La reciente marejada de críticas desatada tras las declaraciones del director del Instituto Caro y Cuervo, Sergio Esteban Vélez, sobre las vidas y obras de Gonzalo Arango y Andrés Caicedo ha reabierto el debate sobre la libertad de expresión, la memoria cultural y el sesgo ideológico en las instituciones del Estado.
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Las reflexiones expresadas por el director del Instituto Caro y Cuervo, Sergio Esteban Vélez, acerca de los legados de Andrés Caicedo y Gonzalo Arango encendieron una intensa controversia en los círculos culturales del país.
A Sergio Esteban Vélez lo he visto y lo conozco desde hace varios años en Medellín, y, estoy convencido, independientemente de su manera de pensar o de su ideología política que es una buena persona y un tipo inteligente.
Vélez es una suerte de personaje traído de una novela inglesa del Siglo XIX, colado en la corte victoriana, disfrutando de cócteles en los salones de Buckingham donde se ofrece té, vinos o champán, es un hombre de formas y maneras, de buen hablar, con un estilacho de señorito virgen listo para consagrar que contrasta en un escenario cultural habituado a la estridencia.
Ahora bien, surge una pregunta inevitable, ¿Cuál es el problema con que Sergio Esteban Vélez, en su calidad de director del Instituto Caro y Cuervo, y, con todo su derecho, se refiera públicamente a escritores de la talla de Gonzalo Arango y Andrés Caicedo?
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Resulta pertinente examinar qué tienen de falso sus comentarios sobre el fundador del nadaísmo cuando señaló su acercamiento a Dios en sus últimos días. La trayectoria histórica confirma que Arango no sólo buscó la trascendencia espiritual al final de sus años, sino que también se aproximó a diversos líderes políticos para sacar el mejor provecho de la coyuntura, tal como consta en múltiples biografías y en los propios relatos de sus antiguos compañeros de andanzas.
De igual manera, cabe cuestionar por qué habría de calificarse como algo negativo el hecho de lamentar el trágico suicidio de Andrés Caicedo, un joven genio que se quitó la vida a los veinticinco años tras recibir el primer ejemplar de ¡Que viva la música!
Frente a estas declaraciones, diversos críticos e intelectuales señalaron con severidad que una entidad estatal consagrada a la investigación lingüística no debe convertirse en el púlpito personal de sus directivos para difundir ideologías o sermones particulares.
Sin embargo, a esos puristas de la doblemoral cultural, más petristas que cualquier otra cosa, se les olvidó de forma conveniente que, apenas cuatro años atrás, fueron ellos mismos quienes ideologizaron por completo el establecimiento público, calificando a todos sus contradictores de “fachos”, de derecha y de “pequeños burgueses” faltos de amor y sensibilidad.
Resulta paradójico que quienes en el pasado reciente instrumentalizaron el discurso oficial pretendan hoy rasgarse las vestiduras e imponer una inquisición temática cuando se expresan miradas divergentes.
Tampoco por decir la verdad la “institucionalidad” ni el mercado editorial se van a fracturar ni a venir abajo, siempre han estado ahí. Reconocer la complejidad histórica, las adicciones o las crisis morales de autores disidentes, trágicos y nostálgicos no destruye la literatura ni atenta contra el patrimonio nacional. El público lector es maduro y cada uno es libre de consumir y valorar las obras y las lecturas que prefiera sin necesidad de tutelas ideológicas.
No se puede señalar ni estigmatizar al poeta, a mi “Niño Poeta” por el simple hecho de decir la verdad y plantear una lectura crítica sin ataduras.
La gestión cultural pública no consiste en rendir culto ciego a dogmas preestablecidos, sino en garantizar el debate honesto y Sergio Esteban Vélez ha ejercido su criterio con la firmeza y elegancia que siempre lo caracterizan.



