HACEMOS AGUA

Pedro Peinado pescador de las playas de San Bernardo del Viento, refiriéndose a un punto en el horizonte decía : “Allá donde se arrincona el mar”. Buena expresión para alguien que podría pasar por iletrado.

Arthur Rimbaud el “L´enfant terrible” tras sus “Iluminaciones”, exclamaba por las calles de Paris. “¡La encontré, la encontré! ¿Qué? ¡La Eternidad! Es la Mar encaminada al sol”.

Antonio Machado muerto en el exilio: “Oh la saeta el cantar al Cristo de los gitanos, siempre con sangre en las manos, siempre por desenclavar. No eres tú mi cantar, no puedo cantar ni quiero a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en la mar”.

Y el hombre que parecía un caballo, “La vida es clara, undívaga y abierta como un mar”: Porfirio Barba Jacob en “Canción de la vida Profunda”. Jorge Luis Borges: “Mirar el rio hecho de tiempo y agua. Y recordar que el tiempo es otro río. Saber que nos perdemos como el río. Y que los rostros pasan como el agua”. El agua donde Heráclito contempló nuestra locura.

Quien contempla el agua o el mar busca “el inasible fantasma de la vida”. Escribía Herman Melville tras su viaje por las profundas aguas del Océano Pacifico en pos de la ballena blanca.

El insondable, majestuoso, terrible mar, como expresión de nuestro caminar; la vida como un mar de vicisitudes. El tiempo como el agua origen de la vida. Más importante que la meta es el camino. Como “Planeta Azul” entramos en los anales del universo.

Ahora hacemos agua, la barca de nuestra existencia amenaza con hacernos zozobrar. Allende el mar nos llegó el Covid-19. En la iglesia cristiana el saludo de la paz se ve remitido a una expresión de intimidad; no abrazas a otro, te abrazas a ti mismo.

Desaparece la antigua distracción de final de misa, convertida en un “mani converseo”, en un renovar los afectos de la social-bacanería. Un salir de sí mismo para volver al otro. Un descuidarse al final del partido para que nos hagan gol; creernos ganadores antes de celebrarse el escrutinio.

Ese volver al cuidado de sí mismo forma parte de los decretos del tiempo. No es ya la modernidad cartesiana proponiéndose un mundo. Es el espíritu del tiempo, un destino que nos asalta imponiéndonos nuevos desafíos; un giro en las relaciones; colapsa el transporte, el turismo se atasca entre las ruedas, busca soledad lejos del bullicio. La economía tiembla, los millones que acumula cada día el deporte empiezan a escurrirse en un baúl sin fondo. Si aún hay oposición contra la globalización, nos lo dice la salud, ésta huye arrojando al suelo sus banderas.

Uno puede ser “catastrófico”, “volcánico”, hablar del final de los tiempos, ser la máxima expresión del Nihilismo, la vida no vale nada, que se acabe todo. Se puede también ser “Neptuniano”, la vida viene del mar, vivimos en el planeta azul, somos agua, evolucionamos; la Era de Acuario apenas comienza.

Aún así ha de dársele la última opción al hombre, hay que superar el Nihilismo, en cualquier momento acontece el despertar. “Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol”: Martin Luther King.

Si la tierra, como se especula, es un fragmento desprendido del sol, y la vida surge del agua no estaba errado Rimbaud, al percibir la Eternidad como el flujo constante de la humanidad, de la mar encaminada hacia el sol; tampoco lo están quienes insisten en llamarse Hijos del Sol.

Héctor Hernán Gallego

Nacido en Jericó, graduado en Filosofía y Letras y en Educación Personalizada. Educador por necesidad, poeta por temor y escultor por ignorancia. hectorhernangallego@gmail.com