La reciente columna de Paola Ochoa desnudó la incomodidad y prepotencia de Sergio Fajardo durante su encuentro con Paloma Valencia. Un episodio que no solo evidencia su desgaste electoral, sino que saca a la luz una personalidad inflexible y narcisista que termina por sepultar su propio legado político.
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La aguda radiografía que hace Paola Ochoa sobre el llamado “Café Cascarrabias” resulta tan demoledora como reveladora.
En su análisis, la periodista describe con precisión quirúrgica el brutal contraste entre los protagonistas, por un lado, una Paloma Valencia amable, pausada y con una actitud abierta, por el otro, un Sergio Fajardo atrapado en la ira, con la mandíbula tensa, una mirada antipática y anclado a un monólogo inflexible que lleva repitiendo como un disco rayado.
La escena dejó al descubierto una megalomanía que prioriza la supuesta superioridad individual frente a la urgencia colectiva de sumar voluntades, justo en un momento de graves amenazas para las instituciones y la democracia colombiana.
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El relato de Ochoa disecciona actitudes profundamente cuestionables en el actuar del excandidato presidencial.
Durante la charla, Fajardo prefirió mirarse en las cámaras de televisión en lugar de a los ojos de su interlocutora, asumiendo una postura de absoluta superioridad moral.
Se dedicó a criticar las convicciones de Valencia y a denigrar sus actuaciones, mirándola por encima del hombro con casi repugnancia.
Fue un despliegue lamentable que la columnista calificó acertadamente como una penosa mezcla de petulancia de experto, micromachismo, chorros de vanidad y soberbia.
Ante esta lúcida descripción, es imperativo señalar que por fin en Bogotá se dieron cuenta de la verdadera personalidad política de Fajardo.
Paola Ochoa tiene toda la razón. Esa personalidad, esa manera de actuar, de mirar y de tratar a sus opositores fue lo que vivió Medellín y Antioquia en 8 años de gobierno local y regional de Fajardo.
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Lo que para muchos en el centro del país fue una sorpresa mediática o un simple lapsus televisivo, para los antioqueños no es más que la repetición del autoritarismo velado y la intolerancia a la crítica que marcaron sus administraciones regionales.
Más allá de la actitud, la columna también ofrece un contexto sobre el difícil momento psicológico y electoral que estaría arrinconando a Fajardo.
Ochoa plantea que esta hostilidad es el reflejo del “síndrome del quemado” por el estrés prolongado, sumado a un ego herido al verse forzado por las redes sociales a participar en un espectáculo que no controlaba.
A esto se añade el innegable pánico de un líder que, tras 30 años de recorrer el país sin grandes maquinarias, se enfrenta a la aterradora posibilidad de obtener menos del 3% de los votos, lo que lo llevaría a perder el dinero de la reposición estatal y arruinarse financieramente.
Al final, la tragedia de Sergio Fajardo radica en su incapacidad para entender que la política no es una ciencia pura como las matemáticas.
Su falta de empatía y su testarudez le impidieron tener un diálogo horizontal, condenándolo al aislamiento en un país que clama por consensos.
Como bien concluye Ochoa, quien confiesa haberlo apoyado en el pasado, resulta doloroso ver cómo un dirigente político termina destruyendo todo lo que alguna vez construyó con tanto esfuerzo, devorado por su propia rabia, soberbia y vanidad.
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#TiempoDeOpinar | Esta es la videocolumna de Paola Ochoa ( @PaolaOchoaAmaya ) titulada ‘Café cascarrabias’, su más reciente columna en EL TIEMPO. 📹 pic.twitter.com/lidayvABgM
— EL TIEMPO (@ELTIEMPO) May 26, 2026


