VIEJO, ¿Y QUÉ?

A un niño de siete años que se había golpeado fuertemente en una mano le escuché: “no voy a llorar, mi papá dice que yo no tengo corazón”. Otro de seis años decía: “¡Viejo!, mi hermano mayor que tiene doce años!”

Buenas expresiones, pero la vejez no es relativa, ni tampoco, como nos quieren hacer creer algunos “penalistas”: “¡usted no es viejo, vieja la cédula!” No señores la “funesta vejez” es una realidad que ha de enfrentar al final de su vida el ser humano, como lo es también la muerte.

Esta pandemia ha sacado a relucir cosas que teníamos guardadas, otras escondidas. Sé que estoy “más a la salida que a la entrada”, pero cuando se decretó que las personas de sesenta años o más eran vulnerables, aunque para esos días no había ascendido al “séptimo piso” sentí que el suelo bajo mis pies se abría.

Según criterios psicológicos soy del tipo leptosómico, es decir largo, flaco, con tendencias a comportamientos neuróticos y algo esquizoides. Así que cuando llegó la visita de este “huésped inoportuno” que nos tiene a todos con la boca tapada y un leve cosquilleo en las nalgas; al mirarme con cédula en mano ante el espejo, empecé a preocuparme.

Yo conocía viejos, grandes viejos Walt Whitman era uno, Ernst Jünger otro, Pablo Picasso ni se diga, Marc Chagal muy enamorado, Max Enst extraordinario, Leonardo da Vinci un genio, Gregorio Cuartas Velásquez qué buen colorista; gentes con tez hermosa, rozagantes siempre trabajando a la sombra. Yo no tuve esa fortuna, viví siempre al descampado tengo manchas, en la cara, en todo el cuerpo, hasta en…

De visita en la casa de un amigo poeta vi una fotografía del premio Nobel de Literatura, el irlandés considerado padre del “Teatro del Absurdo” Samuel Beckett; ese día me volvió el alma al cuerpo. Era el hombre, más arrugado que yo había visto en mi vida, con cara de pájaro, además. Ante tanta altivez me dije “así vale la pena tener arrugas”.

Samuel Beckett también se las “traía”, supo que escribiría contemplando una tempestad en un muelle tras la muerte de su madre; no escribió en su lengua materna sino en su segunda lengua el francés, su obra “Esperando a Godot” fue el encanto de todos los presidiarios donde llegó a presentarse; hacia el final de su vida se encerró en un asilo, y se entregó a los placeres del oído, no hablaba mucho, pero paraba la oreja, para escuchar el vacío, decía.

Este tiempo que enaltece la juventud, desdeña la experiencia, le encanta la copia y pregona una idea de la belleza que parece no pasar de moda no quiere dejar a los mayores envejecer en paz.

Verdaderamente es una época rara que fomenta la copia, no la singularidad para muestra: “Yo me llamo…”, he conocido pintores que siguiendo los cánones de la época podrían decir yo me llamo David Manzur, o yo me llamo Fernando Botero menos mal ellos no acuden a esos apelativos y con recato se dicen estudiosos, imitadores y los más osados falsificadores. En literatura no se ha fomentado yo me llamo… Pablo Neruda, yo me llamo Gabo, o Garcilazo De La Vega, ni Porfirio Barba Jacob.

Yo si pudiera haber concursado por lo de “Yo me llamo…”, Porfirio Barba Jacob: tendría muchos puntos a favor, lo de “el Jardín de los lulos de oro”, lo de “Iguano”, lo de haber llevado por un tiempo la TBC en mis pulmones, lo de tener una cara parecida a un caballo, lo de haber pasado por Caldas. Por lo de homosexual me hubiera rajado yo he probado de todo menos muchacho y definitivamente no; conocí un profesor que se hizo sodomizar y muy gustoso me lo aconsejaba, pero no, no hay como las muchachas.

Con buenas intenciones amigos y conocidos asaltan a quien la suma de los años arrojan resultados que en la mayoría de los casos él mismo no se esperaba, con expresiones como “¿si te estás cuidando? ¿Ya tomaste la sopita? ¡deberías ir al dermatólogo! ¡a la nutricionista! ¡te veo flaco! ¡debe ser la tiroides! ¡deberías hacerte revisar! ¿te hiciste el examen de la próstata? ¿estás sufriendo de disfunción?, todos nos tienen el remedio.

¡Estoy más que rayado!, también tengo puntos, no los del Éxito, si de una herida en la cabeza por tratar de ver los colores de una mariposa; como árbol viejo empecé a perder hojas, a “desentejarme”, a dejar ver un “pelao” en mi cabeza que hoy abarca el 70% de la misma antes de arribar a los cuarenta; tuve un amigo que encaneció de joven y a otro que en la Universidad ya le llamaban “El Calvo”; asunto de ADN, dicen ahora.

A amigos y conocidos les he dicho; pueden ahorrarse esos griticos ante los nuevos signos que deja en mi rostro el paso del tiempo, yo ya los he hecho ante el espejo y también he dejado escapar una lagrimita. Guárdense esas cremas antiarrugas y quita manchas que dan una falsa idea de continuidad a los cánones actuales de la belleza a los que nunca he aspirado. Sé que no estoy gordo, nunca lo he sido, cada año pierdo peso y tengo que abrir un nuevo hueco en el cinturón. Y sé que al final daré con mis huesos en la tumba.

Lo que era delicia en el tálamo nupcial con dificultad ocasionalmente apenas si se para, sobre todo en las mañanas, pero si lo solicitase la musa podría recurrir a esos productos de Pfizer de quien se dice también que hay que confiar en su vacuna contra el covid ya que tienen experiencia en parar la cosa.

Si llegara a utilizar la “pastilla azul”, con el consentimiento, lo digo nuevamente de la musa, no dejaría de correr riesgos, acaso llegue a exhalar mi último suspiro sobre el cuerpo amado y a la hora de enterrarme habría que cortar para cerrar “el cajón”, como dicen que ha sucedido con otros pacientes.

Lo de pedir consentimiento a la musa se debe a que según noticias la cosa como que además de ponerse dura, también dura. Ya se ha manifestado el gremio de las “trabajadoras sexuales” por el maltrato que los de la tercera edad han proferido a sus agremiadas debido al uso de la pastilla, como que la cosa dura y los viejitos no paran y no paran. ¡Debería pagarme la Pfizer por la propaganda que desde esta columna le estoy haciendo!

Pero fuera de charlas, “porfa” como dicen ahora los nuevos alienados, guárdense los comentarios sobre el paso de dromedarios cansados que empezamos a tener los que pasamos el límite de los años; dennos paso, háganse a un lado y guárdense también las buenas intenciones; como Fernando Gonzáles el mago de Otraparte ya sabemos que vamos para “la puta mierda”; no dejen de aplicarse las mascarillas en la noche para que al día siguiente en el gran teatro del mundo hagan alarde de que ustedes no pasarán de moda tampoco los días, menos los años, y porfa no cambien sigan siendo jóvenes Héctor les dice.

Héctor Hernán Gallego

Nacido en Jericó, graduado en Filosofía y Letras y en Educación Personalizada. Educador por necesidad, poeta por temor y escultor por ignorancia. hectorhernangallego@gmail.com