DEMOCRACIA DE DICCIONARIO

DEMOCRACIA DE DICCIONARIO

Una de las recientes controversias derivadas de las campañas presidenciales tiene que ver con las características de los países que podemos llamar “democráticos” pues parece ser prioritario para el periodismo colombiano el nombre o el apellido que le ponemos a los sistemas de ciertos países.

Es la pregunta que recurrentemente se les hace a los candidatos, una especie de filtro para saber si son buenos o malos: los que dicen que Colombia no es una democracia (o que Venezuela no es una dictadura) son los malos y los que digan lo contrario, los buenos.

La cuestión es un poco más compleja pues nos han acostumbrado a la repetición propagandística de que Estados Unidos es el ejemplo universal de democracia y que Colombia es el que más se le parece en la región porque nuestra historia no tiene momentos relevantes de interrupción de los mecanismos electorales de organización política, pero el tema va mucho más allá de la simple cuestión electoral porque existen otros -y mejores- conceptos de democracia.

Podríamos decir que la democracia es lo que definen los diccionarios: sistema político donde la soberanía reside en el pueblo y se ejerce a través de representantes elegidos por voto. Un país donde los ciudadanos elijan a sus representantes es entonces democrático con esa simple lógica, que además coincide con la que normalmente se promueve en la enseñanza básica y media.

La importancia del fundamento de esa definición no puede desconocerse pues surge de las ideas filosóficas de la antigua Grecia en torno al modo en que deben tomarse las decisiones en la “polis”, y de la consolidación de la filosofía liberal del renacimiento que se opuso a las monarquías europeas.

La cuestión por hoy no es la misma que hace más de dos mil años en Grecia o de doscientos en Francia, pues llevamos décadas concluyendo que las ideas libertarias y el voto popular no son suficientes para que las personas vivan bien, pues de nada sirve la libertad cuando no existen condiciones materiales para ejercerla y de nada sirve el voto cuando el sistema electoral es corrupto.

Por ello, la filosofía sobre la democracia que antes leíamos únicamente bajo las ideas de Rousseau y Montesquieu, desde hace buen tiempo se plantea bajo lógicas mucho menos formales y más complejas, como lo proponen, por ejemplo, John Rawls y Ronald Dworking en sus escritos sobre la justicia, en los que les atribuyen a las democracias unos contenidos más exigentes, como la necesidad de satisfacer garantías mínimas a los ciudadanos para que ejerzan efectivamente sus derechos fundamentales.

Existen otros conceptos de democracia que son mucho menos liberales, pero que no vienen al caso porque ni siquiera tenemos las puertas abiertas para la discusión del más básico de todos, y, para mirar más allá de la idea de la elección popular de representantes políticos como punto de llegada, e incluso como un fin en sí mismo.

Para quienes la democracia es lo que dice el diccionario, Colombia es un país democrático porque tiene voto popular, y lo verdaderamente importante es lo que dice el papel porque a pesar de la corrupción del sistema electoral y de la falta de libertad de las personas para votar, la Constitución dice que hay elecciones y la Registraduría no ha parado de convocarlas.

Para quienes la democracia es más que votos y lo que dice el papel, Colombia no es un país democrático porque los ciudadanos no viven en condiciones básicas que les permitan ejercer sus garantías en la vida real.

Lo mismo podemos decir de otros países, especialmente ahora que nos pretenden plantear la idea de que las democracias de diccionarios son el bando correcto: si lo que importa es lo que dice el papel sobre los votos, un país es democrático si sus líderes se someten a elecciones. Pero si lo que importa es lo que dice la realidad, lo que hay que mirar no son los votos sino las condiciones de vida digna que tienen las personas.

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