jueves, julio 25, 2024

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¡SE ACABÓ!

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Las elecciones acabadas de pasar fueron el colofón de dos periodos electorales que dieron de qué hablar a nivel nacional. Por un lado la Alcaldía de Bogotá que en poder de la izquierda estuvo por tres periodos consecutivos, y por el otro, el gobierno municipal y departamental en Medellín y Antioquia del Fajardismo.

Los doce años de alcaldía de la izquierda (Polo) en Bogotá terminaron, y más con pena que con gloria arrojando la quemada de una excelente candidata como la doctora Clara López Obregón, quien fue la víctima en la que se canalizaron los sinsabores resultados de esas administraciones.

Sin embargo, la razón sobre la derrota de la izquierda en la Capital de Colombia traspasa las fronteras de las buenas y malas administraciones. Para el gobierno de Santos, calculador como el que más, la permanencia de un partido de oposición en el segundo cargo de elección popular en el país, no es estratégico ni necesario, como lo fue en un momento de nuestra historia inmediata, cuando la polarización fue radical y era necesaria esa permanencia para generar equilibrio político. Hoy, Colombia se cree salvada y eso justifica un cambio en la ideología dominante de la Capital.

En la misma línea se debe entender la elección del sucesor de Petro. Enrique Peñalosa, quien ahora sin ningún tipo de obstaculización del gobierno central tendrá el camino expedito para realizar obras civiles, no sé si necesarias o no, que abonen el terreno para la elección del próximo presidente de Colombia el vicepresidente Germán Vargas Lleras.

La estrategia se montó con tiempo y de manera impecable. Una amplia campaña de desprestigio que enlazó los eslabones de los desaciertos de los doce años de gobierno de izquierda en la ciudad, a la par del ocultamiento de los logros obtenidos, y la publicación de encuestas todas mostrando el descrédito en que estaba la candidata oficialista arrojó como resultado lógico el conocido.

El segundo ciclo acabado fue el del Fajardismo. A diferencia de lo sucedido con el Polo, el gobierno del más educado se acabó por sí sólo, pues a diferencia del de Bogotá, para su ventura (y desventura de Antioquia y Medellín), contaba con el apoyo “incondicional” de los medios de comunicación nacional, que sostuvieron a cambio de costosa publicidad la imagen de Fajardo.

Básicamente el fajardismo se cayó por dos razones simples. La primera, la soberbia del caudillo, que nunca aceptó sus equivocaciones frente a las decisiones tomadas, sumado a eso su poco o ningún nivel de lealtad con los que en su momento fueron incondicionales con él, y me refiero específicamente a personajes como Jorge Melguizo o el mismo Alonso Salazar.

La segunda razón, fue el desenmascaramiento al que paulatinamente se vio sometido, que mostraron su verdadera escala de valores, en la que por encima de todo están sus intereses y los de su familia, a los que se les permite realicen lo que a bien tengan. Tristemente el discurso de Fajardo se desmoronó al mismo tiempo que la biblioteca España, ese monumento a la desidia y la egolatría construido en su alcaldía.

Hoy el Fajardismo está al punto del colapso, y lo que ayer fue el movimiento de la transparencia, que deslumbró a propios y extraños, a partir del primero de enero del 2016 no será más que el recuerdo de un mal momento político vivido por el departamento de Antioquia.

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Adolfo Ospina
Licenciado en Educación Español y Literatura de U de A, apareció hace unos 4 años a este proyecto. Especialista en pedagogía de la lengua escrita de la Universidad Santo Tomás, Ambientalista y defensor de los derechos de los animales, peor que Vallejo.