Mientras el mundo vibra al ritmo del juego, las definiciones de la Copa Mundial y celebra las victorias que el fútbol exige, la política colombiana asiste a su propio espectáculo de deslegitimación. Dos escenarios movidos por pasiones intensas que exponen el drástico contraste entre las reglas del fútbol y la incertidumbre de una transición de poder marcada por el capricho y la arrogancia.
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El ambiente de estas últimas horas resulta ser una mezcla de tensión política y fervor deportivo.
Por un lado, las miradas se concentran en el pitazo inicial de las fases definitivas del campeonato mundial en las que cada jugada cuenta, el esfuerzo se premia y el respeto al resultado es innegociable.
Por el otro, en el plano nacional, asistimos a la recta final de un mandato presidencial confuso que se resiste a aceptar su inminente derrota, generando una atmósfera de desconcierto que paraliza las instituciones y a la ciudadanía.
Resulta inevitable trazar una comparación entre la arena política y el terreno de juego internacional, especialmente frente al comportamiento errático del presidente Gustavo Petro.
Mientras los equipos en el mundial estructuran estrategias, asumen las derrotas con estoicismo y acatan la autoridad del árbitro, el mandatario colombiano parece actuar como un jugador desesperado que, en los minutos de descuento, decide patear el tablero y desconocer las reglas fundamentales que sostienen la democracia.
Esta actitud quedó en clara evidencia durante el último consejo de ministros en el que el jefe de Estado soltó un anuncio que resuena como una falta grave en la cancha en contra la institucionalidad del país.
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En una postura desafiante, Petro reiteró su negativa absoluta de aceptar la victoria de Abelardo De La Espriella como nuevo mandatario electo, sembrando dudas sobre la viabilidad pacífica de una transición de mando en Colombia.
Sus palabras fueron tajantes y no dejaron espacio para interpretaciones conciliadoras. Petro fue directo al advertir que no participará en el acto de posesión de su sucesor.
“No voy a estar el 7 de agosto en ninguna parte ni voy a dar la mano allá”, justificando su radical decisión al argumentar que los comicios fueron un “fraude”, refiriéndose específicamente a una supuesta irregularidad de 848.000 votos.
Afortunadamente, mientras la política empaña el panorama nacional con sus dolorosos autogoles, el fútbol mundial nos ofrece una vía de escape inmejorable.
Toda la atención está ahora puesta en el inminente choque que protagonizarán las selecciones de Argentina e Inglaterra, un partido cargado de peso histórico, máxima rivalidad y un nerviosismo que definirá al retador final de la copa.
Quien logre sobrevivir a este exigente duelo en la cancha tendrá que verse las caras con una España que ya tiene su cupo asegurado en el encuentro definitivo.
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El seleccionado ibérico demostró toda su jerarquía competitiva al eliminar a la poderosa escuadra de Francia durante la jornada de ayer, despejando su camino hacia la máxima gloria y demostrando un fútbol sólido de principio a fin.
Como espectador asiduo que he sido de este torneo, la caída de los franceses frente a la escuadra española tuvo un merecido sabor a justicia deportiva a la que era imposible no hacerle fuerza.
Hacía falta que alguien cobrara en el campo de juego el sonado desplante que el negro africano, Kylian Mbappé, le hizo al portero de Paraguay, una muestra que en un deporte de máximo nivel, la arrogancia y la falta de respeto siempre terminan pasando factura.
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Así las cosas, con el balón rodando por el césped y el escenario político nacional sumido en el capricho de quienes se niegan a ceder el poder, el horizonte de hoy nos regala al menos una esperanza de júbilo genuino.
Esperemos que esta tarde la garra sudamericana se imponga, que gane Argentina y que el domingo nos regalen una final memorable frente a España, para olvidar, aunque sea por un par de horas, la preocupante crisis política que se asoma por la ventana de nuestro propio país.


