El abogado Rodolfo Correa, en un agudo análisis con los periodistas Juan Carlos Hurtado y Rubén Benjumea, desnudó los crasos errores tácticos de la campaña de Iván Cepeda. Acostumbrados a la idea de liderar, el sorpresivo segundo lugar los ha sumido en una crisis de improvisación frente a un rival que entendió a la perfección el arte de la guerra electoral.
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La reciente maniobra jurídica que buscaba suspender al presidente Gustavo Petro a través de la Comisión de Acusaciones refleja el profundo desespero en el que se encuentra sumida la campaña de Iván Cepeda.
Según detalló el abogado Rodolfo Correa, esta jugada, orquestada burdamente por una militante del Pacto Histórico y exesposa de Roy Barreras, tenía el oscuro y evidente propósito de “liberar al Jaguar” para que Petro pudiera hacer campaña a escasos 11 días de la segunda vuelta.
Sin embargo, la torpeza de subestimar la inteligencia del electorado hizo que el tiro les saliera por la culata, dejando en evidencia una estrategia barata y una campaña que intenta recomponerse en medio del caos.
La raíz de este colapso radica en un error de cálculo monumental que ignora las leyes más básicas de la estrategia política.
Como bien lo explica Correa, evocando la sabiduría de SUN TZU: el que va de primero se defiende y el que va de segundo ataca.
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El equipo de Cepeda diseñó toda su maquinaria asumiendo que ganarían holgadamente y se mantendrían en la punta por lo que adoptaron una postura defensiva que consistía en no asistir a debates, no dar explicaciones y simplemente cuidar los votos que ya creían tener.
Al ser relegados al segundo lugar, se quedaron sin tiempo para pensar, viéndose obligados a ejecutar acciones ligeras e improvisar una ofensiva para la que nunca se prepararon.
Esta falta de previsión queda trágicamente ilustrada en la elección de su fórmula vicepresidencial. Pretender asumir una posición de ataque exige contar con mayores argumentos de autoridad, conocimiento y técnica que el oponente.
Sin embargo, la campaña escogió a una candidata que cursó hasta octavo grado de bachillerato, cuyo perfil resulta insostenible frente a contendientes altamente preparados como un rector universitario con doctorado.
Lo que desde la comodidad del primer lugar podía venderse como un relato romántico en la urgencia del segundo puesto los dejó intelectualmente desarmados y sin capacidad argumentativa.
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En la otra orilla, el contraste estratégico es absoluto. Abelardo De La Espriella planificó su campaña de ataque con un año de anticipación, asumiendo con rigor su papel de retador desde el inicio.
A través de una agresiva y disruptiva estrategia logró posicionar el símbolo del «tigre» y erigirse en el inconsciente colectivo como el gran protector de la patria.
Como señala Correa, De La Espriella comprendió que la política actual trasciende la emoción para convertirse en un sentimiento profundo que arrastra a las masas.
Hoy, con los papeles invertidos y liderando las preferencias, De La Espriella sólo debe defenderse, mientras un desesperado Iván Cepeda clama por los debates que antes evadía.
Una campaña que se dedica a dar «tumbos» erráticos y a ensayar medidas desesperadas está condenada al fracaso.
El daño ya está hecho y los constantes tropiezos confirman la sentencia de Rodolfo Correa, cuando se va para el despeñadero, no hay ninguna rama que ataje la caída.
Ante este panorama de total desorientación y torpeza por parte de la campaña de Cepeda, el pronóstico es claro, la acumulación de errores de Pacto Histórico le ha pavimentado el camino a Abelardo de La Espriella hacia una inminente victoria en la segunda vuelta presidencial.


