martes, junio 18, 2024

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LA TARDE DE LAS MONGUISEÑAS, LOS CUATRO AGUACEROS Y LA DISPLICENCIA DE RONALDIÑO

Por: Jorge Eduardo Betancur.
Periodista UPB

El domingo bogotano era distinto, tenía sabor a alegría, a temores, a un inmenso colorido y a la expectativa de muchos aficionados, entre ellos las hermanas Niño, llegadas desde muy temprano, en compañía de varios primos y amigos, al estadio El Campín, de Monguí, Boyacá, el primer municipio productor de balones en el país.

Me las encontré a las 12:30 de la tarde en una fila fantasma que se armó en el primer anillo de seguridad, cerca de la tribuna de oriental, y que nos posibilitó librarnos de colas de más de 500 personas que daban infinitas vueltas por los alrededores del máximo coliseo capitalino.

Allí se llevaron un susto, pues los agentes de policía no les permitieron ingresar la cámara de video, para grabar a Rodaldiño, sus carteras, y unos floridos y enormes paraguas. En la semana las autoridades advirtieron sobre diversas medidas que no permitirían la entrada de esta clase de objetos al estadio.

En la fila se perdieron, mientras intentaba llegar por el segundo anillo de seguridad al acceso de Popular Sur, “la tribuna del pueblo”, desde la cual buscaría disipar mis miedos en torno a la propuesta futbolística de Pinto.

A la 1:15 de la tarde ingresé a la tribuna, muy pequeña, en comparación con las populares del Atanasio Girardot, no sin antes presentar cuatro veces la boleta y recibir una marca en la mano al mejor estilo de una cárcel de máxima seguridad. Eso sí, en medio de estrictos controles que predominaron en medio de la gigante romería que envolvió al Campín.

Quedé en un rincón destapado de la tribuna, arrullado por los cánticos de decenas de “peludos”, de la barra santafereña Guardia Roja, vestidos con la tricolor, y acompañado por un amplío grupo de jugadores de cartas, quienes mataban el tiempo con ternas y cuartas.

El sol nos acompañó por un buen rato, hasta que el cielo se nubló, en cuestión de minutos, y llegó el primer aguacero y también las hermanitas Niño, las cincuentonas Silvia y Flavia, quienes con sus acompañantes después de muchas vueltas se enteraron que su destino era esta misma tribuna. Estaba sentenciado, llegaron a mi lado y se sentaron en las escaleras de salida, único espacio libre a las 2:40 de la tarde. La dicha no nos duró, la lluvia arreció y de todos los costados de la tribuna aparecieron arroyos de agua que nos empaparon zapatos, medias y algo más.

Cuatro chaparrones, el último con granizo incluido, no menguaron los ánimos de la clientela, pero si el temperamento de las Niño que le reprocharon a uno de sus primos haber comprado la boleta más barata.


A las 4:00, con la buena noticia de la escampada, el locutor del estadio corroboró los presagios de todos en El Campín: “el partido se suspende 45 minutos, para permitir que la cancha ofrezca las mínimas condiciones para jugar al balompié”.

Las Niño sacaron entonces su envuelto boyacense, helado y mojado, y en pocos segundos se los devoraron, pues su salida de la estatua de La Balonera, en homenaje a las mujeres que fabrican este objeto de embrujo mundial, en su pueblo natal, fue a las 6:00 a.m., sin un tinto.

Con la salida de los conjuntos en disputa, todos nos olvidamos de la emparamada y cantamos a rabiar el himno patrio. A Flavia la golpeó en la cabeza una de las muchas cintas amarillas lanzadas desde lo alto de Popular por varios jóvenes contratados por el patrocinador de la selección, para animar a los asistentes con cánticos y estribillos; Silvita sacó su celular, para intentar tomarle una foto a Ronaldiño, pero ni el alcance de la cámara ni las esporádicas apariciones del famoso jugador se lo permitieron. En cambio, sí, captó, con alguna lejanía, las dos claras opciones de Wason Renteria sobre el pórtico sur de los pentacampeones del mundo.

El primer tiempo culminó con el pitazo del central paraguayo Amarilla, quien en su conocido estilo de no complicarse omitió un penal para cada selección, y un aplauso atronador de una fanaticada que coreaba “Sí se puede, sí se puede”.

No faltan los inventos, el director de Recreación y Deportes de Bogotá apareció con varios colabores por inmediaciones de la cancha lanzando balones de micro a las tribunas y propiciando tumultos y agarrones entre los hinchas por los codiciados esféricos.

Silvia ni se paró, pero así es la vida, un balón cayó justo en sus manos, y no se tardó su exhaustiva revisión para sentenciar “Le llevaré el recuerdito a mi hijo, Meyer, pero son mejores, de lejos, los balones de mi tío, Antonio, los cuales se venden hasta en el exterior.

En el segundo tiempo, Colombia bajó un poco los ímpetus, pero controló el partido y los basileños apenas despuntaron con algunas jugadas aisladas, que tampoco permitieron que Silvia tomará la foto soñada de la estrella del Barcelona de España.

En los minutos finales el ingreso de “Totono” y Aldo dieron nuevos bríos y el anhelo de una victoria que no llegó, pero si de una presentación esperanzadora.

El partido feneció a las 6:40 minutos, pero creció el optimismo de quienes a pesar de la larga espera y los cuatro diluvios soportados sentimos que la selección tiene como pelear un cupo para el próximo Mundial de Fútbol.

El estadio se paró a aplaudir a los muchachos del combinado patrio, mientras Silvia y Flavia se abrazaron para festejar el punto, pero le dijeron a sus acompañantes en tono serio: “el trompón de Ronaldiño no se vio, y aunque Colombia jugó muy rico, nosotras vemos el próximo partido, contra Venezuela, en Monguí, por televisión y con una buena mazamorra chiquita, pues esta mojada no nos la volvemos a chupar”.

La salida del estadio, en orden, estuvo marcada por la felicidad de un buen cotejo y la buena impresión dejada por los muchachos de Pinto en el gramado del Nemesio Camacho “El Campín”. Al final, como lo temía antes del partido, no tuve que guardar la camiseta de Colombia por pena y sí la exhibe con una sonrisa de oreja a oreja.

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Ruben Benjumea
Soy periodista por vicio y bloguero por pasión y necesidad. Estamos fortaleciendo otra forma de hacer periodismo independiente, sin mucha censura, con miedo a las balas perdidas, pero sin cobardía.