Jorge.mejia@une.net.co
Facebook será la gran plaza pública de las contiendas electorales próximas. Su capacidad de arrastre quedó patentada con la convocatoria a la movilización contra el secuestro del 4 de febrero. Por lo menos, desde allí arrancó la iniciativa, luego potenciada por los grandes medios de comunicación nacionales. Quienes tenemos un sitio en esta llamada comunidad virtual, nos encontramos todos los días, de un tiempo para acá, con amigos internautas, conocidos o desconocidos, dedicados a concitar el respaldo a una aspiración a Cámara o Senado en las jornadas electorales de 2010. La ingenuidad no falta, pero tampoco está ausente la osadía.
El Internet se presentó como una posibilidad de oxigenación de la democracia y la participación de los ciudadanos. La página Web y el correo electrónico permitieron nuevos mecanismos de relación entre la institucionalidad pública-sector privado-comunidad, en cuanto a la ejecución transparente de los recursos oficiales, control político, facilitación de trámites y reclamaciones. La participación se hizo más horizontal e independiente de las estructuras políticas, sociales y de medios de comunicación. Cada individuo podía ser una voz en la formación de una opinión pública ilustrada.
Pero no faltan los críticos del rol renovador de la vida política de los nuevos medios de comunicación. El concepto tradicional de relación social choca con la visión de la sociabilidad virtual, dado que, supuestamente, esta última destruye los soportes de la interacción cara a cara, inhibe el aprovechamiento del espacio público y posibilita un mayor control de las personas por parte del Estado.
El experto Cass R. Sunstein, republic.com., argumenta que el Internet podrá crear una república de solipsistas, de personas que sólo desean tener acceso a informaciones y argumentos con los que tienen alguna afinidad, evitando el debate de ideas característico del espacio público.
Otro analista, Peter Levine, The Internet and Civil Society, relaciona cinco riesgos potenciales presentados por el Internet: la menor capacidad de acceso, de uso y de producción de contenidos por los grupos más pobres; la disminución de las relaciones sociales fundadas en el contacto cara a cara, fragilizando la construcción de lazos sociales sólidos; tendencia al auto-encierro de los grupos, sin contacto con la diversidad de posiciones y con el debate público; la transformación de los internautas en simples consumidores de productos, incluyendo informaciones y creencias; destrucción de la privacidad individual o de grupos, y la transformación del conjunto de internautas en direcciones de e-mail, o sea, en listas de direcciones organizadas de acuerdo con los intereses de vendedores de servicios.
Pero, para la mayoría de investigadores sociales, el Internet se está transformando en el principal espacio público. El reto es cómo garantizar que este espacio no sea colonizado por grupos antidemocráticos –desde la sociedad civil o desde el Estado- o que se coarte, por su propia dinámica, el potencial de intercambio y de debate de las ideas. Para ello es indispensable, recomiendan los expertos, que sus participantes respondan por el contenido de los mensajes que transmiten. La educación escolar es clave en la formación de los futuros internautas, con capacidad suficiente para leer críticamente las informaciones virtuales que circulan. Allí hay toda una disciplina del currículo escolar. El ciudadano que desde hoy se asoma hacia el futuro, no es otro distinto al que es capaz de discernir sobre todas las propuestas y alternativas que en el mercado de la comunicación se ofrecen, para tomar sin presiones de ningún tipo, las decisiones con las que comulga.
Modernizar los partidos, no es distinto a renovar las viejas prácticas políticas que hastiaron a la sociedad. Así como las concentraciones de plaza pública desaparecieron como espacios de encuentro de los fieles a una convocatoria, el ejercicio y la transmisión de la política dirigida a los sectores renovadores como la juventud, deberá insertarse en los nuevos vehículos como el Internet. Allí todos somos muchachos.