TÍO ALBERTO

TÍO ALBERTO

Mi tío Alberto es un hombre ordenado, trabajador, odontólogo como lo han sido todos mis tías y tíos en la familia, no sé de dónde le habrá venido esa profesión a mi familia, pero todos la hemos tenido, es como un lunar en el rostro que nos identifica.

Los Rodríguez somos así odontólogos, así se nos conoce, así se nos identifica. Además de ser padre de dos hermosas hijas, mis primas, el tío Alberto, el hijo mayor de mi abuela es un hombre impulsivo, de carácter y como el número uno de la familia muy mandón.

Como todos lo saben y lo padecemos por estos días, nuestro mundo de un día para otro cambió, los ricos se volvieron menos ricos y los pobre más pobres, con eso digo suficiente y no me quiero extender.

Distanciamiento, mascarilla o tapabocas que es lo mismo, ¡no te me acerques! ¡no te me acerco!, esa debería ser la regla, así lo dicta la prudencia, pero una inmensa mayoría no lo entiende y no lo ha querido entender.

El aislamiento, el vivir en comunidad, pero apartado es el decreto del tiempo. Pero a pesar de lo vivido en otros países no aprendemos, y por un destino funesto en vez de copiar lo bueno lo desdeñamos y repetimos los mismos errores que cometieron los primeros a quienes hasta este momento nefasto la pandemia ha venido diezmando.

Ha muerto tanta gente, de todas edades, buenos y malos, bajitos y encumbrados, jóvenes y viejos, sacerdotes y monjas, maricas y lesbianas, enfermeras y doctores, millonarios y pobres. Dicen que los únicos que se han escapado son los mariguaneros, pero alguno de esos muertos, o esas muerticas debían de tener “gato encerrado”, con la doble moral que siempre nos hemos mandado, uno los ve en las fiestas, esos que dicen que nunca la han probado, acercarse con sigilo una vez que el alcohol les ha levantado los prejuicios a que les den una fumadita.

Lo del Covid es como si una maldición nos hubiese caído encima, y se ha llevado al que menos se espera y ha salido adelante quién se daba por fácil presa de las garras de la muerte. Lo inexplicable es que a toda costa queremos mantener nuestras viejas costumbre, y la situación nos dice ¡qué no!, y ¡qué no!, y nosotros ¡qué sí!; qué a mí nadie me manda, soy libre y nadie va a decidir por mí.

Esto que ahora se llama segunda o tercera ola se veía venir. Lo que nos está matando se nutre de multitudes, de los espectáculos, de las reuniones en grupo; es un espíritu raro que parece decirnos que dónde hay dos o más las cosas tienden a oler maluco.

Así se propagó el mal en Italia, en España y en el Reino Unido en eventos masivos; a pesar de ello no aprendimos y como no somos muy originales, emulamos esas muchedumbres, creamos el “Día sin Iva”, copiamos el “Viernes Negro” y fomentamos celebraciones que dadas las circunstancias, como el “día del Amor y Amistad”, el Halloween y las salidas durante los puentes festivos, que llenan calles y plazas de pueblos turísticos; cómo que durante el puente festivo efemérides de la Raza había más gente en las calles y plazas que durante las celebraciones navideñas.

La gente sensata lo sabía, pasados doce días se verían los resultados de hacerle trampa a los dictados del tiempo: UCI al 80% y como en Europa la muerte nos muerde los talones.

Mi tío Alberto fue uno de ellos que, en su bondad, por la fatiga y distanciamiento ocasionado por el encerramiento durante el primer trimestre del año, empezó a sentir como cabeza de familia que la unidad familiar había que reforzarla.

Convencido que en una familia de profesionales de la salud el auto cuidado y la asepsia eran la regla citó a mi abuela, a hermanos y hermanas junto con sobrinos y sobrinas a reforzar nuestros lazos familiares en su finca de Santa Bárbara bendita.

En principio me negué a ir, pero quién aguantaba las objeciones de mi padre cuñado de mi tío… ¿qué nos va a pasar?, nada, todos somos gentes estudiadas, de cuidado, y no podemos vivir aislados. Al final accedí, pero mantuve la distancia, no me quité el tapabocas, y al menor roce con algo o con alguien corría a lavarme las manos, fui el hazme reír de la reunión.

Ocurrió lo que tenía que ocurrir, fraternidad, abrazos, besos por aquí, besos por allá: tapabocas no existían, allí yo era la única boba que hasta para comer ni me lo quitaba, según ellos, fui el blanco de sus burlas, se compartió bebida, comida y mucho amor en la mesa.

A los pocos días de aquello, mi tío fue el primero en dar positivo, siguieron mis primas, uno de mis primos, mis tíos y dos tías; por último mi padre, afortunadamente la mayoría pudieron sortear el mal en la casa, para algunos fue una simple gripita, aislados, otros asintomáticos, más no mi abuela ni mi tío.

Mi abuela con oxígeno, asistida por una de mis tías se encaminaba a la mejoría. Las noticias de mi tío variaban a lo largo de los días, no permitían visitas, además ¿quién iba?, se decía que estaba con ejercicios y terapia corporal respondiendo lentamente al tratamiento.

Pero su bondadosa mente no le daba tregua, preocupado por su madre y demás integrantes de la familia que él presumiblemente había contagiado. La abuela por quién más temíamos se recobró y de mi tío supimos tras veinte días que las cosas no marchaban tan favorablemente para él, pronto nos informaron de su muerte cerebral, fue lo primero que se apagó en su ser, y al segundo día con un golpe bajo recibimos la noticia que había fallecido. Tras catorce días podremos recibir su cadáver.

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