DETRÁS DEL ABSTENCIONISMO

DETRÁS DEL ABSTENCIONISMO

El proceso de revocatoria del alcalde de Medellín ha alcanzado un hito fundamental que ubica al mandatario en una penosa posición de ser el primero en contra del que se convocará a elecciones para sacarlo del cargo. Quintero ya había logrado otra hazaña impensable: romper los récords de favorabilidad, pero hacia abajo; en la ciudad no se había visto que un alcalde rompiera la barrera del 70%, y hemos tenido alcaldes malos.

En una ciudad con el presupuesto que tiene Medellín es muy difícil ser mal alcalde, pero más difícil aún es que los ciudadanos se den cuenta porque ha sido notoria la precariedad del control social y político medellinense a sus gobernantes. Solemos creer que todo va bien por el exacerbado regionalismo que nos conduce a confundir a la ciudad con el mandatario y también por aquello de que en Medellín “roban, pero se ven las obras”.

En un contexto tan fácil para cualquier mal administrador es indispensable celebrar el avance de un proceso de control político ciudadano tan complicado como una revocatoria del mandato.

En contra de la iniciativa de revocatoria se ha dicho que la filiación política de sus promotores deslegitima el proceso mismo. También se ha manifestado que se trata de un desgaste de recursos porque su éxito es muy improbable, e incluso, que no le conviene a la ciudad una disputa política en la que el alcalde esté todo el tiempo en campaña. Nada de eso es cierto.

Los promotores de la revocatoria por supuesto que son duros opositores del gobierno y son políticos a los que también se les puede cuestionar políticamente. Pero en este punto es importante tener en cuenta que no son ellos los que están ejerciendo el poder público y por lo tanto el foco de debate no pueden ser las orillas políticas de los que comenzaron el debate de revocatoria sino las acciones y omisiones del gobernante, quien es en últimas a quien se controla políticamente a través de la revocatoria.

En este punto destacan por su torpeza quienes dicen que los promotores de la revocatoria “quieren ganar por las malas lo que perdieron por las buenas” puesto que la revocatoria del mandato es un mecanismo de control político y de participación ciudadana en los asuntos más próximos de la democracia, como lo son los del territorio, y ello nada tiene que ver con despojar el poder “por las malas”, ni mucho menos cuando la revocatoria no implica que el gobierno lo asuma la oposición, pues el triunfo del proceso es solamente un castigo al mal gobernante (y no un premio para la campaña revocadora) porque su reemplazo deberá provenir de nuevas elecciones.

En aquello de que se trata de un despilfarro de recursos conviene recordar que la democracia no tiene precio. Quienes dicen que el pronóstico más probable es el de insuficiencia de votos del proceso y que por ello no deberíamos gastar recursos, no hacen otra cosa que poner precio a la participación ciudadana sobre la base de que cada voto no debería costar más de cierta cantidad para poder que se justifique su logística electoral, y de allí a pretender cambiar la democracia por encuestas sólo hay un paso.

Lo más llamativo de todo es que entre sectores muy reconocidos de opinión se sostiene que el alcalde estará en campaña y los difíciles umbrales de votos necesarios para que la revocatoria se pueda decidir son muy elevados por lo que a la postre se le terminará haciendo un favor político costoso para la ciudad en términos de ejecución del Plan de Desarrollo.

Lo del costo sigue siendo un asunto de ponerle precio a la democracia, pero en este caso con el agravante de que se le está trasladando ese reproche al proceso de revocatoria y no a la eventual defensa abusiva del alcalde. Aquello de que el alcalde ganará es apenas la especulación de siempre: como nadie lo ha logrado porque es difícil entonces acá tampoco se logrará.

Más allá de lo bien o mal aterrizada de esa suposición, lo cierto es que desde ya se puede concluir precisamente lo contrario: tanto las encuestas como las firmas que fueron avaladas por la registraduría indican que los niveles de descontento ciudadano son históricos, más allá de si logran cristalizar los aparentemente inalcanzables baremos de la revocatoria.

El alcalde no saldrá a pedir votos para quedarse porque no tiene suficientes, y de eso hay pruebas: es incapaz de llenar una plaza pública pues a duras penas logra movilizar a sus empleados y contratistas a la antigua plaza de toros, sin abarrotarla siquiera, y por eso el único camino que le queda es camuflarse entre los que no saldrán a votar para intentar decir que los que no votan decidieron respaldarlo.

La única opción del alcalde será la de esconderse en el abstencionismo porque su maquinaria es inferior al descontento ciudadano, y lo sabe. Los próximos dos meses serán los más largos que haya tenido el alcalde, y si la revocatoria no alcanza los votos necesarios serán los dos años más largos que haya tenido la ciudad, pero no en vano: habrá un valioso antecedente de control político ciudadano y Quintero será el primer alcalde al que se recuerde porque estrenó el proceso de revocatoria escondido detrás de los que ni siquiera votan, y este es el cálculo más pesimista de la suerte de este proceso.

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