DOMICILIOS SIN CONTROL

La situación que atraviesa Colombia por la enfermedad del covid19, ha hecho que cientos de negocios de todo tipo se vayan al traste, pequeños capitales han colapsado y miles de esperanzas se han acabado. En ese mar de infortunios y tristezas hay un negocio que se está consolidando y convirtiendo en una de las poquísimas alternativas de empleo para los nacionales: el servicio de domicilios.

Catapultado por las aplicaciones e impulsado por el cierre de restaurantes y comercio en general, el servicio de domicilios tomó un auge impensado hace 4 meses, a tal punto de convertirse en la actualidad como la única alternativa a la quiebra absoluta de muchos negocios.

Sin embargo, y pese a la importancia que ese servicio ha tomado y de las múltiples aplicaciones y empresas que lo ofrecen, una gran nube tiende a ensombrecer la prosperidad de la prometedora nueva industria.

Hace no poco tiempo las aplicaciones más renombradas de domicilios en el país eran cuestionadas por la forma de contratación que tenían con sus servidores, debate que realmente no ha arrojado los frutos esperados.

El problema que en la actualidad se está generando con la prestación de ese servicio no está alejado del todo de ese debate, pues tiene que ver con la forma en que se ofrece.

Hoy pedir domicilios es jugar en una ruleta, qué tipo de persona es el que lo va a brindar. Ruedan en redes imágenes de los domiciliarios con comportamientos que dejan mucho qué desear, sobretodo en la actual contingencia de miedo por un posible contagio del coronavirus: orinando con los productos a entregar en la mano, con los impermeables y chaquetas guardados en la misma nevera en que transportan la comida, consumiendo drogas prohibidas sin ningún tipo de medida de higiene en la disposición del encargo…

La dificultad no se queda ahí, por años se ha hablado del alto índice de accidentes que se presentan en calles colombianas en los que se ven involucrados motociclistas. Este problema que ya es preocupante tiende a desbordarse por la imprudencia de la mayoría de domiciliarios, a los que se les ve con equipajes muy grandes para un vehículo de dos ruedas, buscando una dirección en su celular al tiempo que conducen y con el afán de entregar para poder coger otro servicio.

“Uno los ve matados”, decía mi madre, pero es real, estos jóvenes en su mayoría, arriesgan sus vidas con el fin de cumplir con una entrega y quedar disponibles para la otra, o con el objetivo de cumplir las promesas de tiempo que la empresa proveedora del pedido designa: “si no recibe su pedido en 60 minutos, no se lo cobramos”.

Y es que no hay un filtro, ni una exigencia de aseo para los domiciliarios, incluso para el usuario es imposible determinar quién le ofrezca el servicio, cae en manos de cualquiera de ellos.

Al mismo tiempo las empresas proveedoras han dejado al vaivén de las aplicaciones el ofrecimiento del servicio, “lavándose las manos” frente a un eventual accidente o en la forma de cumplir con la entrega. Es también constante el alto costo que en algunos momentos genera un domicilio, costo asumido por el usuario y que tampoco tiene control.

El negocio es pujante, parece ser una forma de empleo en tiempos de desempleo y esas dos cosas deberían ser suficientes para que el Estado entrara a regular todo lo concerniente a la prestación del servicio: contratación, filtro de selección de personal, costo del servicio, corresponsabilidad de la empresa en eventuales accidentes y demás, de no hacerlo, y como ha pasado con tantas otras cosas, pronto veremos un problema más que se le sale de las manos a los gobiernos.

Adolfo Ospina

Licenciado en Educación Español y Literatura de U de A, apareció hace unos 4 años a este proyecto. Especialista en pedagogía de la lengua escrita de la Universidad Santo Tomás, Ambientalista y defensor de los derechos de los animales, peor que Vallejo.