EL OCASO DEL CAUDILLO: EL CAMINO DEL PACTO HISTÓRICO ENTRE LA RENOVACIÓN O LA DESTRUCCIÓN

La reciente autorización del Consejo Nacional Electoral para que Pacto Histórico replique la alocución presidencial sobre el sismo del 10 de agosto expone la encrucijada definitiva de la izquierda colombiana. Lo que se pretendía como una defensa técnica de los damnificados amenaza con convertirse en el escenario del declive político anunciado en el que los egos son más importantes que la urgencia nacional.

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Los hechos recientes sitúan al país en medio de una profunda división política acrecentada por la tragedia del sismo.

Tras la intervención oficial del presidente Abelardo De La Espriella detallando el plan de reconstrucción, los líderes opositores invocaron el Estatuto de la Oposición.

El Consejo Nacional Electoral avaló una réplica de 20 minutos en televisión nacional, designando a Gustavo Petro e Iván Cepeda como los encargados de liderar este espacio.

Este acto marcó la primera intervención directa de Petro como cabeza visible de la oposición bajo la actual administración.

No obstante, la legitimidad de esta vocería ha desatado una intensa controversia en diversos sectores de la opinión pública.

Críticos y analistas cuestionan abiertamente que el exmandatario haya asumido el liderazgo de este espacio televisivo sin ostentar actualmente una vocería formal dentro de su propia colectividad.

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En momentos en que el país exige soluciones prácticas y unidad frente al desastre, el debate parece haberse desviado hacia una disputa de egos y descalificaciones ideológicas.

Frente a este panorama, cobra fuerza una percepción muy clara y compartida por diversos observadores del acontecer político. El expresidente Petro se encargará, él mismo, de convertirse en un ser diminuto, tan pequeño, que cada vez será más irrelevante.

Esta insistencia casi obsesiva por figurar en la primera línea del debate nacional, lejos de fortalecer su torpe legado, lo expone a un desgaste irreversible, mostrándolo ante la ciudadanía como un líder del pasado incapaz de ceder el paso a nuevas voces y dinámicas de construcción colectiva.

Al empeñarse en protagonizar cada espacio de réplica con discursos centrados en la ineficacia operativa y el sesgo ideológico gubernamental, el exmandatario reduce su campo de acción a la retórica de la queja permanente.

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En lugar de proyectarse como un estadista maduro que el país requiere en tiempos de crisis, su figura se va empequeñeciendo en el lodo de la polarización estéril.

Su voz, antes convocante, corre el riesgo de volverse un eco predecible y carente de resonancia real entre los sectores del electorado.

Este desgaste arrastra inevitablemente a la coalición que lo llevó al poder.

El Pacto Histórico se encuentra hoy en una encrucijada en la que debe decidir entre la supervivencia institucional o la lealtad ciega a una sola figura.

Si la izquierda aspira a mantener su vigencia y consolidarse como una alternativa real para las próximas contiendas regionales del 2027, además de las legislativas y presidenciales en el 2030, resulta indispensable que rompa con la inercia del caudillismo y comience a estructurar liderazgos alternativos y democráticos.

La advertencia para el progresismo es contundente. Si el Pacto Histórico quiere tener juego en las próximas elecciones, no podrá darle a Petro el liderazgo del partido, porque lo llevará a la destrucción.

Perpetuar su control absoluto sobre las decisiones internas no sólo cerrará las puertas a las coaliciones necesarias con otras fuerzas políticas, sino que consolidará el rechazo de un electorado que asocia su nombre con la inestabilidad, la confusión, la verborrea, la bipolaridad, la chabacanería, la ocurrencia, y, sobre todo, la confrontación permanente.

La crisis nacional provocada por el sismo del 10 de agosto pasado, no debería ser la plataforma para la autopromoción de un liderazgo menguante.

El futuro del Pacto Histórico dependerá de su capacidad para desmarcarse de un proyecto puramente personalista con el fin de apostar por la renovación.

De lo contrario, la insistencia en atar el destino de la colectividad a una figura en proceso de “empequeñecimiento” sólo acelerará el tránsito del progresismo hacia la irrelevancia y el fracaso definitivo en las urnas.

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Ruben Benjumea
Soy periodista por vicio y bloguero por pasión y necesidad. Estamos fortaleciendo otra forma de hacer periodismo independiente, sin mucha censura, con miedo a las balas perdidas, pero sin cobardía.