lunes, junio 17, 2024

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TRECE ¿NÚMERO DE SUERTE O DOLOR?

“Dedicado con total aprecio a profes, estudiantes y padres de familia
que sufrimos la retoma de la trece”

c13Una carcajada adolescente rompió el silencio de la biblioteca y a continuación el comentario “¡…y ese va a ser profesor nuestro!” Después supe que había sido Liliana una joven de 17 años que pretendía retornar a sus estudios de séptimo grado en la Institución Educativa Barrio La Independencia. El motivo de su hilaridad era mi pinta. En aquel entonces andaba en una moto Kawasaki comanche modelo 78 de color naranja, que se robaron, estaba calvo con una cola bastante larga al estilo Hare Krishna y una ruana denominada “pecadora” que me obsequió un amigo.

El nombramiento de la Secretaría de Educación de Medellín rezaba algo así como “nómbrese en propiedad en la Institución Educativa Barrio La Independencia” y daba unos términos para que nos presentáramos ante nuestro jefe inmediato. En el papel que nos entregaban no aparecía dirección alguna y al preguntar a dónde debíamos ir nos decían que a la sede del núcleo.

Allí estaba la funcionaria que con una sincera sonrisa nos recibía y nos decía “los llevo a que conozcan”, luego, en el camino, iniciaba una conversación amigable con la expresión “le estoy cumpliendo a la Comuna Trece mi promesa de hacer un colegio”, continuaba diciendo que debíamos inmediatamente iniciar con las matrículas, que no exigiéramos requisitos y que matriculáramos a todo el que fuera bien para sexto, bien para séptimo. Así llegamos.

El colegio no estaba terminado. Mucho tiempo compartimos nuestras horas de clase con la máquina corta-adobe y el polvillo de la tiza con el del gris del cemento. No había rector ni coordinador y la autoridad era ejercida por alguno de los profes al que don Rodrigo, el señor de la tienda que no estaba construida, le brindaba su apoyo incondicional.

El ambiente comenzó a tornarse pesado, las aulas que en los seis años anteriores estaban atestadas de jóvenes empezaban a verse vacías. Los comentarios de pasillo iban y venían. “Esto está complicado, anoche se metieron y se llevaron a tres, no se sabe de ellos”. Para nosotros no eran más que rumores, aunque el alto grado de deserción nos causaba preocupación, pero ninguno nos imaginábamos lo que sucedería en mayo de 2002.

LA MARISCAL, FLOR DE UN DÍA

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Poco se supo de ella, fue flor de un día. Sus consecuencias abrumaron pero no tanto en el inmediato como en los 5 meses posteriores. El primer intento de “colonización” de las fuerzas armadas de una zona urbana dominada completamente por las milicias fue sangriento, y dejó espacios libres, incluso abonado el terreno, para que otros actores ilegales del conflicto hicieran su violenta aparición en el sector.

Después del primer operativo de las Fuerzas Armadas Colombianas en la Comuna Trece, denominado “Operación Mariscal”, lo que antes era rumores se había convertido en realidades, en el pan diario.

Intentábamos de diversas formas indagar qué estudiantes volverían y cuáles no pero no era tarea fácil, el miedo se apoderó de la población y como consecuencia directa de él, silencio absoluto. Lo único que se susurraba con tal sigilo que ni las paredes podían oírlo, era la enorme lista de nombres que en procesión de viacrucis abandonaban los barrios en la complicidad de la noche y el nombre de los que no habían podido salir por sus propios medios. Fue en ese momento que por primera vez escuchamos de la “escombrera”. “se lo llevaron para la escombrera” (allá lo mataron), “el cuerpo, dicen, lo tiraron en la escombrera”.

No es rara la extraña y desagradable costumbre que en Medellín se tiene de nombrar los actos de violencia o de exclusión social con términos ligados al desperdicio: “los desechables”, “limpieza social”, “la escombrera”… Los medios informaron, pero el escándalo fue minúsculo y como ha pasado en Colombia con los muertos, al otro día habían noticias nuevas.

ORIÓN Y SU FLECHA

es2Un cordón de policías evitaba el tránsito hacia el sector de El Salado y del 20 de julio en la Unidad Intermedia de San Javier. ¿A qué viene?, preguntaba el agente mientras miraba la cédula requerida antes de la pregunta, la respuesta era obvia, “soy profesor del colegio”. “Hoy no hay clase, quién sabe cuándo comiencen de nuevo”, sostenía.

Había empezado la operación Orión. Miles de policías y soldados hicieron presencia en la que posterior y tristemente sería la famosa Comuna Trece de Medellín.

Los profesores de las Instituciones Educativas del sector estuvimos los dos días que duró la operación en la sede del núcleo y al lunes retornamos. Indescriptible la sensación que se vivía, había miedo, tristeza, desasosiego e incertidumbre.

Aunque la operación Orión aparezca como un operativo militar que duró dos días lo que se vivió después fue peor. Los enfrentamientos entre milicianos, fuerzas armadas y paramilitares eran el timbre para salir a descanso o para continuar en las clases. Los horarios se modificaban al ritmo del fusil.

La Institución Educativa Barrio La Independencia, es un colegio grande. Por el frente linda con la Biblioteca de Comfenalco y con la cancha de fútbol del barrio El Salado, por la parte posterior con una montaña que se prolonga inmensa hasta el inicio de uno de los barrios que componen La Trece.

Aquella mañana me encontraba con un grupo de grado sexto, en el primer salón del piso ídem del bloque de aulas. Un disparo rompió la tranquilidad, luego otro y otro y lo que era una serie de ellos se convirtió en ráfagas interminables entre un tanque del Ejército que desde la cancha disparaba contra un grupo de milicianos que en la montaña colindante se escondía y repelía el ataque.

Controlar a los niños-jóvenes que curiosos querían asomarse para ver las bocanadas de fuego que escupía el tanque militar a medida que disparaba, se ha convertido en el reto disciplinario más grande de mi ejercicio docente. Los adolescentes no tienen límites para el peligro y salían y asomaban sus cabezas.

Mientras tanto todos los profes intentábamos que los estudiantes se tiraran al suelo para evitar algún “daño colateral” de la tan famosa operación Orión.

Como ésta miles de historias cargan nuestras memorias, las que nos tocó vivir o las que llegaron a nuestros oídos de parte de estudiantes o padres de familia que temerosos encontraban en nuestra presencia un aliento de tranquilidad.

Después de la operación Orión hubo muchas operaciones Orión llevadas a cabo por el Estado, paramilitares, grupos delincuenciales e incluso las mismas milicias, y al terminar cada una de ellas la tristeza se enraizaba más y más en el sector y por su puesto en el colegio. Cómo tachar de la listas de grupos los nombres de los desaparecidos, cómo evitar nombrarlos cuando la toma de lista se ha convertido en un ritual casi tántrico en la dinámica escolar, cómo invisibilizar la silla vacía que silenciosa nos recordaba el que ya no estaba.

Hoy nos encontramos a muchos de los estudiantes de aquella época trabajando, cursando estudios superiores; de muchos otros sabemos que se fueron del barrio y hasta de la ciudad y de muchísimos más quisiéramos saber así sea trece años después cuando empiecen a identificar los cadáver que durante largo tiempo fueron arrojados en la fosa común urbana que se dice más grande del mundo: La Escombrera.

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Adolfo Ospina
Licenciado en Educación Español y Literatura de U de A, apareció hace unos 4 años a este proyecto. Especialista en pedagogía de la lengua escrita de la Universidad Santo Tomás, Ambientalista y defensor de los derechos de los animales, peor que Vallejo.