La Selección Colombia se despidió del Mundial sin perder durante los 120 minutos frente a Suiza, pero cayó 4-3 en los penales y volvió a dejar esa sensación tan colombiana de que estuvimos cerca, jugamos bonito por momentos y regresamos a casa con la maleta llena de explicaciones.
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El fútbol es como la política electoral, antes del pitazo final todos son estrategas, profetas y dueños de la verdad, pero lo único real es lo que aparece en el marcador cuando se acaba el último minuto, así como en las elecciones únicamente cuentan los votos después del cierre de las urnas.
Colombia tuvo ilusión, camisetas amarillas por todas partes y millones de técnicos improvisados frente al televisor, pero Suiza pasó a cuartos de final y nosotros quedamos oficialmente eliminados. Lo demás son discursos de campaña con tenis.
No soy conocedor profundo del universo futbolero. No sé explicar con precisión científica cuándo un equipo debe jugar con doble punta, falso nueve o mediocampista disfrazado de extremo.
Por eso me limitaré a contar las sensaciones que me dejó este Mundial, el primero que, a mis 54 años, observé con estoico esmero, disciplina franciscana y una paciencia que ni siquiera he tenido para escuchar los discursos de Petro.
Durante varias semanas aprendí que el fútbol consiste en sufrir durante 90 minutos para después escuchar durante tres días a expertos explicando por qué ocurrió exactamente lo contrario de lo que habían pronosticado.
Frente a Suiza sentí que faltaron lucha, garra y resiliencia en los momentos definitivos.
No significa que los jugadores caminaran por la cancha ni que hubieran llegado de vacaciones, significa que durante el alargue se observó un equipo fatigado, desconcentrado y con dificultades para conectar dos pases que cambiaran la historia.
Mientras Argentina con Messi a la cabeza, levantó un partido que perdía 2-0 contra Egipto y terminó ganando 3-2, Colombia fue consumiendo minutos como quien espera que el problema se resuelva solo, y, en el fútbol, como en el Gobierno, dejar todo para el final casi siempre termina costando más.
Esa es una diferencia incómoda. Argentina podrá ser cuestionada por su cercanía histórica con los reflectores, por las decisiones arbitrales polémicas o por la sospecha permanente de quienes creen que la FIFA guarda una camiseta albiceleste debajo del escritorio, pero nadie puede negar que luchó hasta el último segundo.
Lo ocurrido con Egipto dejó dudas razonables y protestas por decisiones arbitrales, pero también mostró a una selección argentina que se negó a entregar el partido cuando parecía perdida. La controversia no borra el carácter, apenas lo acompaña con ruido.
Colombia salió del Mundial, y, como tantas veces, volvió a faltar “un poquito”.
Nuestros futbolistas viven en Europa, ganan cifras que obligarían a una calculadora colombiana a pedir vacaciones, usan los mejores uniformes, los zapatos más sofisticados y reciben ovaciones desde que pisan el césped.
Sin embargo, cuando llega el momento de jugar por Colombia, a veces parece que pasar el balón a dos metros exige permiso de una comisión internacional.
Luis Díaz corrió, insistió y buscó el arco, pero no encontró el gol, James no logró construir la jugada que cambiara el destino y el equipo terminó sin anotar después de generar numerosas aproximaciones.
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Y ahí aparece el inevitable espejo nacional.
La Selección también refleja lo que somos como país, una nación talentosa que suele llegar hasta la puerta para después descubrir que dejó las llaves adentro.
Vivimos divididos entre activistas, fanáticos y nuevos viudos del poder entre un petrismo que continúa discutiendo los resultados electorales y una oposición triunfante que responde con una retórica de mano dura, pólvora y promesas de autoridad absoluta.
Petro mantiene una confrontación abierta frente al resultado que dio como ganador a Abelardo De La Espriella, mientras el presidente electo prepara su llegada a la Casa de Nariño el 7 de agosto con un discurso que promete recuperar el orden.
Unos quieren seguir jugando un partido que ya terminó y otros parecen dispuestos a entrar al siguiente con botas militares.
Ahora que Colombia quedó eliminada, me sentaré con crispetas para hacer fuerza por la eliminación de Francia.
No es una discusión futbolística sofisticada, sencillamente no me cae bien la actitud altiva de Kylian Mbappé y menos aquella imagen en la que pasó de largo mientras el portero paraguayo intentaba saludarlo.
La arrogancia, vale aclararlo, no tiene color de piel, tiene gestos, desplantes y una extraordinaria facilidad para caer mal. Además, Paraguay es Suramérica, y, cuando eliminan a uno de los nuestros, por lo menos queda el consuelo regional de desear que el verdugo tampoco llegue muy lejos.
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Si gana Argentina, me daré por bien servido. Los argentinos juegan, luchan, protestan, exageran, se tiran al piso, se levantan, discuten con el árbitro y continúan corriendo como si la soberanía nacional dependiera de la pelota. Podrán resultar intensos, arrogantes o insoportablemente convencidos de que inventaron el fútbol, el tango y probablemente la gravedad, pero se hacen moler en la cancha.
Ahora deberán enfrentar a Suiza, la misma selección que nos envió a casa, de modo que también existe una pequeña oportunidad de venganza continental.
Si gana Inglaterra tampoco me incomoda. Me gusta su fútbol directo, disciplinado y combativo, no siempre deslumbra, pero pelea cada balón con la seriedad de quien está defendiendo el Palacio de Buckingham.
Los ingleses podrán cargar décadas enteras de frustraciones mundialistas y todavía seguir cantando que el fútbol vuelve a casa, aunque muchas veces la copa termine tomando otro avión.
Aun así, tienen oficio, intensidad y una capacidad admirable para disputar cada metro del terreno. Su próximo obstáculo será precisamente Noruega.
Pero si Noruega gana el Mundial, quedaré feliz.
Erling Haaland parece construido en una fábrica de hormigón, casi dos metros de vikingo, potencia de locomotora y una facilidad para marcar goles que hace pensar que los defensas rivales son simples conos de entrenamiento.
Sin embargo, fuera de la cancha transmite una cercanía y una humanidad que contrastan con algunas luminarias que confunden fama con superioridad.
Haaland no sólo se ganó el respeto de Noruega durante este Mundial, con siete goles y una campaña histórica, también conquistó la admiración de aficionados de muchos países.
Sería bueno que la Copa terminara en manos de un gigante que entiende que ser grande no consiste únicamente en mirar a los demás desde arriba.


