sábado, mayo 25, 2024

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Si de algo puedo sentirme orgulloso durante el transcurrir de mi vida, es de siempre haber estado bien rodeado. Las personas que conforman mi círculo inmediato de amigos son todas buenas éticamente hablando, eso es indiscutible. Así mismo todas aquellas con las que de una u otra manera he compartido durante diferentes estadios de mi existencia.

Por eso al leer la crónica de Héctor Abad Faciolince el pasado 22 de agosto en El Espectador, no dejé de fascinarme, como siempre, con su exquisita narrativa y su impecable descripción de los personajes a los que se refería. Recuerdo particularmente la referencia hecha a los que se confundían entre abogados y guardaespaldas: “Entra al edificio flanqueado por dos hombres jóvenes, pelo cortado al rape, traje y camisa oscura, de esos que si uno ve venir de frente por la noche, prefiere cambiar de acera. Luego me entero de que son sus dos abogados”…

Al llegar a La Alpujarra me dirigí a la enorme fila (siempre la hay) que se hace para ingresar al ascensor, debía llegar al piso 13 y a estas alturas, las escaleras no son una opción. “¿Qué más hombre?”, me saludó. “¿Cómo va la página?”, “¿ustedes por qué no publican más a menudo? (es hora de reconocer que esa pregunta no deja causarme algún tipo de incomodidad). Te presento un amigo. Mucho gusto –le dije- Adolfo Ospina.

La persona con la que nos saludamos efusivamente es un abogado de la U de A, con la que compartimos muchas tardes en torno a un buen tinto y o una muy buena mano de 51, y como todos lo que pasaron por esa mesa de la cafetería de Pastora en la que nos formamos como profesionales, persona sin ningún tipo de conexión con las esferas sociales del narco que en aquella época pululaban en la ciudad y que hubiera puesto en duda su entereza.

La agradable y simpática crónica de Abad Faciolince había quedado en mi memoria como quedan todas aquellas lecturas intrascendentes que uno va haciendo, lejos estaba de traerla a colación con la amigable conversación que seguiría.

“Hombre, los periodistas creen que pueden ir diciendo de uno lo que ellos quieran”, ingresamos al ascensor y mi jurisconsulto amigo continuaba, con un alto tono de indignación y mucha exaltación, “¿viste cómo nos trató Héctor Abad Faciolince en una crónica? Yo no caía, no encontraba la relación entre el escritor y los parlantes abogados con los que interlocutaba y mi cara expresó la incomprensión, por lo que pasó a explicarme “prácticamente nos trató -y señaló al compañero al que yo acababa de conocer- de matones a sueldo”.

Caí y sólo una carcajada pudo expresar lo ridículo de la imagen que se me vino a la mente al recordar la crónica de Héctor Abad y ver a mis amigos: “¿ustedes son los del proceso?”. “Sí” respondieron tajantemente.

Incapaz de dejar de reírme: mi amigo es un hombre 1,70 de cabello claro, motilado como lo exige esta sociedad, con barriga de cuarentón, aquella que empieza a colgar por sobre el cinto, imposible de confundir con un guardaespaldas como lo había descrito Faciolince.

Pasó a explicarme que eran los abogados del político con el que el escritor se había encontrado por asuntos de una demanda, que habían llegado a pie, pues trabajan a la vuelta de la Fiscalía y que a diferencia de como lo describe la crónica, estaban trajeados de camisa blanca y blue jean, sin gafas oscuras, pues “si me quito las recetadas no veo nada”. -“Carajo, nos pasamos de piso, hablamos”. Definitivamente, me había quedado corto al leer a Héctor Abad Faciolince, no había valorado enteramente su capacidad novelesca.

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Adolfo Ospina
Licenciado en Educación Español y Literatura de U de A, apareció hace unos 4 años a este proyecto. Especialista en pedagogía de la lengua escrita de la Universidad Santo Tomás, Ambientalista y defensor de los derechos de los animales, peor que Vallejo.