VOTAR CONTRA IVÁN CEPEDA PORQUE EL DESENCANTO TAMBIÉN TIENE DERECHO AL VOTO

Este domingo no voto movido por odio ni por cálculo partidista. Voto desde una decepción política profunda: la de haber creído que la izquierda democrática podía gobernar con grandeza y terminar viendo un proyecto devorado por la soberbia, la improvisación, los escándalos y la continuidad que hoy representa Iván Cepeda.

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Voté en 2022 por Gustavo Petro por dos razones que todavía puedo explicar sin vergüenza, primero, porque creí que la izquierda democrática merecía una oportunidad histórica en Colombia, y, segundo, porque la alternativa de entonces, Rodolfo Hernández, me parecía moral y políticamente inviable para gobernar un país herido, complejo y cansado.

Ese voto no fue un cheque en blanco. Fue una apuesta ciudadana por la posibilidad de que un sector excluido durante décadas pudiera demostrar que era capaz de gobernar con decencia, rigor y amplitud democrática. No voté por una secta, ni por una religión política, ni por un caudillo, voté por la esperanza de un cambio institucional.

El primer discurso de Petro casi me hace llorar. Sus palabras sobre unir al país, gobernar con todos los sectores y dejar atrás la guerra verbal parecían confirmar que mi voto había sido correcto.

Por un momento pensé que Colombia podía entrar en una etapa distinta, menos rabiosa, menos vengativa, menos atrapada entre trincheras.

Pero la esperanza se fue volviendo desencanto. Lo que se presentó como gobierno del cambio terminó pareciéndose demasiado a las viejas prácticas que decía combatir.

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La promesa de una izquierda ética fue golpeada por el espectáculo del poder, por la pelea interna, por los nombramientos discutibles y por una corrupción que no se puede justificar con el argumento pobre de que “los otros también robaban”.

Sé que algunos amigos de derecha en Antioquia dicen que soy de izquierda, mientras algunos amigos de izquierda me niegan como si la independencia fuera una traición.

Eso me importa poco. Mi causa no es cargar una ideología como escapulario, sino intentar ser una buena persona, pensar con libertad y no entregar mi criterio a ningún comité de aplausos.

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La política se pudre cuando se convierte en un activismo ciego. Hay una diferencia contundente entre el tonto y el idiota, el tonto puede aprender si se le ofrecen argumentos, el idiota, por más razones que reciba, no cambia de actitud ni de opinión. El activismo fanático se parece a eso, una renuncia voluntaria a pensar.

Por eso me niego a votar por Iván Cepeda este domingo. No porque desconozca su historia personal, su trabajo en derechos humanos o su lugar dentro de la izquierda colombiana, sino porque hoy representa la continuidad de un proyecto que me desilusionó.

Votar por Cepeda sería premiar políticamente a un gobierno que perdió autoridad moral para pedir otra oportunidad.

El escándalo de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo fue un golpe brutal contra la confianza. Los nombres de Olmedo López, Sneyder Pinilla, Iván Name y Andrés Calle quedaron asociados a una trama que mostró hasta dónde podía llegar la descomposición del poder cuando el discurso de la transformación se mezcla con contratos, favores y presuntos sobornos.

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Los carrotanques de La Guajira simbolizan esa tragedia ética. En una región con sed histórica, donde el Estado siempre llega tarde o llega mal, el país terminó viendo un caso que no sólo habla de plata pública, sino de dignidad humana. Robar o manipular recursos destinados a comunidades vulnerables es una forma de desprecio.

A eso se suman episodios que profundizaron mi desconfianza, funcionarios cuestionados, denuncias desde dentro del propio gobierno, nombramientos sin la altura suficiente y peleas cortesanas que dejaron ver más vanidad que servicio público. Cuando un gobierno dedica más energía a defenderse que a corregirse, la ciudadanía tiene derecho a pasar factura.

Las acusaciones contra exministros como Ricardo Bonilla y Luis Fernando Velasco en el caso UNGRD terminaron de romper cualquier ilusión de superioridad moral. Ellos tienen derecho a la defensa y a la presunción de inocencia, pero políticamente el daño ya está hecho, el gobierno que prometió limpiar la casa terminó explicando por qué la casa olía tan mal.

También me genera un profundo malestar la actitud de Petro frente al poder.

Su manera de convertir los consejos de ministros en escenarios de regaño, exposición pública y culto a su propia palabra reveló un liderazgo más preocupado por imponerse que por gobernar. Colombia no necesitaba un presidente predicador, necesitaba un estadista.

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Frente a Francia Márquez, mi decepción también es grande. La entrevisté hace cuatro años y me pareció una mujer con claridad sobre lo que debía significar el poder para los excluidos.

Sin embargo, su paso por el Gobierno quedó atrapado entre el símbolo, la seguridad, el helicóptero, la baja ejecución y un Ministerio de Igualdad que terminó siendo más promesa que resultado.

Petro, además, se volvió un improvisador de anuncios grandilocuentes.

El tren interoceánico entre el golfo de Urabá y el Atrato chocoano, presentado casi como una raya sobre un mapa y el tren elevado eléctrico entre Buenaventura y Barranquilla son ejemplos de una política convertida en ocurrencia. Gobernar no es dibujar sueños en una diapositiva, gobernar es ejecutar con seriedad.

Y qué decir de sus intervenciones sobre las mujeres. Frases sobre el clítoris, comentarios alrededor de Shakira y decisiones políticas frente a figuras cuestionadas por su trato hacia mujeres dejaron una sensación amarga.

Por todo eso y por más, este domingo votar contra Iván Cepeda no es votar contra la paz ni contra los derechos humanos, es votar contra la continuidad de un fracaso que alguna vez muchos, incluido yo, quisimos que saliera bien.

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Ruben Benjumea
Soy periodista por vicio y bloguero por pasión y necesidad. Estamos fortaleciendo otra forma de hacer periodismo independiente, sin mucha censura, con miedo a las balas perdidas, pero sin cobardía.