jueves, abril 18, 2024

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¡FELIZ AÑO!

De un momento a otro el tiempo se detuvo. El ambiente de ese día predecía lo que se venía, el sol canicular aquietaba los cuerpos (diría Serrat la boca abierta al calor como lagartos) y sólo el vapor emanado del pavimento daba vida a esta mole de cemento que convertimos en nuestro hábitat.

Inicialmente de viernes a lunes, luego por la presión hecha seguramente se decretó la cuarentena obligatoria hasta después y luego nuevamente hasta después.

Los urbanos, los egocéntricos habitantes de las ciudades nunca creímos que llegaría el momento en que las grandes superficies tendrían sus estanterías vacías, en que no encontraríamos alcohol o harina, acostumbrados a hacer fila como estamos, no pensamos tener que hacer una para ingresar a las tiendas y supermercados y menos, nunca, ni el más apocalíptico de los humanos llegó a creer que de un momento a otro, no por una guerra, no por un levantamiento social, no por una amenaza terrorista, no por orden de un asesino capo de la mafia, sino por un invisible ser ignorado por la mayoría, de la noche a la mañana, así, porque sí, quedáramos confinados en nuestras casas, con nuestros miedos, nuestras soledades, nuestros egoísmos y renuncias, con nuestra expectativas detenidas como el tiempo, con nuestras necesidades insatisfechas, con nuestros caprichos incumplidos con ese vacío que nos quedó a los que nos construimos hacia afuera.

Y entonces aparecen las promesas y los “cuando esto termine voy a hacer, voy a ser, voy a pasar más”; y las expectativas, cambiará el modelo, volverá el trueque, desaparecerá el capitalismo, respetaremos ahora sí la naturaleza…

Y en nuestro interior pareciera que estuviéramos ante el fin del año, las clases de inglés, los gimnasios, la lectura, todas esa promesas que ofrecemos a la vida, al dios, con doce uvas, con un brindis de champaña (realmente la mayoría con vino espumoso) y una cena pomposa o humilde mientras de fondo se repite aquel “yo no olvido el año viejo” de Tony Camargo que todos los primeros de enero se repite hasta rayarse (alusión generacional).

Los Mayas, esa civilización enigmática desaparecida, decidió dedicar un día para eso y crearon su día del no tiempo, el 25 de julio, cuando el sol se sincroniza con Sirio, el momento perfecto para la purificación del alma y la nivelación de las energías.

Los musulmanes celebran su muharram en fechas y formas diferentes a los católicos y los chinos tuvieron su celebración del año nuevo en este año en plena pandemia del coronavirus.

Pero todos como única raza, como habitantes de la aldea global, que hoy tiende a cerrarse, tuvieron o tendrán que modificar sus celebraciones por la pandemia.

Deberíamos, aprovechar estos tiempos de recogimiento, de incertidumbre, de miedos y celebrar un real cambio de era, de año, de calendario, como queramos llamarlo, recapacitar como raza en torno a nuestra existencia en este planeta y como individuos, nuestro rol en una especie depredadora, devastadora, aniquiladora.

Es más real este momento que otros, es más sentido este momento que otros, es más oportuna esta crisis que las protocolarias habituales. Erradicado el virus será el momento para los balances, para los verdaderos inventarios para las oportunas promesas para las necesarias valoraciones, y entonces levantemos una copa en la intimidad de nuestro lugar de preferencia, ya no habrá confinamiento y digamos feliz año.

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Adolfo Ospina
Licenciado en Educación Español y Literatura de U de A, apareció hace unos 4 años a este proyecto. Especialista en pedagogía de la lengua escrita de la Universidad Santo Tomás, Ambientalista y defensor de los derechos de los animales, peor que Vallejo.