La muerte de Germán Vargas Lleras, cierra una de las trayectorias políticas más influyentes, combativas y polémicas de las últimas décadas en Colombia. Fue vicepresidente, ministro, senador, jefe natural de Cambio Radical y eterno aspirante presidencial.
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Germán Vargas Lleras murió a los 64 años, después de varios meses de quebrantos de salud que lo apartaron de la actividad pública y de la discusión electoral que ya agitaba al país.
Su fallecimiento golpea especialmente a Cambio Radical, colectividad que durante años giró alrededor de su liderazgo, su disciplina política y su capacidad para negociar poder en el Congreso y en las regiones.
Nieto del expresidente Carlos Lleras Restrepo, Vargas Lleras heredó un apellido de peso, pero construyó una carrera propia, concejal de Bogotá, senador, ministro del Interior, ministro de Vivienda y vicepresidente durante el segundo gobierno de Juan Manuel Santos.
En cada cargo dejó la marca de un político ejecutivo, de mando fuerte, más cercano a la eficacia administrativa que a los discursos conciliadores.
Su nombre quedó asociado a grandes proyectos de infraestructura, vivienda y agua potable.
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Como vicepresidente, se convirtió en el rostro de las obras, de las visitas regionales y de una forma de hacer política que mezclaba gestión pública, presencia territorial y cálculo electoral.
Para sus seguidores fue un gerente del Estado, para sus críticos, un jefe político tradicional con enorme influencia burocrática.
Cambio Radical fue su principal plataforma. Bajo su conducción, el partido pasó de ser una disidencia liberal a una fuerza decisiva en coaliciones presidenciales, gobernaciones, alcaldías y bancadas parlamentarias.
Sin embargo, esa misma dependencia de su figura terminó siendo una debilidad. Cuando Vargas Lleras se enfermó o se ausentó, la colectividad perdió cohesión y capacidad de proyectarse como alternativa nacional.
Su gran deuda política fue la Presidencia. Aspiró en 2010 y en 2018, pero nunca logró convertir su experiencia, su maquinaria y su reconocimiento en una victoria nacional.
En 2010 quedó por fuera de la segunda vuelta, en 2018, pese a llegar con estructura, aliados regionales y discurso de autoridad, terminó lejos de la disputa final, superado por la polarización entre uribismo, centro y petrismo.
Ese fracaso presidencial mostró los límites de su liderazgo. Vargas Lleras sabía mover el Congreso, armar coaliciones y administrar poder, pero no consiguió despertar una conexión emocional amplia con el electorado.
Su imagen de hombre fuerte, eficiente y severo también lo encerró en una percepción fría, distante y excesivamente calculadora.
Uno de los episodios que marcó su carrera ocurrió en 2002, cuando todavía venía del liberalismo y decidió apartarse del candidato oficial Horacio Serpa Uribe para respaldar a Álvaro Uribe Vélez.
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Ese movimiento fracturó al Partido Liberal y contribuyó a definir la primera llegada de Uribe al poder, dejando a Serpa “pegado de la brocha” en una campaña que se fue quedando sin parte de sus apoyos tradicionales.
La relación con Uribe fue cambiante, cercana en la Seguridad Democrática, distante durante el gobierno Santos y luego nuevamente útil en los intentos de reagrupar a la oposición.
Vargas Lleras fue, ante todo, un político pragmático, podía romper, recomponer y volver a negociar si el tablero lo exigía.
También sobrevivió a la violencia política. Fue víctima de atentados, incluido el ataque con un libro bomba que le dejó graves secuelas en una mano.
Ese hecho alimentó su imagen de dirigente resistente, endurecido por la confrontación con los grupos armados y por una vida pública marcada por riesgos, rupturas y enemigos poderosos.
Con su muerte se cierra una etapa de la política colombiana, la de los jefes partidistas capaces de ordenar bancadas, construir poder regional y condicionar gobiernos sin necesidad de ocupar siempre el primer cargo del Estado.
Vargas Lleras no llegó a la Presidencia, pero durante más de tres décadas fue uno de los hombres que ayudó a decidir quién podía acercarse a ella.


