HACE UN MES

HACE UN MES

Un mes después de comenzadas las protestas en el marco del paro nacional, el balance es devastador: una región del país casi aislada por completo, gran desabastecimiento en la totalidad del territorio, un sinnúmero de heridos al punto de que se habla de la “generación del ojo perdido”, jóvenes asesinados en manos del estamento policial, cifras escandalosas de desaparecidos, un país político desconectado por completo de la realidad y lo peor, un presidente incapaz, insensato y canalla con sus gobernados.

El temor infundido en las elecciones presidenciales anteriores se hizo realidad, el país, en manos del que dijo el triple Ex, se convirtió en un país inviable, gobernado por viudos del poder que, como niños malcriados con sus juguetes, prefieren verlo en la ruina y la destrucción bajo su poder que permitir su florecimiento en manos de otro.

Era evidente que el periodo de desaparición del uribismo iba a doler, que el fin del periodo del populismo de derecha iba a ser escandaloso, pero nadie se imaginó que el sepulturero le diera entierro de cuarta. Estamos devastados gracias al odio emanado de las vísceras nauseabundas de Álvaro Uribe Vélez y su testaferro presidente.

Tristeza para Colombia. Ver a civiles armados disparar contra jóvenes que con una camiseta en la cabeza reclaman un poco de atención del gobierno es simplemente agobiante, pero ver cómo esos mismos civiles se camuflan entre los policías y recargan sus armas para arremeter de nuevo contra los inermes jóvenes genera sensaciones de impotencia y odio que mezcladas forman un coctel que a la postre son el aperitivo de una guerra civil.

El tiempo de la guerra ha pasado, para algunos, partidarios de Centro Democrático y de Vargas Lleras, es inconveniente, pero su tiempo acabó. Ha llegado el tiempo de otra Colombia, de una más humana, donde los ciudadanos del común ya no seamos más los “peones” de su finca, sino los propietarios del País. Muchos se reirán de este romanticismo cursi, pero a la postre tendrán que reconocer que es así.

Por el momento solo quedan dos cosas: denunciar internacionalmente a Duque y esta miserable extrema derecha de crímenes de lesa humanidad y cobrar con la satisfacción del deber cumplido en las elecciones venideras de Congreso y de Presidencia, derrotando no solo a los creadores de la “generación del ojo perdido” y de los falsos positivos, sino además al clientelismo miserable que nos ha tenido como el segundo país más desigual de América.

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