NO VOTO POR CEPEDA: VOTO CONTRA LA DECEPCIÓN DE PETRO

Colombia llega este domingo a una segunda vuelta presidencial marcada por el cansancio, la polarización y el desencanto. Más que una disputa entre “Abelardo” y “Cepeda”, el país enfrenta una decisión sobre el rumbo político, económico, institucional y moral que quiere tomar después de cuatro años de promesas rotas.

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Colombia votará este domingo en medio de una campaña bastante envenenada.

A millones de ciudadanos les han querido vender la idea de que votar por Iván Cepeda es votar por la vida y que votar por Abelardo De La Espriella es votar por la muerte.

Esa caricatura es falsa, peligrosa y profundamente manipuladora, porque reduce una elección presidencial a un chantaje emocional, cuando en realidad lo que está en juego es el modelo de país, la defensa de las instituciones, la seguridad, la economía y la confianza perdida en el poder.

La discusión de fondo no es si un candidato sonríe más amable o si otro habla más duro.

La confrontación política tiene como base implícita dos visiones de Estado, por un lado, la tentación del socialismo rancio y fracasado que arruinó libertades, empresas y esperanzas en Nicaragua, Cuba y Venezuela, y, por el otro, un capitalismo occidental imperfecto, sí, lleno de desigualdades por corregir, pero que al menos protege la propiedad privada, la libertad de empresa, la iniciativa individual y el derecho de cada ciudadano a progresar sin pedirle permiso al partido de gobierno.

Pero incluso más allá del debate económico, no se puede votar por Iván Cepeda bajo el único argumento de que es un defensor de la paz.

La paz no puede convertirse en salvoconducto para ignorar los resultados del gobierno que lo precede políticamente.

La paz no puede ser una palabra sagrada para tapar la corrupción, la improvisación, la inseguridad, la arrogancia y el fracaso administrativo.

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A Cepeda no se le puede mirar como si apareciera solo en la historia, representa una continuidad política, un proyecto y una coalición que ya gobernó.

No tengo nada personal contra Iván Cepeda. No escribo desde el odio contra él ni desde una animadversión biográfica. Es más, reconozco que ha sido un político consistente en sus banderas y disciplinado en sus causas.

Mi problema no es estrictamente con Cepeda como individuo, sino con lo que representa en esta coyuntura, la prolongación del petrismo, la defensa de un gobierno que prometió amor y vida, pero terminó rodeado de escándalos, soberbia, sectarismo, desgobierno y decepción.

Yo voté por Gustavo Petro porque creí en la posibilidad de una izquierda democrática moderna, plural y responsable. Creí cuando habló de unir al país, de gobernar con todos, de respetar la vida y de abrir una nueva página, pero el presidente del amor terminó gobernando desde la rabia.

El presidente de la vida terminó administrando un país más inseguro, el presidente anticorrupción terminó atrapado en el mayor pantano ético de su propio proyecto político, por eso, este domingo no voto por Cepeda, voto contra Petro.

No voto por Cepeda porque no puedo separar su candidatura del robo moral que significó el escándalo de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo.

Petro es responsable político de haber nombrado a Olmedo López y de haber tenido en su gobierno a funcionarios que terminaron en el centro de una trama vergonzosa.

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Los carrotanques que debían llevar agua a La Guajira se convirtieron en símbolo de la traición a los más pobres, comunidades sedientas, niños vulnerables y promesas que se evaporaron entre contratos, sobrecostos y confesiones judiciales.

No voto por Cepeda porque representa al Pacto Histórico y en ese universo político también están los silencios convenientes frente a personajes que han humillado la confianza ciudadana.

Está el episodio de Isabel Zuleta, cuestionada por haber compartido tarima con jefes condenados de estructuras delincuenciales en el Valle de Aburrá.

En un país asfixiado por la extorsión, el microtráfico y el control territorial de bandas ese tipo de gestos no son menores, son mensajes políticos equivocados, profundamente dolorosos para las víctimas.

No voto por el Pacto Histórico porque me defraudó con dirigentes que llegaron al Congreso prometiendo renovación y terminaron convertidos en caricaturas del cambio.

Me defraudó Alex Flórez con aquel escándalo en Cartagena, cuando insultó y maltrató a policías después de un episodio bochornoso en un hotel.

Me defraudó Susana Boreal, elegida como símbolo juvenil de una supuesta nueva política en Antioquia, pero incapaz de traducir esa promesa en una gestión legislativa seria, visible y transformadora para la región.

No quiero votar por una continuidad que carga con los nombres de Ricardo Bonilla, Luis Fernando Velasco y Carlos Ramón González, todos asociados al desgaste ético y político del gobierno Petro.

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No se trata de condenar sin juez, sino de hacer un juicio ciudadano, demasiadas sombras, demasiadas explicaciones tardías, demasiados funcionarios cercanos al poder envueltos en investigaciones, renuncias, señalamientos y fugas políticas. Cuando un proyecto acumula tantos escándalos, el problema deja de ser individual y se vuelve estructural.

No voto por Cepeda porque votar por él es validar la forma en que Petro llevó al Gobierno Nacional a Daniel Quintero, uno de los peores alcaldes que ha tenido Medellín.

Quintero dejó una ciudad fracturada, instituciones golpeadas, empresas públicas en tensión y una manera de gobernar basada en la pelea permanente. Que ese estilo haya encontrado refugio en el petrismo nacional confirma que el problema no fue un accidente local, sino una cultura política en la que el espectáculo reemplaza la gestión y en la que el enemigo siempre sirve para ocultar los errores propios.

No voto por Cepeda por todo lo que el petrismo pretende que olvidemos, el proceso de Nicolás Petro Burgos por lavado de activos y enriquecimiento ilícito, el polígrafo a la niñera Marelbys Meza, los audios explosivos de Armando Benedetti hablando de miles de millones, los cuestionamientos por los topes de campaña, el llamado Pacto de La Picota, el costoso séquito de la primera dama, las denuncias que han rodeado a altos funcionarios, las dudas sobre aportes oscuros y esa larga lista de episodios que hicieron trizas la superioridad moral con la que Petro llegó al poder.

No voto por Cepeda porque sería votar por la continuidad de un gobierno que también falló en seguridad, en autoridad y en coherencia.

El país vio crecer estructuras armadas en varias regiones mientras se vendía el falso relato de ceses al fuego que no protegían a la población.

Vimos la polémica caravana de camionetas de la UNP asociada a alias Calarcá, la figura desgastada de los gestores de paz, los malos manejos en entidades creadas para la igualdad y una administración que confundió diálogo con debilidad.

Este domingo, votar contra Petro es votar por Abelardo, no como cheque en blanco, sino como decisión política para cerrar un ciclo de engaño, arrogancia y fracaso.

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Ruben Benjumea
Soy periodista por vicio y bloguero por pasión y necesidad. Estamos fortaleciendo otra forma de hacer periodismo independiente, sin mucha censura, con miedo a las balas perdidas, pero sin cobardía.