ABELARDO GANA POR UN HILITO, MIENTRAS COLOMBIA QUEDA FRENTE AL ESPEJO

La segunda vuelta presidencial dejó a Abelardo De La Espriella como ganador del preconteo en una jornada histórica, estrecha y cargada de tensión política. La victoria, celebrada por sus seguidores, quedó rodeada de reclamos, sospechas, impugnaciones anunciadas y un país dividido que ahora exige serenidad institucional, transparencia electoral y responsabilidad democrática.

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Colombia vivió este domingo una de las elecciones presidenciales más apretadas de su historia reciente.

Con casi la totalidad de las mesas informadas, Abelardo De La Espriella logró imponerse sobre Iván Cepeda por una diferencia cercana a los 250 mil votos, un margen suficiente para celebrar políticamente, pero demasiado estrecho como para ignorar el ambiente de desconfianza que se instaló desde la misma noche electoral.

El país no sólo eligió presidente, también confirmó que está partido en dos bloques políticos, sociales y emocionales que difícilmente podrán convivir sin un liderazgo capaz de bajar la temperatura.

El triunfo de Abelardo tiene un enorme peso simbólico. Después de cuatro años de gobierno de Gustavo Petro, una mayoría ajustada decidió girar hacia una propuesta de autoridad, seguridad, reducción del Estado, además de querer romper el modelo político que representó el petrismo.

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No fue una avalancha, no fue un mandato cómodo ni una carta blanca, fue una victoria apretada, casi quirúrgica, que obliga al presidente electo a entender que gobernará sobre un país que no le entregó unanimidad, sino una responsabilidad histórica.

La reacción del presidente Petro volvió a poner gasolina sobre una democracia ya tensionada. Sus señalamientos contra el registrador Hernán Penagos, a quien acusó de permitir supuestos cambios en formularios E14 después de la carga de documentos electorales, elevan la disputa a un terreno delicado.

Si existen pruebas, deben ser entregadas a las autoridades competentes, si no existen, lanzar acusaciones desde la Presidencia de la República puede terminar minando la confianza pública en el sistema electoral. En democracia, denunciar es legítimo, incendiar sin demostrar, no.

También es cierto que el preconteo no es el escrutinio definitivo. Esa diferencia debe repetirse cuantas veces sea necesario para evitar confusiones interesadas.

El preconteo informa, orienta y permite conocer una tendencia, el escrutinio decide jurídicamente, por eso, las impugnaciones anunciadas por la campaña de Cepeda sobre miles de mesas hacen parte del derecho electoral, siempre que se tramiten con pruebas, dentro de los canales institucionales y sin convertir la reclamación en una estrategia de presión callejera o desconocimiento político.

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Paralelamente, aparece el debate sobre el llamado “voto fusil”, una expresión usada para advertir sobre posibles presiones armadas o intimidaciones en territorios donde grupos ilegales tienen capacidad de condicionar la voluntad ciudadana.

El punto no puede tratarse con ligereza, nadie serio puede afirmar, sin pruebas judiciales, que todos los votos de un candidato obedecieron a intimidación, pero tampoco se puede negar que en Colombia existen zonas donde la libertad electoral ha sido históricamente amenazada por estructuras criminales. El Estado tiene la obligación de investigar, no de mirar hacia otro lado.

Las sospechas sobre la votación de Cepeda también forman parte del ruido poselectoral.

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Algunos analistas consideran llamativo el salto entre la primera y la segunda vuelta, Cepeda habría pasado de cerca de 9,7 millones de votos a más de 12,7 millones, es decir, alrededor de tres millones de votos adicionales.

En esa lectura, resulta difícil explicar que todos los apoyos de Fajardo, Claudia López, Roy Barreras y buena parte de los votos nuevos hubieran migrado de manera tan amplia hacia el candidato de izquierda.

Sin embargo, una sospecha matemática no equivale por sí sola a una prueba de fraude. Las dudas deben ir al escrutinio, a las reclamaciones formales y a los organismos competentes.

Lo irresponsable sería afirmar como hecho probado que “se robaron” millones de votos sin que exista una decisión institucional que así lo demuestre.

Lo responsable, en cambio, es exigir auditoría, revisión de formularios, trazabilidad, comparación entre E14, actas de escrutinio, software, testigos y reclamaciones.

Si hubo irregularidades, deben sancionarse con severidad. Si no las hubo, quienes sembraron desconfianza deberán responder políticamente por haber golpeado la credibilidad electoral en el momento más sensible de la democracia.

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Por su parte, mientras el petrismo pone en duda el resultado y el país espera el cierre institucional del escrutinio, Abelardo De La Espriella empezó a enviar señales sobre el poder que viene.

Ya se habla de posibles ministros, de perfiles técnicos y políticos, y de nombres para ocupar espacios claves en el Congreso.

Esa transición temprana muestra que el presidente electo quiere pasar rápido de la celebración a la arquitectura de gobierno, pero ahí tendrá su primera prueba, no basta con ganar, hay que construir gobernabilidad sin caer en repartijas, cuotas voraces ni soberbia de vencedor.

El nuevo gobierno tendrá que entender que su legitimidad no dependerá sólo del acta final, sino de su capacidad para gobernar con firmeza y prudencia.

Abelardo recibió un mandato para corregir el rumbo, enfrentar la inseguridad, ordenar las finanzas públicas, recuperar confianza empresarial y frenar la politización del Estado, pero también recibió una advertencia, casi la mitad del país votó por otra visión.

Si interpreta el triunfo como permiso para aplastar, al contrario, repetirá los errores de quienes confundieron victoria electoral con superioridad moral.

Colombia necesita que el escrutinio cierre con transparencia, que las campañas acepten las reglas, que Petro actúe como jefe de Estado y no como jefe de “banda” y que Abelardo De La Espriella entienda la dimensión del momento.

Su triunfo fue apretado, pero real en el preconteo, las dudas existen, pero deben probarse, la polarización es evidente, pero no puede convertirse en destino.

El país no está para rugidos ni incendios, está para que el nuevo presidente demuestre que puede transformar una victoria por un hilito en un gobierno con autoridad, legalidad y sentido de nación.

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Ruben Benjumea
Soy periodista por vicio y bloguero por pasión y necesidad. Estamos fortaleciendo otra forma de hacer periodismo independiente, sin mucha censura, con miedo a las balas perdidas, pero sin cobardía.