miércoles, abril 24, 2024

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MÁS QUE DEJACIÓN DE ARMAS

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Ad portas de la firma de un tratado de desarme con la guerrilla más antigua de Latinoamérica, en el que con absoluta seguridad celebraremos, que ya es toda una victoria, que un grupo menos participe en el hundimiento de Colombia en el mar de violencias en que hemos naufragado los últimos 210 años, parece ser hemos olvidado un pequeño detalle.

Las recientes 5 décadas, y no únicamente por el accionar de las FARC, el país ha generado una cultura de la guerra, quizás no en las grandes ciudades, aunque también, sino, y sobretodo, en los campos distantes y en la ciudades intermedias, donde las oportunidades laborales y académicas se disminuyen en la medida en que aumenta el kilometraje hacia el centralismo político y económico del país.

Es eso lo que hemos olvidado, no son las víctimas, en el estricto sentido de la palabra, es esa cultura nacida del conflicto armado, si se quiere más enraizada en las dos últimas generaciones, que han visto en el enfrentamiento fratricida colombiano una oportunidad, la oportunidad de vida.

Hace algunos días me encontré con un amigo procedente del Chocó, le pregunté por su familia y en la enumeración del estado de cada uno de los miembros de ella, me dijo que su hijo mayor había abandonado en el cuarto semestre la universidad para enlistarse en el ejército colombiano. Este caso no es raro, aunque me llamó bastante la atención.

Ya en 2014, en mi visita al Municipio de la Macarena, conocí de primera mano cómo los jóvenes de allí habían generado su proyecto de vida en y para la guerra: mientras las FARC ejerció dominio, engrosaron las filas de la guerrilla, y desplazado ese grupo del poder en la zona, fue el ejército quien sirvió de trampolín desde el cual impulsar sus sueños y aspiraciones.

Aunque por otras circunstancias, Medellín ha atravesado lo que se le adviene a Colombia. La ciudad de la eterna primavera libró una guerra sin cuartel contra el gran cartel mafioso que impuso por más de una década la fuerza de las armas sobre cualquier otra opción, la guerra logró desmantelarlo, pero la cultura enquistada que había dejado como herencia se mantiene aún, provocando una sociedad ilegal y facilista, que aprovecha cualquier rendija dejada por la institucionalidad para sembrarse y empezar a proyectar sus metastásicos tentáculos.

Algo falló, y algo fallará si no se generan alternativas de vida diferentes a las armas, indistintamente de que sean legales o ilegales, estatales o paraestatales, sino generamos una sociedad que valore la vida por encima de cualquier otro valor.
Y la vida es la vida, toda igual, no puede entenderse que haya vidas de primera y de segunda, que prime por ejemplo el oro sobre el agua, la diversión sobre la vida de los toros.

Es un asunto de Estado, pero sobre todo de los gobernantes, que teniendo como tienen en sus manos la posibilidad de generar políticas, deberán demostrar que la vida prevalece, que es importante, que todo lo que se haga buscará el bienestar de la población en general y no sólo de unos cuantos que tienen el poder económico.

P.D. A propósito de la vida, cabe recordar que hace más de un mes publiqué una columna titulada “LA TATARABUELA”, solicitándole a las autoridades pertinentes tomaran medidas para salvar una gigantesca ceiba que en las afueras del Jardín Botánico se muere por la insolencia de los medellinenses. Hasta ahora el llamado fue infructuoso.

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Adolfo Ospina
Licenciado en Educación Español y Literatura de U de A, apareció hace unos 4 años a este proyecto. Especialista en pedagogía de la lengua escrita de la Universidad Santo Tomás, Ambientalista y defensor de los derechos de los animales, peor que Vallejo.