HUMANISMO

Tras graduarme con honores al finalizar mis estudios de bachillerato, por respeto y obediencia a mi padre y con el respaldo de mi hermano mayor decidí, mejor decidieron, que mi futuro como arquitecto sería grandioso; como res que va al matadero lo acepté humildemente, y tras dos años de permanencia en la facultad de arquitectura, donde no hacía nada sino soñar y penar un poco, decidí, a espaldas de mis mayores escabullirme hacia las sendas del pensar.

¿Estudiar filosofía para qué? ¿Eso para qué sirve? ¡Eso no da plata! ¿Con qué se come? Nunca me detuve a pensar qué rendimientos me podría brindar la filosofía, ni tampoco de qué viviría. Era el placer del conocimiento, del contacto con los libros, de su olor, de sus secretos lo que perseguía, lo que yo anhelaba, lo que yo adoraba.

Sentarme a la sombra de un árbol, recostado contra su tronco y dejar vagar mi mente tras el sonido de las hojas sacudidas por el viento y seguir en lo alto el paso de las nubes como blancos rebaños de ovejas, mientras mantenía entre mis dedos las entreabiertas hojas de un libro no existía placer más grande para mi alma de poeta.

Lo confieso nunca me he arrepentido de haberlo hecho. No soy un filósofo para ello se requiere una grandeza con la que no cuento, pero soy poeta mientras logro mantenerme en la cresta de la ola; soy medio pájaro, medio metafísico, medio artista.

En filosofía me he abocado a la problemática del “olvido del ser”, y a perseguir a ese huésped inoportuno que es el Nihilismo, a la adquisición de una Ética y a la percepción del Instante. Con Nietzsche perdí el respeto por todo tipo de sistema; con Jünger el gusto por el mayor tipo de literatura. La filosofía más que un camino de acrecentamiento ha sido un camino de despojo, que me ha llevado a la indigencia, a la pobreza.

Pero no nos asustemos, en éste austero rincón también moran los dioses. Siempre me han sorprendido los enunciados de los filósofos: Lo más profundo es la piel; lo más cercano nos es lo más lejano. El ser cuando se muestra se nos oculta. El camino hacia arriba o hacia abajo es uno y el mismo. Nadie se baña dos veces en el mismo río. Dios cuando quiere escondernos algo nos lo pone cerquita.

En nuestro mundo actual rodeados de objetos, en una época de la elaboración técnica de los mismos, en una edad en que prima la materia, es común escuchar que se ha perdido el rumbo. Qué tenemos que volver a lo nuestro, ser más solidarios, ser más humanos; en esencia volver a enarbolar las banderas de un antropocentrismo.

A través de la red, que durante la pandemia ha sido considerada como una ventana al mundo, el actual rector de la Universidad de los Andes Alejandro Gaviria exministro de salud llevó a cabo recientemente grados virtuales dentro de lo que denominó celebración aséptica y donde abogó por no perder de vista a pesar de la pandemia el humanismo y esas ceremonias de construcción colectiva, esos ritos, esos retos de sociabilidad que han definido y caracterizado al hombre como el centro del universo, como “animal racional” objeto de la disciplina de la Antropología.

Si se cree a los filósofos y a sus expresiones paradójicas, vemos que a pesar de su humanismo y buenas intenciones el rector y exministro de salud como la inmensa mayoría de nosotros que fomentamos y propugnamos por los “ismos”, marxismos, socialismos, existencialismos, cristianismos, antropologismos, humanismos vivimos en la falacia y continuamos igualmente perdidos.

Por su concepción humanista Donald Trump se niega a mermar las emisiones de carbón causantes del calentamiento global para que su gente no deje de vivir en el confort y riqueza. Por su humanismo China arrasa con la pesca en costas cercanas a la América del Sur para alimentar las millones de bocas de su población.

Por su concepto de humanidad el cristianismo diezmó la población islámica de la antigua Palestina y estableció la Santa Inquisición. En la actualidad, por nuestra noción de humanismo los gobiernos lanzan a las gentes a la calle para que los devore la pandemia porque es necesaria la reactivación económica.

Según la Filosofía, la Razón, la Lógica son añadidos al pensar durante esa larga historia que ha sido la metafísica, es decir, la filosofía; definiciones del Homo como “animal racional” se suman a esa serie de desaciertos que desde Platón y Aristóteles continuando en la modernidad han conllevado a que la filosofía se mueva lejos de su elemento como pez fuera del agua.

El asunto, el objeto del pensar es el Ser, pero preferimos vérnoslo con las cosas; abandonados del ser perdimos de vista lo más cercano, la dimensión de la gracia y acaso la posibilidad de cambiar nuestro obsoleto humanismo por una Ética que tomada en su acepción griega, constituye el pensar sobre el “ethos”, el ámbito, el lugar donde se despliega el ser, nuestra vida cotidiana, donde podemos experimentar la presencia de Dios, de los dioses o la ausencia de los mismos.

También divulgaban las redes las siete majestuosas mansiones que posee nuestra querida Shakira. También nos preguntamos. ¿será que mora, habita en la siete a la vez? ¿para qué tanto “descreste”? En sentido propio creemos que no las habita.

Preferir una Ética a un humanismo implica prestar atención al lugar, a la morada donde se desarrolla el escenario de nuestra vida, con sus días grises, llenos de temor, pero también el espacio de la celebración y de la risa. Optando por la sencillez atentos a lo más cercano, a lo más propio y alejados de un pensar racional, lógico que justifica que explotemos el escenario de nuestros días, atenderemos primeramente al Ser que nos ha tenido en abandono y dispuestos a las paradojas del lenguaje de la Filosofía que en verdad funcionan pues, nadie se baña dos veces en el mismo río, volvámonos más pobres para ser más ricos.

Héctor Hernán Gallego

Nacido en Jericó, graduado en Filosofía y Letras y en Educación Personalizada. Educador por necesidad, poeta por temor y escultor por ignorancia. hectorhernangallego@gmail.com