sábado, mayo 25, 2024

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LA TATARABUELA

Grande, elegante, garbosa se yergue hacia el cielo la enorme ceiba que tutela el costado nororiental del jardín botánico. A los ojos románticos de Marcela “parece una tatarabuela”.

Desplazada de la falsa protección del jardín botánico de Medellín quizás por el lugar de reposo, más por la negligencia de una comunidad que ve en los árboles el obstáculo más grande para seguir creciendo la contradictoria selva de cemento en que hemos convertido el Valle de Aburrá, la ceiba pide a gritos ayuda.

Ubicada en la esquina de la carrera 51 (Bolívar) con la calle 78, la ceiba se encuentra expuesta a los vecinos poco cívicos que ven cualquier lugar como un buen sitio para depositar las cosas que en su casa estorban, así, en sus raíces posan inservibles colchones, tejas plásticas y muebles viejos.

Pero el mayor riesgo al que está expuesto el viejo árbol son los indigentes, los nuevos dueños de la ciudad, los que han evidenciado la ineptitud y falta de creatividad de los administradores locales que aprovechándose de la bondad de los antioqueños, del falso “estado asistencialista” y de los defensores de los derechos humanos, han hecho de algunos sectores de la capital de la montaña el fortín en el que impera el terror de su figura amenazante.

Estos habitantes de calle como eufemísticamente los han nombrado, utilizan la sombra y la protección que la ceiba les ofrece para, en su costado, quemar el caucho que recubre los cables de cobre, que paradójicamente es vendido en los sitios de recolección de reciclaje, generando candeladas enormes que tienen harto deteriorado el tronco de la tatarabuela.

Adicional a esto y como si no fuera suficiente, el enorme árbol se ha convertido en el cuarto de baño de los “habitantes de calle” que en su ser orinan y defecan sin ninguna consideración.

Hoy la ceiba refleja en las grietas de su tronco y en la brillantez de su copa la enfermedad que la aqueja, pareciera que cada una de las arrugas que tallan su corteza llorara el maltrato al que ha sido sometida por una especie que incluso sufriendo la debacle climática que sufre hoy, no corrige su comportamiento depredador.

Imploramos que alguna de las burocráticas entidades encargadas de cuidar lo que queda de ambiente (ya no es medio) en la otrora “ciudad de la eterna primavera” que hoy es toda una caldera, cumpla su deber, y que someta a este octogenario árbol al tratamiento que requiere antes de que sea desahuciado por los amantes de la motosierra (que no son los paracos) y que al mismo tiempo le brinden la protección debida a su dignidad.

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Adolfo Ospina
Licenciado en Educación Español y Literatura de U de A, apareció hace unos 4 años a este proyecto. Especialista en pedagogía de la lengua escrita de la Universidad Santo Tomás, Ambientalista y defensor de los derechos de los animales, peor que Vallejo.