En un escenario político y electoral en el que abundan las promesas vacías y la demagogia, hay que recordar una verdad cruda y directa: no se produce por decreto, el verdadero motor del progreso no son los discursos, sino el trabajo arduo, la libre empresa y el sentido común.
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El sentido común en la economía a menudo se pierde entre las promesas y soluciones mágicas, además de discursos populistas.
Sin embargo, la premisa fundamental del progreso económico es tan cruda como innegociable, la plata primero hay que producirla antes de repartirla.
Esta convicción, defendida con vehemencia por ciudadanos cansados de la retórica vacía, recuerda que el capital y la prosperidad no surgen de la nada, sino que son el resultado directo del esfuerzo sostenido, anclado en los valores fundamentales de la libertad.
Pretender distribuir una riqueza que aún no existe es el primer paso hacia la ruina colectiva.
Existe una peligrosa ilusión en ciertos sectores políticos de que la abundancia puede ser legislada o prometida desde un atril. Pero la realidad es implacable porque nunca he visto una vaca producir leche por decreto, ni una fábrica producir por discurso.
La creencia de que la economía puede florecer a punta de aplausos o imposiciones burocráticas ignora por completo la dinámica real de la producción.
La prosperidad exige manos que trabajen la tierra, mentes que asuman riesgos y fábricas operando, no decretos firmados en oficinas cerradas que intentan doblegar las leyes básicas del mercado.
El verdadero motor de cualquier país está en las calles y en los campos, muy lejos de las esferas del poder.
El progreso económico descansa de manera exclusiva sobre los hombros de aquellos comerciantes que se levantan a las dos o tres de la mañana en las plazas de mercado, de los campesinos que laboran estoicos bajo la lluvia y el sol y de los empresarios que se atreven a hipotecar la casa familiar para levantar un negocio.
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Ese es el trabajo duro que sostiene a una nación, el esfuerzo vital de quienes madrugan a producir mientras otros, pasivamente, esperan que los subsidios les lleguen a la cama.
Defender este modelo de esfuerzo no es un simple capricho, es la defensa de la supervivencia productiva. Significa proteger el progreso, la libre empresa y la indispensable capacidad de emprender que tiene cada ciudadano.
En el corazón de esta visión del mundo radica la libertad en su máxima expresión, tener la oportunidad de intentarlo, de equivocarse, de quebrar, y, sobre todo, de volver a empezar sin que el Estado sea un obstáculo.
Sin estas garantías para la iniciativa privada, cualquier posibilidad de desarrollo real se marchita rápidamente.
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Por supuesto, es un imperativo moral e incluso un mandato divino, ayudar a quienes verdaderamente lo necesitan, pero hay una línea roja que jamás debería cruzarse, una cosa muy distinta es castigar al que produce.
Las políticas que penalizan el éxito, que asfixian la generación de empleo y que demonizan el lucro bajo la bandera de una falsa equidad terminan destruyendo todo el ecosistema económico.
Promover un sistema que ataca a los creadores de riqueza es un error letal que desincentiva el trabajo honesto y termina premiando la inacción.
La peligrosa falacia de que la desigualdad se soluciona destruyendo el capital debe ser desterrada por completo del debate público.
Es una verdad absoluta que la pobreza no se disminuye atacando a los ricos, pues aplicar esa lógica resentida es exactamente como quemar la finca para matar la maleza. Al final, sin duda alguna, la maleza desaparecerá, pero toda la sociedad se quedará sin la finca.
La verdadera prosperidad colectiva sólo se alcanzará cuando aceptemos que el progreso exige sudor, que la iniciativa privada es insustituible y que ninguna Ley podrá reemplazar jamás el valor del trabajo duro.



