NOS TAPARON LA BOCA

Escarbando en textos de etnología, de antropología, de pensamiento salvaje, de historia de las religiones, me ha sorprendido encontrar:

“(…) Nuestro desastre más pernicioso es la compulsiva presentación y defensa del yo; la preocupación acerca de ser admirados queridos o aceptados”, búsqueda frustrante, agotadora que nos sustrae la posibilidad de poder interactuar con otras vidas.

“Importancia personal” que no permite ver lo que otros tras de sí han hecho, es lo que se suele decir en el último peldaño de la escalera que los primeros peldaños no sirven para nada, que son ellos, sólo ellos los recién ascendidos quienes han logrado las cosas.

Nos dejaron callados, nos silenciaron, nos amordazaron, quedamos impedidos, paralizados; no lo esperábamos, nos hubiera gustado continuar, que nos avisaran, las cosas no se dieron como lo esperábamos, teníamos proyectos, planes, viajes, tareas. Se truncaron nuestras conquistas, cerraron el colegio, la universidad, ocho meses sin verla, sin verme.

No soy de los que se traga el cuento universitario, citado con parágrafos descontextualizados, para hacernos creer que lo que nos está pasando es decisión de una élite, de un grupo, de la intención de un país, de un gobernante que tiene como objetivo implementar un nuevo orden mundial, donde la persona singular desaparece y sólo existe la masa amorfa que obedece.

Basta con contemplar lo sucedido con los grandes poderes económicos para tener una visión muy otra de las cosas, élites poseedoras de cadenas de restaurantes, hoteles, propietarias de empresas de turismo, líneas aéreas; parques recreativos promotores de actividades en masa han visto reducidas ostensiblemente sus ganancias, empresas que han quebrado, despidos masivos. Qué intencionalmente hayan desatado una pandemia con el fin de redireccionar el orden mundial esa no se la cree ni “Cosiaca”.

Es la falacia antropócentrica de sentirnos creadores de circunstancias, de situaciones. Existen múltiples formas en que la vida, el destino, el numen, “el espíritu del tiempo” llama a nuestra puerta; la pandemia ha sido una de ellas, con alborozo la ecología dio la bienvenida a peces donde no los había, las aguas se limpiaron, los cielos ni se diga, la pandemia llamando a nuestra puerta parece decirnos que entre nosotros algo viene oliendo mal ¿será por ello que ahora llevamos mascarillas?

Vaya forma extraña de tocar la puerta y aún más la de quién es capaz de escuchar los toques, los llamados del destino: Un chico monta una destartalada bicicleta sin frenos que embiste un auto de alta gama. El propietario agredido pasado una semana busca al chico y le regala una bicicleta nueva. Así se hace un campeón, un triunfador en la tribuna sino en el transcurrir de los días. Así se tiene un gesto.

Según la lingüística una época se desarrolla, se crea en forma sincrónica y diacrónica; un estado, un estamento sincrónico con unos tejidos, asociaciones que diacrónicamente se desplazan en el tiempo. Un continuo sucederse de sincronía y diacronía. El hombre, la humanidad puede disponer los hilos para el tejido de ese gran tapete que llamamos la existencia, pero el diseño del mismo de forma muy escasa obedece a nuestras decisiones.

La trama en el tapete no es nuestra, somos testigos de cómo se desarrolla, no vamos como los epígonos, o los poetas montados en la cresta de la ola, en la punta del iceberg, en el filo de la navaja desde donde patentizan la creación.

Unos al “gran tejedor” lo nombran “el espíritu del tiempo” evolucionando desde su nacimiento en Grecia, otros dicen simplemente, es la vida, otros creen que todo está escrito y entonces hablan de designios o decretos del Altísimo.

Creer, motivar que somos gestores de la forma como se construye el “espíritu del tiempo”, en parte es una falacia de unos pocos que se dicen estudiosos y promueven actos en los cuales ni ellos mismos participan.

La India de inicios del Siglo XX implementó a través de la persona de Gandhi lo que la filosofía india pregonaba desde el nacimiento de Buda: “La no violencia” que logró más por la India en los últimos siglos que las acciones de grupos radicales y una burguesía pro-inglesa durante la época colonialista.

La masa como entidad para la época de la informática posee una fuerza, un oleaje insospechado. La existencia de la red para la masa en el caso de que ésta llegase a desplazarse de forma coherente, asociada acabaría con el estamento, la empresa, el sistema que se le opusiese, pero si hay fisuras al interior de ella aparecerán brechas donde las fuerzas oponentes sembraran la discordia que llevarán con el fin de preservar argumentos a actos violentos.

Pero el pensamiento de la unión de una masa movida con la fuerza de una gran oleada está muy lejos de nosotros. El problema no es que nuestro vecino quiera la “revolución bolivariana” el problema es el que la mayoría de líderes de izquierda, igual los de derecha crean que la revolución o el cambio está encarnada, o encarnado en ellos. ¡Importancia personal!

El que ante la pandemia nos quedásemos sin argumentos, el que nos tapara la boca, el que nos mandará a callar ha de tomarse como un signo bueno entre nosotros, es un acertó en común: Tenemos que mejorar. A pesar de lo ocurrido, del apartamiento, del distanciamiento, del quedarnos sin argumentos aún persisten los “bocones” que quieren a toda costa hablar y en última instancia nada qué decir.

Héctor Hernán Gallego

Nacido en Jericó, graduado en Filosofía y Letras y en Educación Personalizada. Educador por necesidad, poeta por temor y escultor por ignorancia. hectorhernangallego@gmail.com