OSCAR EL LOCO

Mi primo Oscar llamado el “loco”, no es loco; siendo niño lo “pilló” la meningitis y le deformó las piernas, las manos, y como en un severo nocaut le dejó la boca torcida y desdentada. No habla muy bien, pero se hace entender, aunque a veces hay que preguntarle a Marina su hermana qué es lo que el loco dice. Marina como un amplio mar lo entiende y no lo llama Oscar, sino loco alargando la o, locoooo.

Siempre es la familia la que empieza opinando, hablando sobre uno hasta que la fama que tiene mil lenguas y mil ojos escuchando tras puertas y ventanas a gritos lo divulga desde los techos, balcones, calles y luego todo el mundo se entera.

Como lo dije Oscar no habla mucho, prefiere sonreír y lo hace muy bonito sin malicia mientras le brillan sus ojitos; cuándo llegó a vivir en el pueblo, se crió en el campo, todos los días iba a misa y comulgaba. Era un “verraco” para el azadón; con esa cadencia que le daba el tener un pie más largo que el otro, nadie lo superaba, y súmele a ello unas manos fuertes como de gigante.

Madrugaba más que todos en la finca, el mismo se preparaba los “tragos” y antes que todos se levantaran, a lo oscuro echaba a andar descalzo con poncho al cuello, azadón al hombro, machete al cinto por esos caminos de Dios. Los otros a lomo de mula le llevarían el desayuno donde hacía tiempo él ya los esperaba.

En una ocasión lo sorprendí montado sobre un ciruelo masturbándose mientras gritaba glorias al cielo. Verlo en esas no me extrañó; hacia poco yo también había aprendido a hacerlo. Nos enseñó John Jairo el hijo de Doña Inés un muchacho mayor que gustaba sembrar matas y vérselas con las señoras del barrio. Nos había dicho que era estupendo.

Aquella tarde ningún “pelao” apareció en la esquina de la cuadra donde nos reuníamos para jugar al fútbol. A mí los gritos de mi hermana Piedad me hicieron salir con prisa del baño, alarmada por lo mucho que me demoraba. Al otro día, lánguidos, tirados sobre el césped de la cancha, no mirábamos todos ojerosos, apenas si hablábamos y nadie decía vamos a jugar fútbol. Aquello si era estupendo, pero terminaba uno muy cansado.

En ese mismo árbol, donde sorprendí a loco gritando glorias al cielo; yo encaramado cogiendo ciruelas con mi prima Gloria me pico un gusano “pollo amarillo” me dio un dolor terrible en el brazo izquierdo; mi prima buscó el gusano por todas las ramas, lo encontró, lo destripó y me puso sus entrañas sobre la picazón, dormí toda la tarde mientras deliraba de fiebre y en la cama también yo clamaba por Gloria.

Oscar quería más a mi hermano mayor que a mí. Siempre que visitaba a mi tía. loco me preguntaba: “¿pimo y Gustavo?”, no podía pronunciar la r. Traté siempre de ganarme su corazón, pero no lo conseguí, acaso por haber divulgado lo de su masturbación. Cuando bajó del árbol lo único que me dijo fue “¡eh, Ave María pimo!”. Ahora me arrepiento.

Dos circunstancias marcaron la vida del loco, uno fue la muerte de su padre y la otra la de su madre. Carlos, su padre era mayordomo de la finca del Dique perteneciente a la hacienda La Botero. Hacienda donde la famosa bruja de Fredonia narrada en el libro de Germán Castro Caycedo solía hacer de las suyas en compañía de un médico; en el segundo piso de la hacienda en donde llegue a pasar la noche, en sueños una bruja me sacaba a volar en su escoba por toda la orilla del Cauca para terminar lanzándome al río desde “Puente Iglesias”, solía despertarme sollozando y meado en los pantalones.

Carlos murió primero, un domingo borracho cayó de la yegua a una quebrada. Al día siguiente lo encontraron inconsciente comido por las arrieras, le llevaron al hospital de Jericó y no salió de él con vida. Cuando supe que su madre, mi tía Ana había muerto, tardé en visitar a mis primos para darles el pésame; cuando les visité les acompañé al cementerio quería conocer el lugar del reposo de la tía.

Tan pronto pisamos la entrada del cementerio empezaron los lloros del loco y mi prima Marina tan fuertes que me escandalice. Antes de cruzar las puertas de entrada del cementerio todo era calma, departíamos alegremente Marina, el loco y yo, pero tan pronto cruzamos el umbral aquello fue como si se desatase un temporal, tan escandalosos eran sus gritos y lloros que tuve la intención de dar marcha atrás.

Durante el camino hacia la tumba de la tía saqué a relucir mis argumentos de hombre de mundo, de persona estudiada. “Primos uno no debe llorar así a sus seres queridos, ha de hacerse con recogimiento y discreción, preferiblemente con una mano sobre el pecho, las almas lloradas de forma tan escandalosa ocasionan que el difunto vuelve atrás en su camino hacia el más allá, preocupado por los dolientes corre el peligro de volverse fantasma entre los vivos”. Aunque no me creyeron si moderaron su actuar, sus gritos y lamentos por la muerte de su madre que era mi tía.

Oscar una vez huérfano, hubo de abandonar el campo e irse a vivir con su hermana Marina a una humilde casa que les había dejado su madre en el pueblo. Trabajó hasta donde pudo en el solar de su casa, sembrando yuca, plátanos, tomates y cebolla, hasta que el reumatismo empezó hacer de las suyas y ya no pudo trabajar.

Cambio poncho, azadón y machete por ruana y carriel, nunca utilizó sombrero y siempre andaba descalzo. Se la pasaba sentado en la plaza de Jericó fumando tabaco escuchando la conversación de los viejos y haciendo “mandados” para paliar en algo las necesidades de la casa.

No lo he vuelto a ver, desde un año atrás supe que le habían diagnosticado cáncer en el esófago. Por estos días de pandemia hubo que llevarlo al hospital, pasó cuatro días aislado en un cuarto por sospecha del covid19, lo único que pedía era su radio.

Hoy está en su casa, con un diagnóstico de tres meses de vida, él no se da por enterado. De eso ya hace dos meses, no siente nada, no le duele nada. Se la pasa sentado en su silla en frente de la puerta de su casa escuchando radio, sonriendo mientras le brillan sus ojitos y exclamando de vez en cuando “eh Ave María pimo”, como si recordara.

Héctor Hernán Gallego

Nacido en Jericó, graduado en Filosofía y Letras y en Educación Personalizada. Educador por necesidad, poeta por temor y escultor por ignorancia. hectorhernangallego@gmail.com