TÉRMINOS DESOBLIGANTES

TÉRMINOS DESOBLIGANTES

Por invitación terminé sentado en el restaurante de uno de los hoteles que comanda el buen señor Don Manuel Molina, excelente oportunidad para hacer nuevos amigos, conversar con colegas y compartir una buena copa de vino.

En la misma reunión, obvio, me encontré con varios de los integrantes que hacen parte, inclusive de la nueva junta directiva del Club de la Prensa, corporación, sin ánimo de lucro, que lidera desde el año 2003, la realización de eventos académicos y premios de periodismo “Manuel del Socorro Rodríguez” que se entregan cada año a los colegas más connotados.

Como me dijo un amigo y colega: “El club de la prensa, es un espacio para hacer amigos y tomar vinito”. Ante esos “estatutos” tan claros no hay discusión, me sumo al traguito…

Nunca solicité ingresar al “Club de Humberto”, quien fuera mi profesor de RRPP, con quien tuve discrepancias por su manera de actuar que no vienen al caso mencionar, secreto a voces, dejemos descansar al muerto…

Otro colega y amigo, amigazo, me dijo: “venga marica, no pasa nada, métase allá, es bueno participar, etc, etc, etc”. Accedí a su insistencia, él mismo llevó la solicitud.

Sin embargo, siempre tuve reparos no por los cócteles y capacitaciones, sino por la manera en que se toman algunas posiciones frente a circunstancias públicas y políticas en las que una corporación de periodistas debería hacerse notar, es más, ser absolutamente contundente si es que la pretensión es construir una entidad respetable en la ciudad: Reputación.

Las posiciones políticamente correctas las toman los funcionarios públicos, los gobernantes, no los periodistas porque de ser así, irían en detrimento de las acciones de una entidad como esta, el Club. Pero está claro, lo tengo claro, como dicen sus líderes, mis amigos, mis colegas: esto no es un gremio, no representa a nadie, sólo es un club que tramita capacitaciones en el que también se toma vinito…

El año pasado antes de empezar la transmisión de: “La Suma de los Mejores”, tertuliadero periodístico y de entrevistas, uno de mis compañeros solicitó que lo acompañáramos a otro hotel del buen señor Don Manuel Molina para participar en la asamblea general del Club con el fin de elegir a los nuevos integrantes de la junta directiva 2022.

¡De una!, contesté a la invitación, porque, aunque con reparos, estoy convencido que cada espacio al que se convoque y agrupe colegas y amigos es más que válido, así sólo sea para chismear y degustar, un vinito…

Al terminar la emisión del programa el oferente de la invitación, nos desinvitó argumentando que lo sentía mucho debido a que la junta directiva anterior de la organización periodística había tomado la decisión de expulsarnos.

¡Vaya noticia!, a mi personalmente, me valió casi un culo, porque me generó cierta curiosidad conocer la razón por la que no fuimos notificados, por lo menos, para garantizar el debido proceso al señalado, al acusado como lo debería hacer una organización supuestamente seria como el Club de la Prensa.

“Señor fulano de tal, por mayoría de integrantes hemos confirmado que usted es un tipo indeseable, y, por tal razón, hemos decidido cerrarle las puestas de nuestra organización por lo que deseamos que usted no se aparezca por acá”, así más o menos debió ser la notificación, yo la firmo, porque soy consciente que cada ser humano, cada casa, hogar de familia, empresa, burdel, puteadero, iglesia y organización tiene la potestad de reservarse el derecho de admisión, lo entiendo…

Sin embargo, al conocer esa situación por parte del colega se evidenció la oportunidad de intentar conocer los motivos de la expulsión del Club.

A Pablo Escobar en los 80 no lo dejaron pasar ni la calle para ingresar al Club Campestre, para ingresar al Club Unión, en esa misma época, se tenía que gestionar en pergamino la bienaventurada carta firmada a mano alzada con el sello del anillo cardenalicio que tuvo en el dedo su eminencia reverendísima Alfonso López Trujillo, el papá del diablo.

Propusieron hacer un artículo denunciado el hecho, pero advertí que era mejor adelantar un derecho de petición para conocer los motivos, basados en los estatutos del Club, con los que se respaldaría, digo yo, la decisión de expulsar a un integrante de la organización.

Como suele suceder, no solamente en lo público, sino también con lo privado, sucedió, la junta directiva respondió el derecho de petición sin detallar el o los casos concretos, además de las versiones particulares que generaron la expulsión.

“Con ustedes dos, en particular, se tomó la decisión teniendo en cuenta que en varias ocasiones manifestaron tanto en medios de comunicación, como en reuniones sociales, no querer pertenecer al Club, estar en desacuerdo con los criterios que soportan la misión de esta Corporación, referirse en términos desobligantes al Club, y tampoco participar de sus actividades”.

Este es bueno: “TIEMPOS DE TRABAS”

¿Términos desobligantes? ¿Qué son términos desobligantes? ¿Cuáles fueron para que la junta tomara esa decisión? ¿Por qué no nos llamaron a descargos o por lo menos preguntaron qué había pasado?

Ese proceso debió haber quedado por escrito, porque, de lo contrario, queda la sensación, que la junta toma decisiones basándose en versiones a medias sin la confirmación debida, ¿quién los hizo cometer esa ligereza?

Nunca nos confrontaron, acción que mínimamente otorga la garantía a los expulsados para presentar descargos bajo reserva con el fin de evitar deteriorar, no sólo la reputación del Club, sino también la de los periodistas. ¿Expulsaron dos integrantes basándose en una sola versión?, malos reporteros…

Ahora bien, si cuestionar posiciones, posturas, mero derecho a disentir, máxime en una organización de periodistas, es sinónimo o se entiende como un ataque, una confrontación, lo acepto, lo seguiré haciendo.

Las razones que he esbozado de manera pública y privada son pocas. Una organización de periodistas no puede convertirse en cómplice de los gobiernos de turno, una de las estrategias de las relaciones públicas, ni en un “instituto” para aprender a manejar redes sociales, ni tampoco en una entidad que otorga menciones a dedo por parte de la junta directiva sin ninguna clase de rigor por mero amiguismo.

Los vinitos y los elogios están bien porque hacen parte del parche, pero también es obligatorio y más que necesario que a través de esta clase de corporaciones, organizaciones, clubes, se escuchen voces y posturas, por lo menos para evitar pasar desapercibidos, ante hechos cuestionables que se presentan en la sociedad. Un ejemplo evidente fue lo sucedido en un canal local de televisión en el que cambiaron al gerente y al director de noticias porque era necesario hacerle caso al mandatario de turno. Sabemos la manera en la que se manejan los canales del régimen por periodos de cuatro años, pero pasar de agache, también debe ser una invitación a reflexionar…

Organizaciones como la Fundación para la Libertad de Prensa, FLIP, se queda corta a la hora de pronunciarse contra los abusos del poder por parte de integrantes del gobierno y amenazas contra reporteros por hacer su trabajo. Que una organización local con posible injerencia y repercusión regional y nacional se pronuncie públicamente sobre esa clase de hechos tampoco es de poca monta.

En Medellín no es fácil. La vida del periodista raso, del reportero es tan compleja que cuando recurrentemente es denunciado por injuria y calumnia pone en riesgo hasta el propio trabajo bajo el argumento que es responsabilidad del mismo periodista quien fue el que escribió o habló. Los gerentes, la mayoría, sacan la nalga. ¿Quién ayuda, acompaña o representa a esos periodistas mal pagos que desfilan por la fiscalía? Unos pagarán abogados, otros ni pa’ almorzar les alcanza…

Las diferencias que tuve con la “informante” mal intencionada, por supuesto, empezaron en un almuerzo de periodistas en Plaza Mayor hace un par de años cuando, a mi manera, dije que cobraba por entrevistas…

“La Gorda”, que pretende aparentar alta reputación con un viejo premio Simón Bolívar cuando no existía la Internet, casi se traga el tenedor cuando hice el comentario…

-¡Cómo!, ¡qué es eso por Dios!, ripostó la morsa. -Si, claro, le dije, y continué: -si a mi empresa llega un fulano vendedor de ollas para que escriba de ellas, de sus materiales y sus virtudes, claro, le hago un publirreportaje y le cobro.

Nunca quise volver hablar con esa vieja tóxica, bipolar e histérica por falta de consolación, porque estoy convencido que esta clase de “elementos” deberían estar asándose al fuego eterno.

El asunto es que un “elemento” como ese, con sus amarguras, desaciertos y el tiempo libre, suficiente para hablar mal de los demás, no puede integrar entidades como el Club porque terminan permeando, para mal, actividades como los premios a periodistas.

Para que un premio a reporteros sea serio, no puede salir del dedo de la junta directiva, y, por el contrario, con tantas facultades en Medellín, mínimo, las universidades de Antioquia, UPB, UCC, Luis Amigó, por mencionar algunas, estarían dispuestas a participar en esa “sabia elección”.

¿Por qué no invitar otros gremios? Existen organizaciones importantes en Medellín que estarían encantadas en sumarse que hasta patrocinarían la entrega de unos buenos premios para exaltar el profesionalismo de muchos exitosos reporteros que lo hay, y así, evitar que en tremendo homenaje meta la mano “La Gorda del Club”.

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