miércoles, febrero 25, 2026

¿QUIÉN LE TEME A LA MUERTE?

En la cultura occidental, hablar de la muerte sigue siendo incómodo: la escondemos como si nombrarla fuera atraerla. Pero cuando una enfermedad empuja a alguien a pedir la eutanasia, el silencio se rompe y aparece la pregunta que ninguna sociedad puede evitar: ¿qué significa morir y cómo se despide una vida con dignidad?

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En gran parte de Occidente, la muerte es tabú porque golpea de frente el imaginario colectivo, la promesa de control, la obsesión por la juventud y la creencia de que todo, absolutamente todo, puede repararse.

La medicina y la tecnología, aunque han conseguido avances reales para prolongar la vida y aliviar el dolor, terminan alimentando la idea peligrosa que el final siempre es un “fracaso”, una derrota de alguien, un error que no se evitó a tiempo.

Una cultura centrada en la productividad, en el cuerpo y en la imagen nos entrena para mirar hacia adelante, no hacia lo inevitable. Hablar de morir nos confronta con la pérdida de control, con el dolor de separarnos de quienes amamos y con esa pregunta que incomoda más que cualquier otra: ¿Qué sentido tuvo lo vivido?

Por eso la muerte da miedo, no sólo tememos dejar de existir, tememos sufrir, ser una carga, no haber vivido lo suficiente, además de quedarnos sin palabras ante lo único que no admite negociación.

En ese contexto, la decisión de solicitar la eutanasia por enfermedad, además del deseo de evitar un final de sufrimiento, abre una grieta en el relato del todo se puede, y, por esa grieta otra pregunta: ¿Qué es morir?, ¿Qué queda, si queda algo?

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Entre la fe y la filosofía, la muerte deja de ser una idea abstracta para convertirse en una frontera íntima, la última conversación con el tiempo, con el dolor y con la dignidad. Esa frontera, según cada tradición, no sólo marca el cierre de una vida, también redefine su significado.

En el cristianismo, la muerte suele entenderse como el cierre del tiempo de decisión y el inicio del encuentro con Dios, no es un apagón biológico, sino un tránsito en el que la vida se mira a la luz de la fe y las obras, con esperanza de salvación y promesa de vida eterna.

De ahí que la idea del Juicio, ese cruce de cuentas, los pagos, la retribución, el horizonte de cielo, purificación o condena, atraviese gran parte de la enseñanza cristiana y enmarque el duelo con un lenguaje de consuelo, responsabilidad y esperanza.

En el judaísmo, la muerte se piensa con frecuencia dentro de un horizonte de continuidad, el “mundo venidero” o Olam HaBa, y, en la teología tradicional, la resurrección de los muertos o Techiyat HaMetim como creencia asociada a la era mesiánica.

En el islam, la muerte inaugura una etapa intermedia llamada Barzakh, una espera hasta el día del juicio en la que la vida terrenal pesa por lo hecho y lo creído, y, en donde la rendición de cuentas, le da forma al sentido del final.

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Pero si se busca una respuesta especialmente sobria sobre qué es la muerte, el estoicismo la baja del pedestal del terror y la devuelve al orden de la naturaleza.

Morir no es un mal, es un hecho del universo del pluriverso. Lo que nos hiere no es la muerte en sí, sino el juicio de valor que hacemos sobre ella.

El viejito Epicteto, por ejemplo, recomendaba tenerla presente como ejercicio no para vivir tristes, sino para no vivir encogidos por el miedo.

Para la ética estoica, la muerte pertenece a los “indiferentes”, no es buena ni mala por sí misma. Lo único verdaderamente bueno es la virtud, el carácter, la lucidez, la manera en que se vive y se enfrenta lo inevitable.

Así, incluso cuando la muerte llega por decisión propia y médica al final de una enfermedad, la pregunta decisiva no es cuánto duró la vida, sino con qué entereza con qué verdad fue atravesada.

La muerte, ese Arcano 13 transformador, para quienes la leen también en símbolos, deja de ser sólo pérdida y se convierte en umbral, doloroso, sí, pero también revelador porque obliga a mirar lo que importa, a medir la vida no por el ruido, sino por su música, por el legado, los afectos y la dignidad.

Un abrazo grande y solidario para la familia, esposa e hija del abogado, profesor universitario y político Carlos Arturo Piedrahita, quien durante los últimos diez años fue una de las fuentes implícitas y secretas más importantes de este portal de noticias políticas.

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Ruben Benjumea
Soy periodista por vicio y bloguero por pasión y necesidad. Estamos fortaleciendo otra forma de hacer periodismo independiente, sin mucha censura, con miedo a las balas perdidas, pero sin cobardía.