EN EL PANTANO

EN EL PANTANO


El pasado 25 de agosto se conmemoraron 30 años de la muerte de Luis Felipe Vélez, Héctor Abad Gómez y Leonardo Betancur, crímenes ocurridos el mismo día con pocas horas de diferencia en la capital de la eterna primavera.

Los asesinatos hicieron parte de una sistemática ola de exterminio de defensores de derechos humanos y políticos de izquierda que se dio en el departamento de Antioquia y particularmente en su capital Medellín, generada por los grupos de paramilitares que se consolidaban en la región al mando de los Castaño y con la vergonzosa complicidad del Estado colombiano.

La ola de asesinatos que costó la vida a varios estudiantes y catedráticos de la Universidad de Antioquia y que en ese agosto de 1987, llegó a un pico alto con la triste cifra de seis miembros de la U. de A. asesinados nunca se esclareció, sólo con la publicación de un libro se logró conocer la participación de uno de los Castaño como su determinador.

Para desgracia de nuestro país estos, como muchos otros hechos violentos, han sido víctimas de nuestra amnesia, los hemos eliminado de los libros escolares de historia han desaparecido de nuestra realidad provocando un peligroso círculo vicioso del que parece nunca podremos salir.

Hoy, cuando la historia nos llama a la generación de cambios estructurales, nos hacemos los de oídos sordos, los desconocedores de nuestra trágica realidad y esperamos que como por evolución natural todo mejore.

El proceso de desarme de las FARC, con la cantidad de aportes positivos que hace a nuestra sociedad, ha recordado aquellos años aciagos, supremamente violentos, con la muerte de líderes comunitarios y campesinos, de excombatientes de la guerrilla que optaron por otro camino, a lo largo y ancho del país, y de nuevo, como si ya no hubiéramos vivido un capítulo similar, dos capítulos similares, decenas de capítulos similares, pensamos que son hechos aislados, que “quién sabe que hicieron” y que esto no hace parte de una política sistemática de aniquilación de un pensamiento político diferente.

Como país, quizás por el adormecimiento en que la extrema violencia ha logrado mantenernos no nos pronunciamos con la suficiente vehemencia en contra del constante asesinato de líderes sociales, lo que nos hace cómplices silenciosos de los perpetradores materiales e intelectuales de esta estúpida violencia.

De nuevo esperemos que el destino tuerza nuestro circular histórico camino y que nos permita alejarnos de otra tragedia similar a la ocurrida con los cientos de intentos fallidos de, por lo menos, conocer un pensamiento político diferente.


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