La elección de Honorio Henríquez como presidente del Senado confirmó que el nuevo Congreso no será una simple oficina de trámite del Ejecutivo entrante. Una alianza insólita entre el Centro Democrático y Pacto Histórico derrotó al candidato respaldado por Abelardo De La Espriella y dejó al descubierto la primera derrota del bloque que pretende gobernar a partir del 7 de agosto.
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La instalación del Congreso de la República para el periodo 2026-2030 comenzó con discursos solemnes, juramentos constitucionales y una batalla política que anticipa cuatro años de alianzas cambiantes.
En la noche de este lunes, 20 de julio, el senador Honorio Henríquez, integrante del Centro Democrático, fue elegido presidente del Senado para el primer año legislativo con 56 votos, frente a los 45 obtenidos por Alfredo Deluque, del Partido de La U.
La escena recordó, guardadas las proporciones, la alianza que durante la Segunda Guerra Mundial reuniera a Joseph Stalin, Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill para derrotar a la Alemania nazi.
No porque el Capitolio se hubiera convertido en un campo de batalla mundial, sino porque dos fuerzas históricamente enfrentadas, el Centro Democrático de derecha y el Pacto Histórico de izquierda, encontraron un adversario común, la candidatura de Deluque, respaldada públicamente por el presidente electo Abelardo De La Espriella.

El congresista guajiro llegó a la jornada señalado como favorito, acompañado por sectores tradicionales y por dirigentes cercanos al próximo Gobierno. Sin embargo, fue derrotado por Henríquez, un senador samario que pertenece al Centro Democrático desde la fundación de esa colectividad y ocupa una curul desde 2014.
A los votos del uribismo y de la bancada de izquierda se sumaron apoyos provenientes de otros partidos, aunque la votación secreta impide establecer con certeza quiénes abandonaron los compromisos anunciados previamente.
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De La Espriella aseguró que reconoce el resultado democrático, y, sostuvo, además, que nunca llamó personalmente a congresistas para exigirles votar por Deluque.
Esa declaración busca separar la legítima preferencia política del Ejecutivo entrante de cualquier intento de presión sobre el Legislativo.
Sin embargo, sería ingenuo desconocer que Deluque era percibido como el aspirante del nuevo Gobierno y que su derrota representa el primer revés para un presidente que todavía no se ha posesionado.
El ministro del Interior designado, Rodrigo Lara, ya había advertido que resultaba difícil imaginar al Centro Democrático aliado con el petrismo para derrotar al candidato apoyado por De La Espriella.
Lara sostuvo que mantener la aspiración de Henríquez obligaría al uribismo a buscar los votos disponibles en el Pacto Histórico y terminaría entregándole a la izquierda capacidad decisoria sobre la elección.
Lo que parecía una provocación retórica terminó convertido en una fotografía política, antiguos enemigos celebrando juntos una victoria coyuntural.
La elección también demostró que los partidos no entregarán gratuitamente su identidad ni su poder al nuevo mandatario.
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El Centro Democrático considera que, por ser la bancada más numerosa entre los partidos declarados de gobierno, tenía derecho a presidir el Senado.
Por eso Álvaro Uribe defendió la candidatura de Henríquez y advirtió que, si el “Tigre” rugía para acabar con su colectividad, sus integrantes tendrían que comportarse como “abejas laboriosas” capaces de defender el enjambre.
Las “abejas” demostraron que todavía tienen aguijón. Aunque comparten el mismo espacio político del presidente electo, dejaron claro que acompañar a De La Espriella no significa obedecerlo sin discusión.
El mensaje de anoche fue contundente, “El Tigre” llegará a la Casa de Nariño, pero en el Congreso tendrá que negociar con un enjambre que vuela por cuenta propia.



