miércoles, mayo 22, 2024

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NO SE ME IMPORTA UN PITO…

Uniéndonos a la multitudinaria cultura de las celebraciones en Colombia, donde se realizan hasta funerales bailables, no podemos dejar pasar por alto y agradecer la verbena que ofreció el Concejo de Medellín a los periodistas de nuestra provincia con motivo de la conmemoración de su día clásico, que se cumple los 4 de agosto de cada año. Gracias a su presidente Mauricio Tobón, y a los concejales Fabio Rivera, Fabio Estrada, y a los colegas que integran la Unidad de Comunicaciones de la Corporacion, quienes fueron excelentes anfitriones.

También estuvo el corporado Martin Emilio “Cochise” Rodríguez, integrante de Alas Equipo Colombia, muy loquito, hablando muy duro y haciendo show. Creo que ya esta somatizando la quemada que se va a pegar el 28 de octubre. Ya le estoy preparando la untura. Sobre nuestro campeón me referiré la próxima semana, en estos días festivos hay que descansar.

Por esta razón quiero compartir este fin de semana con ustedes el poema: “NO SE ME IMPORTA UN PITO…” del argentino Oliverio Girondo. ¡Hermoso poema!
Los que deseen saber más sobre Girondo pueden visitar este link:

NO SE ME IMPORTA UN PITO…

No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija.

Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida.

Soy perfectamente capaz de sorportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado? ¡María Luisa era una verdadera pluma! Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa.

Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres… ¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.

«¡María Luisa! ¡María Luisa!»… y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte. Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.

¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera…, aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes… la de pasarse las noches de un solo vuelo! Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo? Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.
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Ruben Benjumea
Soy periodista por vicio y bloguero por pasión y necesidad. Estamos fortaleciendo otra forma de hacer periodismo independiente, sin mucha censura, con miedo a las balas perdidas, pero sin cobardía.