“PROTÉGEME EN LA NOCHE DEL CAMINO”

“PROTÉGEME EN LA NOCHE DEL CAMINO”

De las primeras imágenes que me impactaron durante mi infancia en las amplias calles de mi pueblo, que por un extraño sortilegio veo ahora estrechas, aconteció al pasar corriendo tras el aro junto a un terreno de labranza, vi a un campesino que limpiaba con azadón en mano el cafetal.

Al sonar en la torre de la iglesia doce campanadas anunciando la hora sin sombra en el radiante mediodía, el campesino suspendió su tarea, se despojó de su sombrero, sobre su frente hizo la señal de la cruz y en actitud reverente murmuró una oración.

Después supe que aquel momento anunciado por el vuelo de las campanas y que para mí como para el labriego detuvo el tiempo y suspendió el espacio era el Ángelus, la Anunciación. Aquello me impactó, posteriormente lo evoqué en la pintura de Millet y en la estatuaria cristiana de San Isidro Labrador y el pestífero de San Roque al que un perro lamía sus heridas.

Para mi niñez esos dos santicos junto a Salmón fueron mis “panas”, mis modelos. Recuerdo con un poco de horror como en una Semana Santa sentado al lado de San Isidro acariciando sus pies descubrí que más allá de la rodilla bajo su atuendo lo que había era una estructura de madera.

Crecí en un pueblo creyente y clerical, las primeras imágenes grabadas en libros que vieron mis ojos junto a la de la nieve fueron las impresas en un texto de historia sagrada: Pablo derribado por Dios de su caballo en cercanías de Damasco, ciudad que luego pude conocer, Moisés haciendo brotar el agua de la roca, y el juicio de Salomón ante las dos mujeres que se disputaban la maternidad de un hijo, mientras a los pies del Rey yacía un niño muerto.

No fui muy creyente, ahora lo soy, no crédulo, pero si seguro de que no hay más Dios que Dios. En más de una ocasión fui tachado de ateo, no me chocó aquello lo tomé como una impostura, me daba “caché”. Lorenzo Ferrer monje benedictino, mi padre espiritual decía sobre mí que sabía más de lo que me convenía.

En todo caso mi pérdida fe volvió cuando pregunté a un amigo teólogo, que murió sonámbulo al caer de un edificio de apartamentos, tal vez sintió que su alma levantaba el vuelo hacia su creador; a él le pregunté ¿qué es Dios? me respondió “Dios es Amor”. Tiempo después descubrí la expresión: “He venido a traer un fuego al mundo y desearía que el mundo ya estuviera ardiendo”. Esa actitud de beligerancia de Jesús me encantó. Basta decir que ese fuego es el Amor.

No soy muy practicante, pero amo la salmodia y en tardes apacibles cuando cae la tarde junto a los monjes, hago ofrenda del trabajo del día y agradezco a Dios por mantener mi lámpara encendida y me maravillo además de que los monjes acepten en su templo a este pecador.

En el fondo de mi corazón guardo discrepancia con la iglesia, y sus ministros. Me peleo mucho con el santo sacrificio de la misa, gusto del banquete de la palabra, pero con respecto al banquete de la eucaristía tengo mis reservas por aquello de “comed mi cuerpo y bebed mi sangre”, aún me suena a canibalismo. Es posible que esta afirmación sea producto del adversario de Dios, y no tanto de un estudioso de la Etnología.

A la hora de comulgar pienso en compartir, en la caridad, en ser miembro de una comunidad: “Una sola fe, un sólo Señor, un sólo Dios y Padre”. Pero he de confesar que en ocasiones he sentido en ello un acto tan amoroso que he llegado a las lágrimas. Como los cristianos ortodoxos creo que la confesión puede llevarse a cabo en silencio, me ha resultado más efectiva que confesarle a otro mis desatinos y tras abandonar el confesionario volver a cometerlos.

Descreo de la infabilidad del Papa, las decisiones de Urbano II y Alejandro Borgia, entre otros, dan mucho que pensar; actualmente el papado se niega a revisar las cuentas del banco del Vaticano donde al parecer yacen los dineros de todos aquellos que han despojado de sus riquezas a los pueblos; además del soterrado encubrimiento a los ministros pedófilos. Estoy con el teólogo de Ratzinger a quien los cardenales alemanes volvían la espalda, renunciar porque la edad se lo exigía fue algo grande y digno de emular.

Pienso que en los ministros de la iglesia hay más comodidad e ignorancia que sabiduría. Teniendo la comunidad a sus pies no se explica uno el por qué en la mayoría de las gentes su concepción de Dios no proviene de una experiencia centrada en la fe, si de su amaño.

Dos milenios hablando de Dios y el pobre sigue morando en la basura, pasando hambre durante el día y frío en las noches, mientras aquellos que se santiguan en las alturas siguen acrecentando sus riquezas. Vuelven los campanarios a proclamar que la hora de la Justicia no suena en los relojes de la tierra.

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