DE AMORES Y DESAMORES

DE AMORES Y DESAMORES

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Nuestro propósito no era conocer Varadero, tampoco los lujosos hoteles de las grandes cadenas que estaban incursionando en la Isla, en una versión anterior y más estatal de lo que en Colombia han llamado Alianzas Público Privadas. Nuestro propósito era acercarnos a la Habana, a aquella Habana política no a la turística que se estaba abriendo al mundo. Acercarnos a la Habana de la gente.

Nos hospedamos en la casa de los viejos, don José y doña Carmen, él combatiente en “La Sierra”, ella clandestina en la capital cubana, vivían con sus dos hijos, Carlos, ingeniero de telecomunicaciones, trabajaba con el ejército y David, publicista que había hecho parte de la misión militar enviada por el régimen a Angola, el primero fiel a la revolución, el segundo crítico acérrimo.

Nuestra visita coincidió con la finalización de lo que se denominó “período especial”. Había crisis económica y energética por lo que la luz era cortada a las 8:00 de la noche, el calor y la penumbra hacían que las familias enteras salieran de las casas y en las calles discutieran entre ellas los beneficios o no de mantener la revolución. Indefectiblemente todas las discusiones iniciaban y terminaban en Fidel, el Fidel Castro de amores y desamores, el Fidel que a sus 90 años falleció.

En esas tertulias que de tan improvisadas parecían el resultado de unos estudiados guiones, nos enseñaron que Cuba no era marxista, no era comunista, no era socialista, Cuba era castrista, y quizás en los próximos años nos daremos cuenta que más que castrista, fidelista.

fidel1“¿Recordás Tania –le decía la Vieja a la esposa de David, una filóloga políglota hija de la revolución- cuando pasábamos el día con un hervido de yerbabuena?”. Y es que Cuba había pasado de una vida cómoda y con pocas restricciones a una en que escaseaba hasta la comida, todo por el fin de la guerra fría y la existencia y desaparición de la Unión Soviética, periodos cuyo eje común había sido la presidencia de Fidel Castro y el último, el especial, superado únicamente por la alta dosis de dignidad que él había inoculado en ese pueblo caribeño.

Conocimos de primera mano, pues nuestra anfitriona era pedagoga, los avances de Cuba en educación, un país que presenta un índice de inscripción escolar del 99%, una alfabetización entre los jóvenes del 100% y una verdadera alta calidad, (el modelo de buen comienzo del que tan orgulloso se sienten los gobernantes de la ciudad está originado en el modelo cubano), en el cual las escuelas reciben a sus estudiantes con frases como “no le digo al pueblo crea, le digo lea (Fidel)” y con bibliotecas atestadas de vetustos y amarillentos libros gastados por el uso permanente de sus estudiantes.

Los defensores de la revolución que más de Fidel, le agradecían también el alto desarrollo en medicina, y el modelo de salud, probablemente el mejor del mundo, en que hay un médico por cada 130 habitantes, un cubrimiento de agua potable a más del 87% en el territorio rural, un índice de mortalidad infantil de 4 niños muertos por cada mil. Y un desarrollo en la calidad de vida que ubica la Isla en el puesto 67 del Índice de desarrollo Humano de la ONU pese a los ingentes esfuerzos por evitarlo de grandes potencias.

ALCALDIA CON VOS 300X250En esas improvisadas ágoras nos dimos cuenta que tanto contradictores como partidarios le reconocían a su líder, para algunos heredado, los avances sociales de la Cuba libre, nadie se atrevía a “robarle lo bailado a
Fidel Castro”.

Cierto es que centenares de miles de cubanos han abandonado la isla, unos huyendo de la represión y otros deslumbrados por los espejismos del capitalismo, pero contradictoriamente estos últimos pueden establecerse en el nuevo país y disfrutar de las mieles de este sistema económico por su condición de cubanos o por su formación académica que se la deben enteramente a la revolución encabezada por Castro.

Posturas encontradas se escuchan a raíz de la muerte de Fidel, el comandante en jefe de la revolución cubana, pero nadie, por anticastrista que sea, podrá negar el peso histórico de este personaje, tampoco podrá negar que entre los más de 11 millones de habitantes es mayor el número de quienes lo quieren que el de los que no.

Tampoco podrá nadie negar, por más odio que profese por la ideología castrista, que Fidel no fue derrotado, que murió convencido de haber liderado una revolución victoriosa que día a día se fortaleció más por el gran poder que sus opositores, todos gigantes, le otorgaron.

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