martes, junio 18, 2024

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VÍCTIMAS Y VICTIMARIOS

Por: Héctor Hernán Gallego Rodríguez.
“El Jardín Cerrado” Guatapé.

“La Paz será obra de la Justicia,
Y el fruto de la Justicia, el reposo
Y la seguridad por siempre”
Isaías 32,17.

Excúseme que para hacerme comprender tome lo que se denomina un camino errado, un camino de trocha; que eche a andar por el monte, por el matorral: No me interesan sus muertos, nuestros muertos; me interesan ustedes los vivos, los que me leen, los que escuchan ¿Cómo estamos en nuestras mentes?, ¿cómo estamos en nuestro interior? ¿Somos o sois acaso muertos vivientes? ¿Muertas nuestras ilusiones, nuestras creencias, nuestras esperanzas; muerta nuestra confianza, nuestra libertad? Seguramente y con razón desde décadas atrás una inmensa mayoría de los colombianos pueda definirse como una “comunidad de dolor”: Una comunidad de víctimas, de lesionados, de ultrajados, de desplazados. No lo escogimos, nos tocó así.

La muerte forma parte de la vida lo sabemos, podemos testificarlo, lo que duele es la forma como mueren algunos; a destiempo, con sus esperanzas y sueños intactos, con un gran porvenir, de muerte violenta, asesinados. Yo también tengo mis muertos: un estudiante al que le di clases, un colega de trabajo, un tendero con el que charlaba y le compraba el mercado; un conductor amigo que me trasportaba, un campesino que bajaba los domingos al pueblo a caballo con su mula a comprar el mercado y con quien solía conversar cuando salía a caminar por montes y cañadas; un hermano junto al que crecí, que amaba la libertad, que se dolía con la pobreza de las gentes, hasta que un día desapareció de mi vida y fue encontrado muerto; muerte violenta certificaron las autoridades. También nos rozó el flagelo del secuestro que afligió por muchos meses los corazones y menoscabó la economía familiar. ¡Tantos muertos, tantos desaparecidos, tantos torturados, tantos secuestrados, tantos desplazados! ¿Por qué? ¿Para qué?

Podemos Imaginar la riqueza de un país, de nuestra nación como una gran torta. Riqueza a la que según “Declaración de los Derechos Humanos” tenemos derechos todos. Pero sucede que la autoridad, el gobierno de turno, al momento de partir la torta, nuestra riqueza; unos más influyentes se llevaron el pedazo más grande, a otros nos tocó un pedazo más modesto y una inmensa mayoría se quedó y se han quedado sin nada. Desde hace siglos esta partición injusta fue avalada por el Rey, por la Iglesia, por el Estado.

Siendo educador en la región del oriente antioqueño y en lo más duro del conflicto armado, durante los años de 1995 a 2005 fui testigo de lágrimas, de miedos, de muertes, de secuestrados, de desaparecidos, de desplazados; en medio de estas circunstancias escabrosas fui invitado por mis compañeros de bachillerato a una reunión de egresados. Un colegio de categoría en la ciudad. Siendo estudiante de clase media, pude codearme en mis últimos años de bachiller con muchachos y muchachas de la clase alta; gentes que por tradición dirigen empresas, importan productos, dueños de fábricas, de haciendas etc. Vi mi oportunidad, había visto tanto sufrimiento entre los estudiantes: “Profe cuando se escucha ladrar los perros es que vienen a matarnos”; decían los estudiantes del campo. Habían matado a su padre, a su madre, a un hermano, a un tío, a un primo, a un novio…La gente de la ciudad tenía que enterarse de lo que pasaba. En aquel entonces la policía asediada, abandonada, se atrincheraba en los cuarteles y del ejército no se sabía nada.

Me fui donde mis compañeros, hacía años que no nos veíamos; en silencio me escucharon; cuando termine mi relato de dolor, de muerte, de hambre; empezaron a su vez con las historias más asombrosas que yo tuve que callarme, bajar la cabeza y llorar en silencio. Como un perro que apaleado regresa a su casa, con el rabo entre las piernas así regresé yo a la mía, impotente, a seguir contemplando la barbarie y a pedirle a Dios que “los perros de la guerra” no me sacrificaran en ella.

¿Qué había escuchado entre aquella gente rica? Dueños acaso por generaciones de la parte más grande de la torta: A uno le habían matado a su padre, a otro violado a su hermana; un compañero había quedado ciego huyendo de quienes querían asesinarlo, otro tenía secuestrado a un tío, a un hermano, a la esposa, al esposo; otro tenía que pagar cantidades mensuales de dinero para que se pudiese laborar en su fábrica. Allí entre gentes de clase alta el crimen y el dolor también se enseñoreaban, los grupos al margen de la ley saqueaban sus casas de recreo, robaban y mataban sus reses. Era la guerra, el caos. Sí una guerra entre hermanos, fratricida, cainítica.

Desde antiguo Caín seguía matando a Abel. Con moto sierra se descuartizaba a indígenas en la Guajira; en Urabá los niños eran testigos del desfile de los burros cargando los cuerpos sangrantes y las colgantes cabezas de los decapitados; con cadenas, amordazados, torturados, mutilados eran hallados muertos los desaparecidos. No era una guerra regida por el padre, entre países, luchando por fronteras; era una guerra civil donde se esgrimían ideas, más cruel, entre sus mismas gentes, al interior del país, era una guerra fratricida, entre hermanos. ¿A quién culpar?

Desde hace tiempo se viene diciendo: “Aquí en Colombia todos tenemos rabo de paja”. Es decir que si nos acercamos al fuego, a la candela todos terminamos quemados. Todos somos culpables y no lo somos. Lo importante en esta “escuela del dolor” es ¿qué hemos sacado nosotros? ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia dónde miramos? ¿Qué enseñanza y aprendizaje nos ha dejado el sacrificio de los nuestros, de tanta gente inocente, ahora que vienen propuestas de reconciliación, de olvido, de perdón, de Paz? Y por el bien nuestro y de las nuevas generaciones, por un nuevo país nos tenemos que abrir a ellas. La filosofía desde siempre nos ha dicho que quien no vive el presente, quien está siempre con su mente en el pasado no vive, está muerto.

Dejemos descansar a nuestros muertos. No hay nada más grande, ni más enriquecedor que la memoria, el respeto por los que ya no están. Existen culturas que no los lloran como lo hacemos nosotros; ellos creen que recordarlos tan insistentemente con tanto apego los detiene en el camino hacia el más allá y les vuelve en fantasmas apegados a lo que ya no tienen, a la vida, viendo sufrir a su seres queridos. Digamos adiós a nuestros muertos, oremos por ellos, evoquémoslos, pero que su memoria no nos suma en tristeza, en el rencor, en el resentimiento, en la venganza. La Paz requiere de un valor más fuerte que el desplegado para la guerra, pues si bien el perdón no es fácil, no es imposible. Preparémonos para la Paz, vivamos nuestra vida, alguna vez se nos pedirá cuenta de lo que hemos aprendido en la dura escuela del dolor. Justo es el reclamo de una reparación a las víctimas, pero pasado el tiempo este lenguaje hoy tan de moda no tendrá la fuerza que tiene hoy, ¿Entonces qué?, ¿Qué será de nosotros?, ¿Nos seguiremos llamando víctimas, abandonados, olvidados, sufrientes, humillados?

Construyamos una memoria, pero una memoria fortalecida donde el perdón, la protección, la Paz tenga su lugar. Los países que a Colombia han asesorado en asuntos de paz y que en su larga historia han pasado por luchas civiles, como lo hemos dicho, más crueles que luchas entre países han coincidido en ello: sin perdón no hay reconciliación, sin reconciliación no hay Paz. Por eso se dice que la Paz exige un valor más grande que el desplegado para la guerra. Perdonar y olvidar no son fáciles pero es nuestro gran desafío para el futuro, por el país, por la Paz, por nuestros vecinos, por nuestros hermanos, por nuestros hijos, por nosotros mismos. Dejemos descansar a nuestros muertos, levantémosle un monumento en nuestro corazón y guardémosles allí. El suelo sobre el que un país, una nación, una familia levanta el árbol de su futuro es el recuerdo de los que ya no están. No les podemos olvidar, pero esa memoria no puede estar adornada con las flores del odio, de la venganza, de la destrucción; si con la reconciliación, con la Justicia, con el respeto, el perdón, el Amor.

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Ruben Benjumea
Soy periodista por vicio y bloguero por pasión y necesidad. Estamos fortaleciendo otra forma de hacer periodismo independiente, sin mucha censura, con miedo a las balas perdidas, pero sin cobardía.