EL ATRIL

EL ATRIL

La cuestión cinematográfica del famoso atraco en Medellín fue mucho más allá de los impresionantes videos de los hombres armados: a los pocos minutos el alcalde de Medellín puso su cuota de espectáculo con la instalación en sitio de un atril con el escudo de la alcaldía y dos micrófonos de gran tamaño -al estilo de los discursos presidenciales de las películas- para decir que en Medellín los delincuentes no podrán hacer “las de neflis”.

Hasta el momento se conoce que los delincuentes efectivamente sí pudieron consumar el multimillonario hurto y quienes fueron capturados no alcanzaron a ser ni la mitad de quienes participaron.

A los minutos del espectáculo, el periodista Luis Carlos Vélez reclamó en redes sociales que sólo faltaba que en pocas horas un Juez de Control de Garantías dejara en libertad a quién sabe cuántos de los capturados y, horas más tarde, la Jueza del caso dejó en libertad a uno de los capturados.

Los jueces de control de garantías existen precisamente para evitar que las autoridades policivas pasen por encima de las libertades ciudadanas en su afán de reclamar triunfos.

El espectáculo nos debe dejar algunas enseñanzas básicas.

La primera, y tal vez la más importante, es que debemos rodear a nuestros jueces en vez de sospechar de su integridad. Inclusive, en el curso de este tipo de situaciones lo más plausible debería ser sospechar o por lo menos tener una actitud más rigurosa de examen con los informes que presenta la Policía, pues precisamente están precedidos del interés personal del agente en que se valide su trabajo y del interés institucional en reclamar créditos.

No se trata de poner en el paredón del reproche a la Policía, sino de tener mayores niveles de control ciudadano y desconfianza frente al ejercicio de ese poder, que en muchas ocasiones se erige en “justicia” callejera o afán de lograr “positivos”.

Por el contrario, el Juez cuando se encarga de verificar que el capturado es la persona que se señala del delito y que el procedimiento ha sido respetuoso de sus derechos, actúa sin ninguna clase de interés personal o institucional, y por ello nuestra esperanza de que se mantenga el Estado de Derecho descansa sobre sus hombros, pese a que haya periodistas y políticos que los muestran como obstáculos.

La segunda de las enseñanzas de este episodio tiene que ver con la necesidad de poner el rigor de las autoridades por encima de la vanidad y de los afanes de la propaganda.

Habría hecho más por la ciudad el alcalde sin esa penosa rueda de prensa.

Los primeros minutos de las investigaciones en semejantes delitos son cruciales para la obtención de información y en ello deben estar concentradas todas las autoridades judiciales y de policía, antes que en la publicidad.

Al tiempo que más de la mitad de los delincuentes huía con el botín y uno de los que se judicializaba era un ciudadano inocente que estaba en el lugar equivocado, la preocupación del alcalde era la de ocupar la atención de los altos mandos de la policía en una rueda de prensa en la que anunciaba que el “éxito” del operativo se debía al sistema de cámaras de la ciudad, siendo el verdadero éxito que las cámaras de los noticieros mostraran al alcalde, desafiante, detrás del atril.

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