jueves, mayo 30, 2024

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EL PEAJE MÁS CARO

valledp1Aprovechando el tiempo de vacaciones y el boom que ha cogido la ciudad de Valledupar por aquello de ser la capital del nuevo patrimonio inmaterial de la humanidad, decidí ir a conocer la capital del vallenato.

El viaje se haría por tierra para, además recorrer las nuevas vías que pondrán a Colombia a la altura de la movilidad mundial. Indiscutiblemente, la ruta de sol en los tramos terminados es un completo descreste, sólo es pasar el viacrucis de las vías antioqueñas y se cree uno en un país realmente desarrollado en cuanto a infraestructura vial se refiere.

Al dejar Puerto Berrío atrás, las carreteras empiezan a ampliarse, la señalización abunda, incluso es tanta que tiende a confundir al conductor que desapercibido disfruta de manejar en esas vías. Los lectores de esta columna recordarán que tengo una sanción que me prohíbe conducir, por lo que mi puesto durante el viaje fue el de copiloto.

Estar sentado allí, disfrutando el paisaje que quien conduce no puede contemplar y en las brechas en que el ángel de silencio de Silvio se toma el viaje, me hizo conjeturar que peligrosamente Antioquia, y obviamente Medellín, están quedando relegados del concierto nacional en infraestructura, política e industria.

Valledupar hermoso, lejos estaba de imaginarme la amabilidad y organización de su gente, las vías largas y arborizadas en su totalidad me enamoraron por completo, pero lo que realmente me maravilló fue la presencia de ese Guatapurí, el habitante más connotado de la capital del Cesar. El río que pasa por el costado de una de las vías más importantes de la ciudad es el punto de encuentro de propios y extraños, pero además y para sorpresa es el lugar común del amor que los lugareños tienen por su terruño: cuidar al río Guatapurí, es cuidar al Valle de Upar.

Sin tener nada que envidiarle al primero, por el contrario más vanidoso por la transparencia de sus aguas está otro río cuyo nombre lo conocí en la voz de Claudia de Colombia, el Badillo. A 20 minutos de la cabecera urbana de Valledupar, en el corregimiento del también musicalmente famoso Patillal, se encuentra, hermoso descuelga de la Sierra Nevada de Santa Marta buscando el Valle.

La cercanía de Valledupar con los departamentos de la Guajira y los Santanderes, genera un extraño pero agradable almizcle racial que definitivamente hace de esta tierra un verdadero destino.

A una hora de la capital por una carretera impecable se encuentra Pueblo Bello, dicen que por su frescura que ha convertido en el sitio de recreo de las familias vallenatas pudientes. Su encanto, además de los tres ríos que lo rodean, es un corregimiento llamado Nabusímake, que fue nuestro próximo punto de llegada.

EL PRECIO DE LA CONSERVACIÓN

comunidad_arhuacos_0A dos horas de Pueblo Bello, por una maltrecha trocha que sólo las camionetas modificadas en su suspensión son capaces de superar, se encuentra Nabusímake, la tierra donde nace el sol, un corregimiento habitado en su mayoría por indígenas Arhuacos, que históricamente se han autoproclamado como los responsables del equilibrio cósmico, los cuidadores de la Sierra Nevada de Santa Marta.

Si llegar es complejo, entrar es costoso, el ingreso al corregimiento está custodiado por un grupo de indígenas que a modo de peaje cobran el paso de vehículos y personas al módico precio de $50.000 para cada uno si es nacional.

Además si usted quiere bañarse en las sagradas aguas del lindísimo río Fundación deberá cancelar $10.000, y si es de su interés sacarse una foto mientras disfruta de las frías aguas, deberá pagar otros $10.000, si su interés cobija el ingreso al pueblo tradicional (que es real no un set para turistas), deberá cancelar $20.000, alguien podrá decir que para ser sitios sagrados no es costoso.

Imposible negociar, los valores están escritos en una fría acta que el responsable del portón recita como lección de escuela. Cuando se ha podido ingresar no puede sentirse más que una enorme paz, el silencio y la tranquilidad, acompañados de las trashumantes ovejas que mantienen la pradera motilada, son los regalos de bienvenida, que no se pueden disfrutar al instante en su totalidad por la zozobra que las prohibiciones leídas al ingreso genera.

A lo largo del corregimiento el rio fundación va exponiendo su belleza, sin embargo en su cauce tristemente se ven los residuos de la satanizada por los Arhuacos, civilización, que definitivamente ha facilitado las cosas, pañales desechables contaminan las cristalinas aguas, y uno se pregunta, si lo de guardianes de la naturaleza está incrustado en su cultura y su religión, o es un asunto más de pose e imagen, y lo que mueve sus interés “conservacionista” es el territorio.

Si el aislamiento es el costo que se debe pagar para la conservación de la naturaleza, tendremos que ceder gran parte del territorio del país para ello, y debería hacerse, conocer sitios como éste donde el agua cristalina abunda, donde el silencio es el rey, lo justifica.

Pero si lo que realmente se mueve con el afán del aislamiento son los interese de un grupo de indígenas capacitados y occidentalizados, que aprovechándose de su condición toman las decisiones de toda una raza para provecho propio, habrá que replantearlo.

De retorno otra vez la agradable ruta del sol, velocidades permitidas de 100 kilómetros por hora, en un país donde la seguridad vial está a cargo de la eternidad de los viajes, es un placer, a eso sumarle la inmejorable compañía con quien conocí la capital del vallenato.

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Ruben Benjumea
Soy periodista por vicio y bloguero por pasión y necesidad. Estamos fortaleciendo otra forma de hacer periodismo independiente, sin mucha censura, con miedo a las balas perdidas, pero sin cobardía.