POETA

En círculos concéntricos
Juega el agua con la lluvia
Hasta hacerla suya

Fue mi primer “haikú”, con él gané un concurso de poesía, parece que me los hubiese ganado todos porque no me he vuelto a ganar más. Con ese pequeño poema al modo japonés envíe otros dos.

En atareada lentitud
Baja la niebla
Hundiendo la montaña

Esa montaña del poema sobre la que posteriormente viví me dio la casa donde vivo hoy, todos los perros que en aquél entonces tuve han muerto, aún conservo sus huesos y los tengo enterrados aquí donde alguna vez yaceré junto a ellos.

Dos lágrimas
En una sola
En sólo dolor
En una herida

Fue el tercer “haikú” del concurso. He llorado mucho, lo de un “valle de lágrimas” en mi caso no es mentira, aunque he amado la vida. A veces me siento aquí cerca donde yacen enterrados mis gatos y mis perros y me imagino el mundo sin mí, como si no existiese.

Me quedo callado sin pensamientos. Me iré lejos y quedará el sonido del agua en el arroyo que no acaba de pasar, el silencio de los árboles, el vuelo de los pájaros, y la niebla que baja de la montaña. Todo es soledad y no estaré aquí.

También ha “muerto” mi esposa, ha muerto es un decir; según la tradición hebrea todos los hombres como Jacob nos casamos con dos esposas. Rebeca toda juventud, todo ímpetu, toda pasión, sensualidad; Rebeca muere joven. Queda Lía la mujer de la madurez, compañera solidaria de días difíciles junto a la cual yaceremos al morir.

Ya se ha muerto mi mujer
mis perros, mi rancho
se ha caído.
Ahora me muero yo
para que se acabé todo.

Creo que así rezaba una de las coplas con la que se promocionaba el aguardiente. Nadie cree que soy poeta, incluso muchos dudan de que alguna vez llegue a serlo. Los que dicen eso ni me han leído. Hay quienes escriben un libro de cómo subir a la montaña y nunca han subido.

Ser poeta no es fácil, yo no quería serlo; pero la bruja o la musa qué sé yo, puso mientras dormía este afán en mi ser y cada vez que he tratado de sacármelo se profundiza en mis adentros. Espero que a mi muerte se lleve todo lo que tengo.

No creo en los infiernos, si se llegase a destinar algo para mí preferirá que fuese el cielo de los perros, o el de los gatos, o el de los insectos; ellos siempre han sabido algo, pero por un extraño sortilegio no dice nada y nos observan en silencio.

O como en la creencia India, es posible que regrese a la vida como pequeño insecto y entonces haré de las hojas, de los troncos de los árboles mi vivienda, y en el envés de las hojas me defenderé de las tormentas. Un pequeño insecto volador para quien pocos días, meses, o años serán en el tiempo la eternidad de los planetas.

Cae la lluvia y me preguntó ¿habrá un nuevo planeta, en la vastedad del universo, habrá un pequeño refugio para mi pérdida alma de poeta? Muchos y buenos poetas ha habido en el mundo, los buenos siempre se han contentado con poco. Yo no he tenido mayor cosa, sólo mis huesos y una necesidad de palabras para nombrar el silencio. Palabrador del silencio me nombraron un día.

En uno de los libros más bellos de la Filosofía “Más Allá del Bien y del Mal”, “Un libro para espíritus libres, muy libres” Federico Nietzsche distingue entre los “obreros de la filosofía” y “los filósofos”; el obrero de la filosofía es un docto, un constructor de sistemas, todo erudición. Por lo contrario, el filósofo es un solitario, un nómade, un anarca, adelantándose a la época incomprendido a veces descubre un lenguaje nuevo para verdades nunca dichas.

Como poeta esta diferenciación del “señor dinamita” para cuya aceptación hay que ser “libres, muy libres”, para no sentirse chamuscado viene de perlas; así como en la medicina hay que distinguir al “médico” del “técnico de la medicina”; uno vive entregado a su trabajo fiel a su juramento un poco golpeado económicamente; el otro, obrero de la medicina con ayuda de la técnica crea clínicas de rejuvenecimiento estético y nada en la riqueza.

Igual sucede en todo Arte, con la pintura, con la música; no todo el que pulsa un instrumento es músico. Machado distinguía entre los poetas y aquellos “grillos que le cantan a la luna”. No me corresponde a mi decir quién es poeta y quién no, pero si puedo hablar de mis preferencias.

Una “Hebras de sol” de Paul Celan, un René Char, incluso un Samuel Beckett dejarían desencantados, perplejos con su poesía a los miles que cada año en nuestra capital antioqueña suelen darse cita en plazas y espacios públicos para escuchar esa “barahunda de gentes raras” que según León de Greiff son los poetas.

Hacer poesía no es tarea fácil, tampoco es asunto de buenos sentimientos, ni declarar a los vientos que la vida es bella, tampoco se la encuentra a la vuelta de la esquina; con un poco de suerte cuando la musa llega al mundo del poeta sacude como una elefanta india sus tierras, su desierto. Y la estremece para que el poeta con sus manos de agua que desatan lágrimas fertilice la tierra. Y el Amor principio de toda creación fecunde escritos o poemas.

Lejanos campanarios
En noches oscuras
Liberan del tiempo
La hora
La hidra del sueño
Asalta los castillos
Por doquier desmoronados párpados
Sólo el eco mudo
Cobija en su profundidad lo dicho

Castillos individuales, solitarios, o colectivos que en Europa, en Gran Bretaña, en África, en Asia, en América en el mundo entero han sido motivo de gestas, de reyes, de héroes, de guerras; nido de amores, de intrigas y en cuyas mazmorras y sótanos la tortura se lamenta; donde también a golpes de tratados, de leyes la humanidad ha venido creciendo.

Pero nos falta mucho; fieles al decir de Carl Sagan apenas estamos introduciendo la planta de nuestros pies en el océano del conocimiento, debemos decir que aún somos muy ignorantes, que no sabemos nada. Seguimos siendo crueles; aún no se han secado las lágrimas de los parientes de los Wayú que en la Guajira vieron como sus seres queridos eran decapitados vivos con motosierra.

Decimos, a raíz de la pandemia que el mundo cambió, ¡no hay tal!; los mares siguen infectados con los tapabocas que vienen cubriendo nuestro miedo; en los pueblos turísticos, hoy sin turistas, se amontonan basuras atribuidas antes a la presencia de ellos; el ansía del oro sigue arrasando ríos y selvas.

A raíz de los días sin Iva los comerciantes suben el valor de sus productos, con “Viernes Negros” fomentamos la aglomeraciones y elevamos el número de los contagios. A eso llamamos solidaridad, fraternidad, protocolos y manejo inteligente. No había dinero para comida, pero si para hacernos a objetos pagados digitalmente; pero no para una inmensa mayoría a los que nos llaman “uga uga”.

Hay mucha crueldad todavía: trata de blancas, inducción deliberada a la drogadicción, secuestro, despojo, tortura. Como humanidad nos falta mucho para llegar a evidenciar un más allá de las estrellas.

Está por pensarse la expresión de Santander: “Colombianos las armas os han dado la independencia, pero sólo las leyes os darán la libertad”. Vivimos con independencia, pisoteando al otro, “armados” como en guerra y las leyes las interpretamos a nuestro antojo, por ello mejor “ser poeta en tiempos de penuria”.

Héctor Hernán Gallego

Nacido en Jericó, graduado en Filosofía y Letras y en Educación Personalizada. Educador por necesidad, poeta por temor y escultor por ignorancia. hectorhernangallego@gmail.com