche a nuestra enseñanza, le falta vencer el miedo y enfrentar las circunstancia de que no somos sólo la claridad del día, que somos nada frente a la inmensidad del universo.

Sacar del aula la enseñanza y llevarla a lugares donde nuestra comprensión fracasa. Tomar en serio las expresiones de nuestros campeones olímpicos “he vencido mis miedos, he salido adelante venciéndome a mí misma”.

“Somos el centelleo de un vidrio roto tocado por la luz meridiana, somos, no bien poca cosa, y no obstante la totalidad nos mece”. O Paz

Héctor Hernán Gallego

Nacido en Jericó, graduado en Filosofía y Letras y en Educación Personalizada. Educador por necesidad, poeta por temor y escultor por ignorancia. hectorhernangallego@gmail.com