¡QUÉ NO TE ASUSTE EL CANSANCIO!

Aunque he corrido mucho no me considero un “Runner”; he corrido al amanecer, al mediodía, al anochecer. Me contagié de esa “droga” al ver una chica que invariablemente todas las tardes después de su jornada de estudio salía a correr dándole vueltas al “Washington Square”, al parque del barrio bohemio del “Village” en la ciudad de Nueva York.

Tras mi periplo americano, acaso por nostalgia empecé a correr, lo hacía antes del alba y mientras corría contemplaba el cielo estrellado y las lentas horas que presagian el amanecer; corría por caminos, montes, trochas, calles, pueblos, ciudades, avenidas.

Las Palmas, Jardín, Valparaíso, Cali, La Pintada, las carreteras del embalse antioqueño, las solitarias calles de Envigado que al amanecer conducían a Medellín, me vieron pasar corriendo como alma en pena; también lo hice alrededor del “Atanasio Girardot”. A veces tenía la impresión de estar huyéndole a algo.

Correr siempre ha sido difícil, pero tras una larga jornada cuando te has devorado unos buenos kilómetros y te detienes es como si llegaras de otro planeta, la gravedad se adueña de tus piernas, y aunque todos estén despiertos los ves lentos, como si aún durmiesen.

En parte por la pandemia, por el confinamiento y con el deseo de escapar de los noticieros del mediodía que no hacían otra cosa que inocularme la peste, cambiando de canales descubrí en “Señal Colombia”, la vida de Raúl Gómez un “Runner” español que tras las maratones más curiosas, más extrañas, más duras de los seis continentes con fino humor interactúa con campeones, con gentes del común y con personas con unas historias de heroísmo que hacían llorar al protagonista y a los asiduos como yo, de este programa de la pantalla chica.

“Qué no te asuste el cansancio” era el cartel que sostenía una mexicana en el andén, a la orilla de la vía; así animaba a quienes participaban en la maratón de la antigua Tenochtitlan, la ciudad de México en la que participaban 25 mil personas. Toda una multitud con un sólo objetivo, llegar tarde o temprano a cruzar la meta tras 42 fatigosos kilómetros, y entre todos esos guapos, “Maratón Man” el actor español Raúl Gómez “Runner” alrededor del mundo bajo el patrocinio de Movistar.

No he gustado de multitudes, ya de niño creí morir asfixiado, aplastado contra un muro por ellas durante una ceremonia religiosa; hasta que una alma caritativa me tomó por las axilas y me levantó hacia los peldaños del púlpito en cuyos escalones pude volver a respirar.

Menos atractivas me parecieron después las multitudes tras leer la “Psicología de las Masas” de Sigmund Freud; en grupo, en horda, en manada, en masa suelen fluir, darse a conocer fuerzas, expresiones, acciones que en solitario no llegamos a realizar; algo salvaje emerge de nuestras profundidades en contra de nosotros cuando lo hacemos en grupo, acciones que en lenguaje económico es fácil atribuírsele al lumpenproletariado.

Pero viendo correr a “Maratón Man” y a esa multitud de “Runner” uno sabe de su esfuerzo, de su lucha, de su solidaridad, de su dolor; unos corren por salud, otros por superación, otros por felicidad, otros por los que no pueden hacer; gentes a quienes no les importa competir, solo llegar al final. Raúl, aunque ha entrenado con los kenianos, los mejores maratonistas del mundo, no corre por competir, a él y a muchos maratonistas sólo los motiva una sola cosa: correr.

Viendo esa multitud tan heterogénea, con múltiples motivos, pero sólo uno en común: llegar al final. No he dejado de pensar en la similitud que posee una maratón con el paso, con el tránsito de la humanidad a través de las edades, del tiempo. Unos se van primero otros después, unos rezagados, unos agotados, pero al final todos invariablemente llegamos, pasamos la meta y traspasamos el final.

Los hay que al finalizar una carrera se dan una soberbia borrachera, los hay que tratan mal a las esposas, las que engañan a sus esposos, quienes mienten, quienes roban, toda la bondad y la basura del mundo presente en una carrera, pero olvidado todo ante un sólo objetivo llegar al final, superarse a sí mismos.

Ante esa señas de humanidad, no hay que olvidar los que a los lados de la vía con gritos te animan: “majos”, “valientes”, “guapos”, “continúen”, “fuerza”, “ánimo ya vas a llegar”; ante tanta gallardía definitivamente hay que creer en el “homo”, en la humanidad y atreverse a abrir nuevamente la “Caja de Pandora” donde a pesar de nuestros males por temor aún permanece recluida la Esperanza.

No importa que: “(…) el acoso del dolor sea seguro e ineludible. Nada nos es más cierto y nada nos está más predestinado que cabalmente el dolor”. No importa que en nuestro mundo como dice Antonin Artaud: “la gente todos los días come vagina cocinada con salsa verde o sexo de recién nacido flagelado y endurecido tomado tal como sale del sexo materno”.

Aun así, a pesar de la pandemia, del esfuerzo, de volver a levantarse tras haber caído, a pesar de la vejez, de la enfermedad, a pesar de los atropellos, de la injusticia, a pesar de los que ya no están, a pesar de los golpes de la vida, a pesar del desamor continuemos: “Qué no te asuste el cansancio”.

Héctor Hernán Gallego

Nacido en Jericó, graduado en Filosofía y Letras y en Educación Personalizada. Educador por necesidad, poeta por temor y escultor por ignorancia. hectorhernangallego@gmail.com